Han pasado 35 años desde que cesaron los vertidos de residuos mineros a la bahía de Portmán. Fue el 30 de marzo de 1990 cuando, tras décadas de destrucción implacable, se cerró por fin la herida abierta al Mediterráneo. Una herida que sepultó bajo millones de toneladas de lodos tóxicos la antigua bahía, convirtiéndola en una playa artificial sin vida. Hoy, más de tres décadas después, la naturaleza ha comenzado a escribir su propia historia de resistencia y renacimiento.
En el frente litoral creado por la acumulación de sedimentos, sobre varios kilómetros cuadrados de terreno ganado al mar, ha surgido un nuevo ecosistema. No es el que existía antes: no hay praderas marinas ni fondos detríticos. Pero lo que parecía un desierto submarino comienza a poblarse de vida. Pequeños nudibranquios, lenguados, sepias, anguilas de arena, tembladeras y hasta rayas mariposa han hecho del lugar su nuevo hogar.
La presencia de rayas mariposa (Gymnura altavela) -una especie catalogada En Peligro- ha sido una sorpresa para investigadores y conservacionistas. De hecho, entre San Pedro del Pinatar y Calblanque, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha declarado recientemente una Zona de Importancia para Tiburones y Rayas (ISRA), destacando la relevancia de estos enclaves para la biodiversidad marina.
El proceso no se limita al frente artificial de la bahía. También en los acantilados que se extienden desde la Punta de la Galera hasta El Gorguel, donde las rocas fueron sepultadas bajo toneladas de residuos mineros, se observa una tímida pero constante recuperación. La vegetación ha vuelto a colonizar los paredones costeros y la fauna marina se adentra de nuevo en aguas que durante décadas fueron sinónimo de muerte.
La Asociación de Naturalistas del Sureste (ANSE) lanza un mensaje tan sencillo como incómodo: mientras las administraciones discuten, elaboran planes, o se enredan en polémicas políticas y presupuestos millonarios sobre el futuro de la devastada bahía, la naturaleza lleva 35 años haciendo su trabajo en silencio.
“Tal vez haya una lección aquí que aún no hemos querido escuchar”, vienen a decir desde ANSE. Tal vez lo que se necesita no es imponer otra intervención artificial más sobre el terreno, sino observar con humildad lo que la propia naturaleza ha logrado sin la ayuda del ser humano. Porque sí, los daños fueron incalculables. Pero el Mediterráneo, obstinado, ha empezado a curarse. Y eso, guste o no, ya es un mensaje en sí mismo.