En los últimos tiempos, Europa está presenciando algo que parecía archivado en los libros de historia: el resurgir de una extrema derecha que, con nuevas modalidades de comunicación e innovadoras estéticas, repite antiguas ideas de exclusión racial, cultural y política. En el centro de su marco discursivo aparece una figura ya conocida en su repertorio nacionalista etnocéntrico: las personas migrantes que, sin derechos, son representadas como amenazas a una comunidad nacional edificada sobre una ilusión de homogeneidad.
El relato contra la inmigración impulsado por estos movimientos se articula sobre un marco narrativo que se fundamenta en un miedo que se asienta en la alteración sistemática del otro; operación que no se limita a una competencia económica o a un conflicto de intereses, sino que se asienta sobre una distinción esencial entre un “nosotros” legítimo y un “ellos” extraño y peligroso. De esta forma, se construye la imagen de la persona migrante que, no solo compite por recursos, sino que, se afirma, destruye la identidad nacional, pervierte los valores morales y erosiona las costumbres tradicionales.
Estas ideas se alimentan de una estructura argumental con una fuerte consistencia y precisión narrativa. Las personas migrantes son representadas como sujetos contradictorios: son al mismo tiempo débiles y poderosas, con pocos recursos culturales, pero capaces de “reemplazar” a la población autóctona mediante la simple reproducción biológica, asistidas por los servicios públicos del Estado de bienestar, pero a la vez agentes de su desmantelamiento. La eficacia persuasiva de esta contradicción ha sido analizada por diversos autores, entre los que destaca Pierre-André Taguieff, que en su obra La force du préjugé. Essai sur le racisme et ses doubles, advierte que esta tipología de racismo no acude a taxonomías biológicas, sino a la presencia de diferencias culturales irreconciliables que, legitimadas por el “diferencialismo”, se presentan como una forma de racismo en la que, bajo la apariencia de respeto a la alteridad, lo que realmente se está justificando es la exclusión.
Las primeras evocaciones a la idea de un gran reemplazo surgen en Francia en los años 70 del siglo XX con la publicación de la novela de Jean Raspail Le Camp des saints (1973), una obra cuyo argumento está construido sobre el desembarco en un solo día de un millón de inmigrantes en las costas francesas. Esta novela se ha convertido en una referencia para la extrema derecha francesa, que la considera una obra “visionaria”. Pero el que realmente popularizó el concepto de “gran reemplazo”, fue el escritor francés Renaud Camus, en sus obras L’Abécédaire de l’in-nocence (2010) y Le Grand Remplacement. Introduction au remplacisme global (2011), concepto que posteriormente ha sido instrumentalizado por políticos de la extrema derecha europea como Éric Zemmour, en Francia, Viktor Orbán, en Hungría, Matteo Salvini en Italia o Santiago Abascal en España.
La idea de que se puede producir una “sustitución demográfica” de la población autóctona europea por personas migrantes, en su mayoría de religión islámica, se trata de una teoría conspirativa que no resiste el más mínimo escrutinio empírico, pero que cumple la función de crear una narrativa, emocionalmente muy potente, que favorece la cohesión de la población nativa al representar Europa como una fortaleza asediada, un mundo civilizado a merced de la barbarie exterior.
Los relatos míticos siempre han sido utilizados como estrategias de comunicación y propaganda e instrumentos de movilización política. Umberto Eco, en su ensayo Il fascismo eterno (1995), advertía que una de las principales características del fascismo es su capacidad para buscar el consenso apelando al miedo a la diferencia. Este miedo es convertido en impulso político, en estímulo afectivo para la construcción de un discurso que no requiere demostración y que puede, incluso, no ser veraz. De ahí que muchas formaciones políticas de la ultraderecha hayan renunciado a los tradicionales símbolos fascistas y los hayan sustituido por una estética comunicativa más refinada, mucho más apropiada para la lógica de la postmodernidad digital, o lo que es lo mismo, para la post-verdad, la hiperrealidad, la interconectividad, las comunidades virtuales o la cibercultura.
En efecto, el discurso de la extrema derecha en la actualidad se beneficia de los procesos de comunicación de la era de la post-verdad, en la que la verdad factual se ve reemplazada por la verdad emocional, es decir, por aquella que se siente como verdadera porque coincide con los prejuicios o los temores de la audiencia. En otras palabras, la verdad objetiva termina siendo menos importante que la forma en la que algo se observa o se siente. Así, una información falsa sobre un supuesto privilegio concedido a una persona migrante circula con mucha más rapidez, y genera mucho más impacto, que un desmentido oficial. Los algoritmos digitales recompensan la indignación y no la veracidad de una información.
Una peculiaridad fundamental de este discurso es el presentarse como el “sentido común”; la pauta “no soy racista, pero…” se está convirtiendo en un eficaz prólogo de la xenofobia moderna. Esta estrategia permite que las personas que enuncian este tipo de discursos puedan, al colocarse en una supuesta posición de racionalidad lógica, alejarse de cualquier acusación directa. Se trataría de llegar a construir un racismo sin racistas, con formas de discriminación que se ejercen disfrazadas de responsabilidad, sensatez e, incluso, humanitarismo. Se advierte de una supuesta invasión, pero, al mismo tiempo, se manifiesta la compasión por los “verdaderos refugiados”, se propugna el control de las fronteras, pero para garantizar la seguridad de toda la población.
Es muy revelador que las personas que formulan este tipo de discursos apelen insistentemente a las “raíces cristianas” de Europa, sin que ello tenga en absoluto que ver con fundamentos espirituales, sino como un instrumento de exclusión cultural. En este sentido, la cruz se transforma de símbolo de esperanza, compasión, salvación y acogida en un emblema de segregación y exclusión, una especie de salvoconducto identitario que asegura la auténtica europeidad. La paradoja está clara: muchos de los líderes políticos de la extrema derecha que esgrimen la tradición cristiana como salvaguarda frente al islam no manifiestan precisamente un fervoroso entusiasmo por los valores evangélicos de compasión, misericordia y amor al prójimo. Jesucristo, un refugiado perseguido, pobre, de piel oscura, no pasaría los filtros migratorios, sería catalogado como ilegal y como un firme candidato a la deportación.
El éxito de los relatos excluyentes tiene que ver, por un lado, con su capacidad para llegar afectivamente a amplios sectores sociales, pero también con la existencia de un vacío discursivo dejado por las fuerzas políticas reformistas y progresistas que, envueltas en una retórica tecnocrática en numerosas ocasiones, son incapaces de diseñar y proponer horizontes inclusivos que no parezcan ingenuos, condescendientes o paternalistas. En este sentido, las críticas al racismo y a la xenofobia no pueden circunscribirse a ejercicios o lecciones moralizantes, sino que es preciso ofrecer una contra-narrativa que pueda disputar el terreno del relato reintroduciendo la complejidad, sin que ello signifique la renuncia a la claridad y la comprensibilidad, y la conjugación de los conceptos de justicia y pertenencia, de tal forma que se logre, con efectividad, la incorporación de individuos o grupos a una sociedad de forma justa y equitativa.
La investigación historiográfica más reciente ha demostrado que cuando Europa olvida su pasado, como parece que está sucediendo en los últimos tiempos, tiende a repetirlo, aunque con mejores herramientas de marketing y con menos turbaciones y vacilaciones. El desafío a que nos enfrentamos en la actualidad no es únicamente desenmascarar y desmontar los mitos del presente, sino reconstruir un proyecto de futuro democrático que tenga la suficiente solidez como para poder enfrentarse y resistir a la fascinación de la nostalgia reaccionaria. El racismo, mientras tanto, puede cambiar su lenguaje, suavizar su estética y camuflarse con discursos aparentemente racionales, pero sigue siendo una forma de brutalidad y violencia. Solo se trata de un nuevo disfraz.