El aplauso que sepultó a 228 muertos

"Una ovación que ofende a la democracia: ni verdad, ni justicia, ni dimisión".

En política, como en la vida, los gestos pesan tanto como las palabras. A veces, incluso más. El Congreso Nacional del PP celebrado este fin de semana en Ifema no ha sido solo un acto de reafirmación interna, sino una radiografía moral del partido que lidera Alberto Núñez Feijóo. Allí, entre banderas, vítores y coreografías ensayadas, el presidente del PP decidió alzar el telón de su reelección abrazando al presidente valenciano Carlos Mazón. Nada casual. Nada inocente.

Mazón, recordemos, no es un dirigente cualquiera. Es el máximo responsable político de una de las gestiones más oscuras y deshumanizadas que se recuerdan en este país: la de la DANA que arrasó Valencia en octubre de 2024 y dejó tras de sí un reguero de muerte y desolación. 228 personas murieron. Y aún hoy, ocho meses después, no hay ni una sola dimisión, ni una comisión de investigación seria, ni un solo mecanismo de reparación para las familias.

A cambio, Mazón recibió este fin de semana un aplauso cerrado. Una ovación grotesca que se interpretó -porque lo fue- como un premio a la desmemoria. En el momento más simbólico de todo el congreso, Feijóo eligió alzar la mano de Mazón. No la de una víctima. No la de un familiar. No la de nadie que haya perdido algo en aquella tragedia. Eligió al responsable, no al damnificado. Y con ello, dejó claro que su modelo no se basa en la ética, sino en la estrategia.

Entre los que se sumaron a ese aplauso estaba Fernando López Miras, presidente de la Región de Murcia, otro barón que prefiere el eco de los vítores al murmullo incómodo de la conciencia. No debería sorprendernos: en política, el silencio suele ser rentable. Lo escandaloso no es que Miras aplaudiera. Lo escandaloso es que nadie dentro del PP se levantara a decir: “Basta”. Que 228 muertos puedan convertirse en un dato irrelevante mientras se cocina la próxima legislatura dice mucho, demasiado, sobre el tipo de país que estamos dejando que nos construyan.

En Ifema no se habló de responsabilidades políticas. Ni de verdad. Ni de justicia. Se habló, eso sí, de estrategia, de oposición, de Ayuso, de Tellado, de Albiol. Del reparto de poder interno. De cómo maquillar una oposición que no tiene moción de censura ni proyecto de país, pero sí muchas ganas de ruido.

El problema no es solo Mazón. Ni siquiera solo Feijóo. El problema es la lógica de partido que convierte en aplauso lo que debería ser investigación; en blindaje, lo que debería ser dimisión. Lo que vimos este fin de semana no es una anomalía: es la confirmación de un modelo. Uno donde lo que se premia no es la decencia, sino la obediencia.

Y así, mientras las familias de las víctimas siguen esperando una llamada, una explicación, un gesto, el PP decide enterrar el recuerdo bajo toneladas de confeti y claque. “España necesita estabilidad”, repiten. Pero una democracia sin memoria, sin verdad y sin justicia es cualquier cosa menos estable. Es una pantomima. Una farsa con cadáveres debajo de la alfombra.

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