No son zombis, pero sí pueden matarte. No es ciencia ficción, es ciencia. Y lo peor: ya están aquí.
Las infecciones fúngicas graves, hasta hace poco relegadas a notas a pie de página en los manuales médicos, están emergiendo como una amenaza real para la salud pública global. Cada año, millones de personas mueren a causa de enfermedades provocadas por esporas invisibles, resistentes al calor, difíciles de detectar y cada vez más adaptadas al planeta que estamos calentando. Y entre los culpables silenciosos, uno destaca: Aspergillus fumigatus.
Este hongo, junto a otras cepas como A. flavus y A. niger, forma parte del paisaje cotidiano: habita en el aire, el suelo, los edificios… En la mayoría de los casos no causa estragos. Pero cuando encuentra a alguien inmunodeprimido o con problemas respiratorios, puede convertirse en un asesino microscópico. La aspergilosis invasiva, una de las enfermedades que causa, mata cada año a más de 1,8 millones de personas en todo el mundo, según estimaciones.
«Si el sistema inmunitario no consigue eliminar las esporas, el hongo empieza a crecer y, básicamente, a devorarte desde adentro hacia afuera, por decirlo sin rodeos», explicó Norman van Rhijn, investigador de cambio climático y enfermedades infecciosas. Las personas con enfermedades pulmonares como asma o EPOC, así como quienes han recibido un trasplante o tratamiento oncológico, presentan un mayor riesgo de infección.
Y lo más inquietante no es la cifra en sí. Es lo que se avecina
Un reciente estudio respaldado por la fundación Wellcome Trust y publicado en Research Square advierte de que estos hongos podrían expandirse hacia nuevas regiones si continúa el calentamiento global. Utilizando modelos climáticos, los investigadores observaron que, en el escenario más extremo -aquel en el que seguimos quemando combustibles fósiles como si no hubiera un mañana-, el rango de A. fumigatus podría crecer un 77,5 %, colonizando territorios del hemisferio norte que antes le resultaban inhóspitos.
Es decir, su presencia casi se duplicaría en el planeta si no se toman medidas urgentes. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya ha incluido a este hongo en su lista crítica de patógenos sanitarios, consciente del riesgo creciente que representa.
Europa, Australia y partes de América del Norte podrían ver incrementado el número de habitantes expuestos a estos patógenos. Aunque en otras zonas, como Asia o África, los modelos indican un descenso, el problema está lejos de solucionarse. De hecho, podría agravarse.
¿Por qué? Porque el estudio no contempla un factor crítico: la capacidad de estos hongos para adaptarse. Norman van Rhijn, autor principal de la investigación, lo admite: es “muy probable” que Aspergillus logre sobrevivir en entornos aún más cálidos. Si eso ocurre, la expansión será doble: conservarán sus territorios actuales y conquistarán nuevos.
A eso se suma otro problema: la dificultad para diagnosticar estas infecciones. Sus síntomas son genéricos, las pruebas son costosas y complejas, y la mayoría de los casos no se detectan hasta después de la muerte. En un estudio realizado en 2022, solo el 27 % de las muertes por aspergilosis invasiva habían sido diagnosticadas o incluso sospechadas por los médicos antes del fallecimiento.
En sus primeras fases, sus síntomas pueden confundirse fácilmente con los de enfermedades respiratorias comunes, como la gripe o un resfriado fuerte. Esto retrasa el diagnóstico y, por tanto, el tratamiento, justo cuando actuar con rapidez es crucial.
El abanico terapéutico tampoco es alentador: hoy en día, la medicina solo cuenta con cuatro tipos de antifúngicos para combatir estas infecciones. Y por si fuera poco, los investigadores han detectado que Aspergillus está desarrollando una resistencia cada vez mayor a estos fármacos, lo que reduce su eficacia y deja a muchos pacientes sin opciones claras de recuperación.
Los hongos, al estar más cercanamente emparentados con los humanos que las bacterias, presentan un desafío enorme para los tratamientos antimicóticos. Las opciones terapéuticas son escasas y no han avanzado significativamente en décadas. Para colmo, la resistencia a los medicamentos está aumentando. Las mismas sustancias utilizadas para proteger los cultivos agrícolas son químicamente similares a los antifúngicos médicos, lo que favorece la aparición de cepas resistentes antes siquiera de que los nuevos medicamentos lleguen a los hospitales.
Un ejemplo preocupante: el olorofim, un prometedor fármaco antimicótico aún en ensayos clínicos, podría quedar obsoleto antes de su comercialización debido al uso agrícola de un fungicida (ipflufenoquin) que actúa de forma muy parecida. ¿Resultado? Años de investigación y millones de euros al retrete por falta de coordinación entre sectores.
Este es el punto clave. Médicos, científicos, agricultores, legisladores, todos deben empezar a hablar entre sí. El enfoque “One Health”, que defiende la conexión entre la salud humana, animal y ambiental, lleva tiempo sobre la mesa. Pero, como suele pasar, se aplica poco y mal. Las estructuras gubernamentales y las prioridades económicas siguen fragmentadas.
La OMS considera que el uso imprudente de antifúngicos en la agricultura se ha relacionado con la creciente resistencia de Aspergillus fumigatus a los antifúngicos azólicos.
La profesora Elaine Bignell, experta en micología médica de la Universidad de Exeter, lo resume con claridad: “Durante medio siglo, las enfermedades fúngicas han recibido una fracción ridícula del dinero destinado a investigación sanitaria”. Y, sin embargo, cualquier persona sana puede convertirse, en cuestión de días, en parte del grupo de riesgo.
Ya lo estamos viendo: Candida auris, una especie emergente multirresistente, apareció casi simultáneamente en tres continentes en la década pasada. Se adhiere al plástico, sobrevive en ambientes hospitalarios y causa infecciones peligrosas. Y sí, el cambio climático está implicado.
Pero no solo el calor está en juego. El aumento del nivel del mar también puede ofrecer nuevas oportunidades a los hongos. Como explica Bignell, la salinidad creciente en las tierras inundadas por el mar podría favorecer la evolución de cepas más resistentes, que a su vez podrían soportar mejor el entorno interno del cuerpo humano.
El cambio climático amplía el territorio del Aspergillus
El cambio climático no solo está ampliando el territorio donde Aspergillus puede sobrevivir, sino que también está modificando las condiciones que le permiten prosperar. El aumento progresivo de las temperaturas facilita que estas especies resistan en entornos más cálidos de lo habitual, superando una de las pocas barreras naturales que los protegía de infectar al ser humano: la alta temperatura corporal.
Además, fenómenos meteorológicos extremos como inundaciones, sequías prolongadas o tornados contribuyen a la dispersión masiva de esporas. Un ejemplo claro se vivió en 2011, tras el devastador tornado que azotó Missouri, en Estados Unidos: los hospitales de la región reportaron un incremento notable de infecciones fúngicas entre la población afectada.
A medida que el planeta se calienta, el hongo no solo se hace más resistente, sino también más ubicuo. En regiones donde ya existía, su presencia se intensifica; en otras, donde antes era poco común, comienza a establecerse. Según las proyecciones del estudio respaldado por Wellcome Trust, Aspergillus fumigatus podría expandir su área de distribución en un 77,5 % de aquí a finales de siglo, si no se toman medidas drásticas para frenar las emisiones contaminantes.
Lo que The Last of Us ha hecho con zombies, la ciencia real lo está mostrando con esporas. Y el enemigo no es un monstruo ficticio, sino un organismo diminuto, adaptativo y real.
Mientras no se invierta con urgencia en investigación, regulación y prevención, el desenlace de esta historia no lo decidirá la ficción. Lo decidirá la naturaleza. Y no suele ser compasiva.