Plaguicidas en casa: un estudio europeo revela su presencia en el polvo del hogar y efectos en la salud mental

Un estudio europeo en el que participa la UPCT detecta su presencia en el polvo doméstico y alerta de alteraciones en la salud mental de ratones expuestos a residuos dentro de los límites legales

Los plaguicidas no solo se quedan en el campo. Están en el aire, en el agua, en el suelo y, según los últimos resultados del proyecto europeo SPRINT (Sustainable Plant Protection Transition: A Global Health Approach), también están en el interior de nuestras casas. De hecho, la mayor acumulación de residuos se ha encontrado precisamente ahí, en el polvo doméstico, ese que se cuela por las rendijas y al que apenas prestamos atención.

La Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT) participa desde 2020 en este ambicioso proyecto internacional, que tiene como objetivo monitorizar el impacto del uso de plaguicidas desde una perspectiva de salud global: no solo en los cultivos, sino también en los ecosistemas, los animales y las personas. Los resultados, presentados hoy en la Escuela de Ingeniería Agronómica, corresponden a la campaña de campo desarrollada entre 2021 y 2022, en la que se realizaron análisis en once países europeos -entre ellos España-y en Argentina. Se tomaron muestras en fincas de manejo ecológico e integrado, abarcando diferentes entornos rurales y agrícolas.

La magnitud del trabajo es notable: más de 670 personas participaron en la recogida de muestras, y los laboratorios implicados han analizado más de 200 compuestos químicos diferentes. Lo que han encontrado debería hacer sonar algunas alarmas, aunque los niveles detectados, por el momento, sigan estando por debajo de los límites legales establecidos en normativa alimentaria.

“Lo invisible también contamina”

“Los residuos están presentes de forma generalizada en el ambiente, incluso en zonas alejadas de las explotaciones”, señalan los coordinadores del estudio, Josefina Contreras, del área de Producción Vegetal, y Francisco Alcón, del área de Economía de la Empresa. “En sangre y orina de los participantes, los niveles detectados no superan los umbrales legales, pero eso no significa que sean inocuos”, añaden. ¿Por qué? Porque en el laboratorio se ha demostrado que algunas mezclas de plaguicidas -aunque cada sustancia por separado esté dentro de lo permitido- pueden provocar alteraciones celulares, orgánicas y moleculares. Es decir, que lo legal no siempre equivale a lo seguro.

Uno de los hallazgos más sorprendentes se ha producido en los ensayos con ratones. Los investigadores han detectado cambios en su comportamiento y en su microbiota intestinal, indicadores que apuntan a posibles efectos en la salud mental asociados a la exposición prolongada a residuos de plaguicidas, incluso en cantidades consideradas “seguras”. Aunque extrapolar estos resultados directamente a los humanos requiere más estudios, el dato es inquietante.

Agricultura ecológica vs. convencional

Desde el punto de vista ecológico, el estudio también revela diferencias notables entre modelos agrícolas. En los ecosistemas acuáticos, los riesgos detectados han sido, en general, bajos. Pero en los suelos agrícolas, la situación es distinta: las explotaciones convencionales presentan riesgos significativamente más altos que las ecológicas, tanto por la mayor cantidad como por la concentración de residuos de plaguicidas detectados.

Esta constatación refuerza la necesidad de repensar los métodos de producción agraria. Aunque la agricultura ecológica no está exenta de impacto, sus efectos sobre el medio ambiente parecen ser considerablemente menores, al menos en lo que respecta a la presencia de compuestos químicos tóxicos.

SPRINT no se limita a recopilar datos. Uno de sus grandes logros es el desarrollo de nuevos modelos de evaluación del riesgo, que integran datos ambientales, clínicos y toxicológicos. Además, está construyendo una Caja de Herramientas de Evaluación de Riesgos para la Salud Global, pensada para ayudar a responsables públicos, legisladores y autoridades sanitarias a tomar decisiones con mayor conocimiento de causa.

Este instrumento busca llenar un vacío importante: el de la evaluación de riesgos basada en escenarios reales y no solo en ensayos controlados. En palabras de sus impulsores, el objetivo final es “apoyar políticas públicas que permitan avanzar hacia una agricultura más saludable, sostenible y respetuosa con la salud de las personas y del planeta”.

Una transformación pendiente

El proyecto, en el que colaboran 28 entidades europeas -incluyendo universidades, centros de investigación y organismos públicos-, pone sobre la mesa una realidad incómoda: el uso generalizado de plaguicidas tiene un coste oculto. Un coste que no siempre aparece en las etiquetas, pero que puede afectar silenciosamente a nuestra salud y a la del medio que habitamos.

En un momento en el que la sostenibilidad se ha convertido en eslogan, SPRINT aporta datos duros, científicos y transversales. “Lo que no se mide, no se puede mejorar”, recuerdan sus coordinadores. Y ellos lo están midiendo todo: desde los efectos en los peces de un estanque hasta las partículas invisibles que flotan en el salón de tu casa.

El mensaje es claro: la transición hacia una protección vegetal más sostenible no es una opción ideológica, sino una necesidad de salud pública. Y el polvo que se acumula bajo la alfombra es, quizás, el mejor recordatorio de que mirar para otro lado ya no sirve.

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