En pleno 2025, y a pesar de las alertas científicas, las imágenes de océanos ahogados en plásticos y los kilos de comida que cada segundo acaban en la basura, la conciencia ambiental ciudadana se enfría. Así lo confirma el nuevo informe «Plásticos y otros residuos 2025», una radiografía brutalmente honesta sobre los hábitos, contradicciones y desconexiones de la población española en materia de sostenibilidad.
Del “plastiquicidio” al olvido: la caída de la preocupación ciudadana
En 2019, el 67% de la población española se mostraba muy preocupada por el exceso de plásticos, especialmente los de un solo uso. Cinco años después, ese porcentaje ha descendido al 49,4%. Una bajada de casi 18 puntos que no se explica por una mejora del problema -porque no ha mejorado-, sino por una desactivación del compromiso ciudadano. Así lo confirma el informe elaborado por la organización independiente ClicKoala en colaboración con el Grupo de Investigación en Psicología Ambiental de la Universidad de Castilla-La Mancha
Los datos son claros: evitar productos sobreenvasados, que llegó a ser una práctica cotidiana para más del 40% de los encuestados, hoy apenas lo mantiene un 29%. El descenso es especialmente acusado entre jóvenes y mujeres, los colectivos que históricamente lideraron los cambios de hábitos. Entre los hombres de 16 a 34 años, la preocupación por el plástico ha caído 27,7 puntos. En el caso de las mujeres jóvenes, el descenso ronda el 21%.
¿Por qué dejamos de preocuparnos?
El informe apunta varias causa: la pandemia reforzó la asociación entre envase y seguridad sanitaria. Los envases de usar y tirar volvieron con fuerza, legitimados por el miedo; la fatiga mediática ha desplazado el plástico de la agenda informativa. Lo que no se nombra, no existe. Y lo que no se ve, no duele. El estilo de vida sostenible ha dejado de ser un valor identitario. En 2019, casi un 40% decía que vivir de forma sostenible definía su forma de vida. En 2024, ese porcentaje baja al 30%.
La sostenibilidad, en definitiva, ha perdido el relato. Y sin relato, no hay transformación.
¿Y la basura? Bien, gracias (o no tanto)
Separar residuos sigue siendo un gesto cotidiano. Casi el 80% de los españoles valora positivamente hacerlo en casa. Pero cuando se pregunta por el conocimiento sobre qué ocurre después con esa basura, la media es un desolador 4,4 sobre 10. Es decir, la mayoría no tiene ni idea de cuántos residuos se generan, cuánto cuesta gestionarlos o qué se hace con ellos tras su recogida.
Y sin saber, es más fácil caer en los tópicos: “Todo se mezcla en el camión”, “reciclar no sirve para nada”, “es una excusa para cobrar más impuestos”. Ideas falsas que calan hondo cuando falta transparencia institucional.
Frente a esto, el informe lanza una propuesta muy sensata: mostrar el viaje de los residuos. Visitas a plantas de reciclaje, vídeos didácticos, apps informativas y puntos limpios con QR pueden ayudar a reconstruir la confianza en el sistema.
Recompensar convence más que castigar
A la hora de implicar a la ciudadanía, el enfoque importa. El estudio muestra que las medidas basadas en incentivos son mucho mejor acogidas que las sanciones. Separar bien la basura a cambio de recompensas obtiene el respaldo del 81%. En cambio, pagar más según la cantidad de residuos generados apenas lo apoyan un 22%.
Un experimento lo demuestra con nitidez: cuando se plantea el sistema de depósito de envases como una “recompensa” (recuperar 15 céntimos por devolver el envase), el 83,7% lo apoya. Si se presenta como un “sobrecoste” que luego se puede recuperar, el respaldo cae al 59,9%. El lenguaje importa. Mucho.
Desperdicio alimentario: el elefante en la cocina
Cada año, los hogares españoles tiran más de 1.180 millones de kilos de alimentos. Un promedio de 24 kilos por persona. Y eso sin contar lo que se pierde en restaurantes, supermercados o durante la cadena de distribución.
El desperdicio de comida es una triple amenaza: ambiental, económica y social. Afecta a la huella de carbono, desangra la economía doméstica y convive con millones de personas que no pueden llenar su nevera.
El estudio detecta cuatro perfiles según el nivel de desperdicio generado. Los más responsables son los mayores de 55 años y quienes se identifican con estilos de vida sostenibles. En el extremo contrario, los jóvenes de 16 a 34 años y los hogares grandes.
Seis gestos contra el despilfarro
La buena noticia: hay seis rutinas que marcan la diferencia y están al alcance de todos. Son planificar bien la compra: hacer lista, revisar la despensa y evitar compras impulsivas, comprar lo justo, mejor a granel porque se tira menos y se generan menos envases, conservar bien los alimentos, congelar lo justo, mantener la nevera entre 0º y 5º y conocer las fechas de caducidad, cocinar con cabeza, medir las raciones, mejorar habilidades culinarias y evitar recetas XXL, comer lo que sobra: sí, las sobras también son comida. Solo el 7% de la población reutiliza de forma habitual. Y, por último, entender las etiquetas: “consumir preferentemente” no es lo mismo que “caduca el…”. Esa confusión llena contenedores innecesariamente.
El compostaje, el gran olvidado
Separar los residuos orgánicos para compostar es una práctica aún marginal: solo un 22% de los encuestados la realiza semanalmente. El informe insiste en diferenciar entre restos inevitables -cáscaras, huesos- y comida en buen estado que nunca debió acabar ahí.
El compostaje no es la solución al desperdicio, sino su última estación. La prioridad debe seguir siendo prevenir, no gestionar lo mal hecho.
El informe cierra con tres propuestas esenciales para cambiar el rumbo: mostrar el problema y su solución con honestidad, sin catastrofismo, pero con datos claros, hacer lo sostenible fácil y visible y reconocer cada buen gesto, cada envase devuelto, cada comida aprovechada o cada gramo menos de basura cuenta.