Tres cachorros famélicos. Una galga madre escapando entre riscos. Una gruta como paritorio improvisado. Y al fondo, el eco de una vieja costumbre nacional: abandonar animales cuando molestan.
Esta vez ocurrió en Santomera. Un senderista dio la voz de alarma al ver a la perra escondida entre piedras. Estaba criando. Sola, en mitad de la sierra. Y llevaba collar. Traducción: tenía dueño. O mejor dicho, tenía alguien que un día decidió dejar de serlo.
No se trataba de un descampado cualquiera. La cueva donde se ocultaban estaba en una zona de montaña escarpada, en la Sierra de Orihuela.
El SEPRONA no se lo pensó dos veces. Se armó de pértigas con freno y subió a la montaña. Dos cachorros fueron sacados de la cueva. El tercero llegó después. El resto sigue perdido. Hay cachorros que siguen ocultos en la gruta, más adentro, donde no se puede acceder con seguridad.
La perra huyó al ver a los agentes. ¿Por miedo? Quizá. ¿Por proteger a sus hijos? También. La historia se repite cada verano: perras pariendo en campo abierto, crías flacas, vecinos alarmados, policía rescatando. Y nadie que se responsabilice.

El SEPRONA ha abierto una investigación. Si el chip de la madre canta, más de uno va a tener que explicar por qué dejó a su galga parir entre zarzas y polvo. ¿Quién lo hizo? Buena pregunta. Aunque, lo triste es que da igual el nombre. Hay demasiados que hacen lo mismo.
El abandono animal no es solo delito. Es ruindad. Y lo peor es que nos estamos acostumbrando.
La Ley 7/2003 y el Código Penal lo dejan claro: abandonar animales está penado. Pero hace falta más que leyes. Hace falta vergüenza. Empatía. Y un poco de humanidad.