No tienen la majestuosidad de un hayedo, ni el colorido de una dehesa en primavera. De lejos, los suelos de yeso parecen más un paisaje marciano que un ecosistema digno de protección. Pero lo son. Bajo su apariencia desangelada se esconden estrategias de supervivencia tan sofisticadas como desconocidas. Y sobre todo, un mensaje claro: en tiempos extremos, la clave puede estar en mirar donde nadie suele mirar.
Mientras recorre los alrededores de Petrer, en Alicante, la investigadora Alicia Montesinos, del Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE, CSIC-UV-GVA), lo tiene claro: “Estas zonas áridas no son paisajes degradados, sino tesoros de la sostenibilidad, con lecciones clave para enfrentar un mundo cambiante”. El problema, advierte, es que la percepción general de “terreno baldío” hace que acaben convertidas en vertederos, polígonos, pistas de motocrós o incluso en plantaciones de pinos con fines estéticos. Y más recientemente, en espacios para macroplantas solares.
¿Qué tienen de especial estos suelos?
Mucho. Empecemos por el principio: el yeso no es solo el material que sujeta tus paredes. En su estado natural, este mineral puede almacenar hasta un 20% de agua en su estructura cristalina. Y ahí entra en escena una planta discreta pero tenaz: Helianthemum squamatum, conocida como jara de escamillas. Florece en pleno verano, cuando no llueve y el suelo parece seco como un hueso. ¿Cómo lo hace?
La científica Sara Palacio, del Instituto Pirenaico de Ecología (IPE-CSIC), se hizo la misma pregunta. Y tras descartar lluvia, niebla y agua subterránea, se atrevió con una hipótesis audaz: ¿y si la planta bebe literalmente del yeso? No es una metáfora. Diseñó un experimento con isótopos estables y comprobó que hasta el 90% del agua que usaba la jara en verano provenía del agua de cristalización del mineral. Sí: las plantas sacaban agua de las piedras.
Plantas químicas, plantas químicas
Los mecanismos de estas supervivientes no acaban ahí. Laura de la Puente, también del IPE-CSIC, identificó cerca de 30 especies que podrían estar usando esa misma fuente insólita de agua. Algunas incluso modifican químicamente su entorno: producen ácidos orgánicos con sus raíces que alteran el yeso, posiblemente para facilitar la liberación de ese agua estructural. No está claro si este proceso es pasivo o activo. Pero como explica Palacio, “la evidencia parece indicar que se trata de un proceso activo, en el que participan también bacterias, hongos y otros aliados químicos”.
La ley de la ayuda mutua
Además de ser alquimistas del desierto, las plantas de los yesos tienen otra virtud: la cooperación. En estos ambientes extremos, competir es morir. Por eso, han desarrollado complejas redes de colaboración para compartir recursos escasos, como el nitrógeno.
El equipo de Alicia Montesinos lo demostró inyectando isótopos marcados en ciertas plantas y observando cómo esos nutrientes viajaban a otras vecinas. Las que florecen más tarde (como Helianthemum) ceden nitrógeno a las que lo necesitan en primavera, y después reciben ayuda cuando les toca a ellas. “En los lugares más duros, las plantas encuentran fuerza en la compañía”, resume Montesinos. “Es como en las sociedades más empobrecidas, donde la solidaridad no es una opción, sino una necesidad”.
El futuro que nadie ve
En todo el mundo hay unas 1.300 especies de plantas que solo crecen en ambientes de yeso. La mitad son muy raras. Todas están adaptadas a condiciones que bien podrían parecerse a las del futuro que nos espera: escasez de agua, suelos pobres, temperaturas extremas.
Proteger estos paisajes no es un capricho ecologista ni una lucha marginal. Es invertir en conocimiento, en resiliencia y en soluciones que pueden marcar la diferencia. Como dice Palacio, “estos organismos superespecializados nos pueden salvar la vida en un momento dado”. Pero para que eso ocurra, primero hay que dejar de mirar por encima del hombro a los desiertos. Porque, a veces, el oro no brilla. Se esconde en una roca blanca, quebradiza y aparentemente estéril.