En la cuenca del Segura el agua no corre, se persigue. Se disputa. Se roba. Se bombea de donde no hay y se vierte donde no debe. El río, más que fluir, sobrevive. Y lo hace herido, fragmentado, convertido en una sombra de lo que un día fue. La Confederación Hidrográfica del Segura ha puesto sobre la mesa su diagnóstico para el periodo 2028-2033 y el veredicto es claro: el sistema hídrico está al límite.
La cuenca del Segura alberga un total de 416 masas de agua: 207 son superficiales (ríos, ramblas, lagos y zonas costeras). 209 son subterráneas, es decir, acuíferos. Del total de masas superficiales, 132 son ríos, 38 lagos, 1 masa de transición y 36 costeras.
Pero aquí viene el jarro de agua fría: más del 50% de estas masas de agua no alcanzan el buen estado ecológico. Algunas ni se acercan. Y muchas ni siquiera están en estado natural: se han convertido en masas de agua fuertemente modificadas, es decir, alteradas por embalses, encauzamientos, azudes o infraestructuras hidráulicas.
La cuenca que lo dio todo
Durante décadas, el Segura ha sostenido lo insostenible: agricultura intensiva, desarrollos urbanos descontrolados, turismo de alto consumo, y hasta un trasvase que ha convertido el agua en una mercancía que viaja cientos de kilómetros. A cambio, el río ha perdido su alma. Según el inventario oficial, de las 207 masas de agua superficiales que hay en la cuenca, una parte significativa ya no conserva su estado natural. Son aguas “fuertemente modificadas”, presas entre embalses, canalizaciones y usos industriales.
En el papel tienen nombre y código. En el terreno, son tramos secos, ramblas esqueléticas, embalses que no se llenan y acuíferos cada vez más profundos.
Vertidos urbanos: la gran mancha silente
Las aguas residuales urbanas son, con diferencia, una de las fuentes más generalizadas de presión. En el azud de Ojós, por ejemplo, se vierten anualmente más de 330 toneladas de DBO5 (una medida de contaminación orgánica), con una carga equivalente a 15.112 habitantes.
El embalse del Cenajo soporta otros 89,6 toneladas de carga orgánica y una presión urbana equivalente a más de 4.000 personas. El de Camarillas, casi 9.000 habitantes equivalentes. Y así, embalse tras embalse, el mapa se llena de cifras que dibujan un ecosistema saturado.
Pero no es solo la carga. Es la dispersión: más de 550 vertidos urbanos están identificados a lo largo de las distintas masas de agua, muchos de ellos sin tratamiento adecuado o con sistemas que no cumplen los requisitos exigidos por la normativa europea.
Y así, tramo tras tramo, se dibuja una realidad de aguas cargadas, oxígeno escaso y biodiversidad bajo mínimos
La fauna acuática está en retirada. Las especies invasoras ganan terreno. Y la vegetación de ribera, que debería actuar como defensa natural, desaparece bajo el cemento, los plásticos agrícolas y las motobombas.
Agricultura: la gran sedienta y la gran contaminante
El 80% del agua extraída en la cuenca se destina al regadío. No a beber, ni a vivir, ni al ecosistema. A producir. Y mucho. Tomates, limones, lechugas, uvas, todo en régimen intensivo y de exportación, pero la presión agrícola no se mide solo en consumo de agua. También se mide en contaminación difusa. El documento identifica cientos de puntos donde la actividad agraria -especialmente el regadío intensivo- vierte fertilizantes, purines y pesticidas al sistema fluvial sin que exista un control real sobre ello.
La Rambla del Albujón, el río Mula, el Guadalentín o el río Chícamo figuran entre los más afectados. En muchos casos, estas sustancias acaban en acuíferos que luego se utilizan para abastecimiento o riego, cerrando así un círculo viciado.
El resultado es una pérdida de calidad del agua, un empobrecimiento de los suelos y una proliferación de zonas con problemas graves de eutrofización, donde el oxígeno escasea y la vida acuática se reduce a especies resistentes o invasoras.
El modelo económico ha sido rentable, sí. Pero ha generado un sistema hidráulico insostenible, donde se bombea más de lo que se recarga, se abona más de lo que el suelo filtra, y se encauza más de lo que el río necesita.
A esto se suma la falta de vigilancia: pozos ilegales, tomas no autorizadas, retornos agrícolas contaminantes, vertederos en cauces secos y una legislación que muchas veces llega tarde o no llega.
Las obras que rompieron el río
El documento dedica una parte esencial al análisis de alteraciones morfológicas: presas, azudes, canalizaciones, diques. Infraestructuras que, en teoría, regulan, controlan o protegen. Pero que, en la práctica, fragmentan el río, interrumpen el flujo natural y destruyen hábitats clave.
Hay más de 100 puntos en los que se identifica una alteración física significativa del cauce. Especialmente llamativos son los tramos del Segura entre Archena y la desembocadura, que aparecen como “masas de agua fuertemente modificadas”. Es decir: el río, allí, ya no es río. Es canal. Es tubería.
Y el impacto no es solo paisajístico. Las alteraciones morfológicas impiden la migración de peces, reducen la capacidad de autodepuración del agua y agravan los efectos de sequías y avenidas.
Hay tramos del Segura que ya han perdido la capacidad de recuperación. No lo dicen activistas. Lo dicen los técnicos de la Confederación Hidrográfica. Lo firman con nombre y apellidos.
Algunos tramos están tan modificados que ni siquiera se espera ya que alcancen el buen estado ecológico. Se les clasifica como “fuertemente modificados”. Se da por perdido su valor natural. Y eso es lo más grave: la institucionalización del deterioro.
Acuíferos al límite
El inventario no se olvida de las masas de agua subterránea, esas grandes olvidadas bajo tierra que sostienen buena parte del riego, el abastecimiento urbano y la industria agroalimentaria.
El problema es que muchos acuíferos están sobreexplotados. Se extrae más agua de la que entra. Y se contamina por filtraciones agrícolas, residuos ganaderos y vertidos industriales. Algunos acuíferos han perdido ya su capacidad de recuperación natural. En términos técnicos, están “en mal estado cuantitativo y/o químico”.
La situación más grave se da en el Altiplano y en algunas zonas de la Vega Alta y la Vega Media. Y si el ritmo no cambia, no se trata de si colapsarán. Es cuándo.
De la documentación técnica se extrae un mensaje claro y es que el sistema hídrico del Segura está sometido a más presiones de las que puede soportar. No es un río con problemas. Es un modelo de gestión insostenible que, si no se transforma, colapsará. Y detrás de todo esto, un sistema de control débil. Con poca vigilancia. Con muchas extracciones sin declarar. Con un silencio administrativo que, muchas veces, es complicidad.
Los ríos del Segura ya no fluyen: se arrastran entre presiones humanas, vertidos, captaciones y cauces encajonados.