El show de Bernabé: toneladas de cinismo

Acumula cargos, cambia de opinión como quien cambia de corbata y se recicla con una bolsa de residuos tóxicos en mano. La carrera del senador Bernabé es un máster en oportunismo político

Francisco Bernabé, senador por Murcia, político de vocación mutante y experto en decir hoy lo contrario de lo que dijo ayer -sin despeinarse-, volció a hacer lo que mejor se le da: el numerito. Esta vez, con una bolsa de residuos tóxicos en la mano, la mirada firme y el gesto grave, se plantó ante la ministra de Transición Ecológica, Sara Aagesen, para exigir, con teatral indignación, la regeneración de la bahía de Portmán. Una escena digna de Sálvame, solo que sin guionistas profesionales.

El exalcalde de La Unión domina como pocos el noble arte de cambiar de chaqueta sin que le salte ni un botón. Lo demostró con el macropuerto de El Gorguel: cuando mandaba en su pueblo, lo rechazaba con firmeza; en cuanto lo nombraron Delegado del Gobierno, lo defendió con la misma pasión. Porque Bernabé es así: lo mismo te dice blanco que negro, dependiendo de quién le paga el traje.

Desde 2005, lleva encadenando cargos públicos como quien colecciona cromos: alcalde, consejero, delegado del Gobierno, diputado y ahora senador. Lo curioso es que en algunos puestos apenas ha durado lo suficiente como para calentar la silla. Pero eso da igual, porque lo suyo no es transformar realidades, sino facturar sueldos. El de ahora: 73.308 euros anuales. Nada mal para alguien que ha hecho de la política su gimnasio, su plató y su chiringuito.

Y si hay algo que Bernabé domina es la promesa hiperbólica. ¿Quién no recuerda cuando aseguró que los murcianos podrían comerse las uvas de 2015 en la Puerta del Sol, viajando en AVE desde Murcia? El tren no llegó hasta diciembre de 2022, pero la frase aún resuena como una campanada de humo. También prometió que el aeropuerto de Corvera estaría abierto ese año. No voló hasta 2019. ¿El secreto? Prometer rápido y cambiar de tema antes de que se note el truco.

Cuando no promete, reprime. Así ocurrió con las protestas por el soterramiento de las vías en Murcia, cuando el entonces Delegado del Gobierno desplegó a las fuerzas antidisturbios como si fueran al G8. Más de dos millones de euros gastados en silenciar a los vecinos a porrazo limpio. Porque Bernabé cree en el diálogo si es con casco, porra y escudo.

En su faceta ecologista, tampoco tiene desperdicio. En el Senado agitó una cartulina con el lema “SOS Mar Menor”, olvidando que su partido gobierna la Región desde hace 30 años permitiendo la expansión ilegal del regadío intensivo, los vertidos y el desastre ecológico. Pero ya se sabe: en política, el cinismo es una herramienta, y Bernabé tiene la caja entera.

Y como si todo esto no bastara, el senador se atrevió a defender en sede parlamentaria el corte de rabo a los perros. Alegó, con total seriedad, que los animales pueden “lesionar a sus dueños con el movimiento de rabo”. No está claro si hablaba de los perros o de algunos políticos. En cualquier caso, las asociaciones veterinarias le recordaron que la amputación está prohibida salvo por causas médicas, y que el siglo XXI viene sin bozal.

En La Unión, su pueblo, Bernabé no necesita presentación. Allí lo llaman, con ese humor fino que da la decepción continuada, “el sacabarrigas” o simplemente “el innombrable”. Nadie mejor que sus paisanos para describir a alguien que llamó «malnacidos» a sus vecinos por no apoyar su proyecto de explotación minera de la bahía.

¿Y qué hay de sus principios políticos? Muy flexibles. Tan flexibles que no duran ni una legislatura. Primero fue del club #YoConPAS, enarbolando la bandera de Pedro Antonio Sánchez hasta que el barco empezó a hacer agua judicial. Luego se sumó al #YoConCasado, con entusiasmo y alguna foto con sonrisa de catálogo. Y cuando Casado cayó defenestrado por el propio PP, Bernabé corrió raudo a cambiar de hashtag: #YoConFeijóo. Si hay algo que Bernabé ha demostrado a lo largo de los años es una fidelidad inquebrantable al que manda para seguir viviendo del cuento. Él y su hermana Pilar Bernabé, concejal del PP en el Ayuntamiento de Murcia.

Y aunque en Madrid se esfuerce por mantener una fachada de político respetable y eficaz, en su pueblo, La Unión, la percepción es otra muy distinta. Allí, entre murmullos en las terrazas y comentarios en los mercados, lo conocen con apodos que no dejan lugar a dudas: “el sacabarrigas” y “el innombrable”. Sobrenombres que condensan el hartazgo y la decepción acumulada por años de promesas incumplidas, vaivenes ideológicos y actuaciones que, más que soluciones, han alimentado la desconfianza.

Francisco Bernabé no es solo un político veterano: es un transformista parlamentario, un ilusionista institucional, un artista del trampantojo. Cada vez que se queda sin foco, se inventa una escena. Porque para sobrevivir en la política no basta con tener ideas: hay que tener cámara, cartulina y mucha desvergüenza.

Francisco Bernabé ha hecho del disfraz político su especialidad: lo mismo promete el AVE que mutila perros o agita pancartas por el Mar Menor. Todo sirve si hay cámara delante.

Y mientras tanto, López Miras se atreve a hablar de “decadencia” y “corrupción” en otros con personajes como Bernabé en nómina. No es política, es teatro del absurdo. Y encima, lo pagamos todos.

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