La vida invisible del bosque: el ejército microbiano que sostiene los ecosistemas

Bajo cada árbol hay un universo diminuto que lo nutre, lo cuida y lo defiende. Y está en peligro

Cuando pensamos en los bosques, solemos imaginar árboles imponentes, hojas que crujen bajo los pies y algún que otro ciervo al acecho. Pero lo realmente fascinante ocurre en lo invisible: en el subsuelo, en la corteza, incluso dentro de los tejidos de las plantas. Es ahí donde habita la microbiota forestal, una comunidad microscópica que sostiene la vida del bosque sin pedir protagonismo.

La investigadora del CSIC Ana V. Lasa ha dedicado su carrera a estudiar este mundo oculto y lo revela en el nuevo título de la colección ¿Qué sabemos de? (CSIC-Catarata), bajo el elocuente nombre: La microbiota forestal.

Más que árboles: los bosques como holobiontes

Según Lasa, no tiene sentido ver a un árbol como un ente aislado. Es, más bien, un «holobionte vegetal»: un todo biológico formado por el árbol y la multitud de microorganismos que viven en, sobre y alrededor de él. Esta microbiota no solo convive, sino que cumple funciones cruciales: ayuda a la planta a absorber nutrientes, la protege de patógenos y reacciona a las amenazas externas.

Un gramo de suelo forestal puede albergar hasta 38.000 especies de bacterias y millones de células. A ellas se suman hongos, arqueas y líquenes en una red vital tan compleja como eficaz.

Abrelatas del subsuelo y autopistas fúngicas

Los árboles no pueden absorber los nutrientes del suelo por sí solos. Necesitan «abrelatas», como los llama Lasa: microorganismos que hacen accesible lo inaccesible. Por ejemplo, el nitrógeno atmosférico, el fósforo atrapado en minerales o el potasio de las rocas solo llegan al árbol gracias a bacterias y hongos que lo transforman o lo transportan. Algunos hongos forman verdaderas “autopistas fúngicas” que canalizan nutrientes a través del micelio.

La rizosfera -esa franja íntima donde las raíces liberan compuestos- es un “punto caliente” que atrae una multitud de microorganismos, seleccionados según los exudados del árbol. Porque sí, las plantas saben llamar a quien les conviene.

Biodiversidad en versión líquen

En la superficie, los líquenes cubren troncos y ramas desafiando resinas y temperaturas. En bosques boreales llegan a ocupar hasta el 97 % del área total. Más que decoración, son reguladores de humedad y alimento clave para renos e insectos. Nada está ahí por azar.

El cambio global también enferma al bosque

Pese a su riqueza, la microbiota forestal está en peligro. Aunque la FAO señala una expansión de la superficie forestal global, la investigadora lanza una advertencia: “desaparece más bosque del que se crea, y no todo lo que crece está sano”. Reforestaciones densas, sequías extremas, incendios y plagas están pasando factura.

El cambio climático debilita a los árboles, que liberan menos compuestos por las raíces y alteran su relación con los microorganismos. El resultado: un ecosistema más frágil. Aun así, hay esperanza. “La microbiota forestal tiene una gran redundancia funcional”, dice Lasa: muchos microorganismos distintos pueden hacer el mismo trabajo, lo que amortigua parcialmente la pérdida de diversidad.

Un enfoque interdisciplinar para salvar los bosques

Lasa insiste en que cuidar de los bosques requiere una gestión forestal inteligente, promover masas mixtas más resilientes y evitar la sobrepoblación de árboles. Y todo eso pasa también por mirar lo que no se ve: esa red microscópica que mantiene vivo el equilibrio del planeta. Porque sin microbiota, no hay bosque que valga.

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