El informe titulado “Publicaciones científicas recientes o relevantes sobre la caracterización de los depósitos de vertidos mineros costeros y submarinos de la bahía de Portmán y sobre el riesgo de su manipulación”, elaborado por José Benedicto Albaladejo, investigador jubilado del Instituto Oceanográfico, compila la evidencia científica acumulada en la última década sobre el estado del fondo marino de Portmán, una de las zonas más degradadas por la minería en Europa. El documento, basado en una quincena de publicaciones internacionales, revela con todo detalle el contenido tóxico del subsuelo marino y los riesgos reales que entrañaría intervenirlo.
Sin embargo, tanto el alcalde de la Unión, Joaquín Zapata, como el Gobierno regional de López Miras exigen el dragado. Afirman que «sellar no es regenerar» mientras que el Ministerio de Transición Ecológica apuesta por el sellado por recomendación del CEDEX.
Cóctel tóxico bajo el mar
Entre 1957 y 1990, la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya vertió al mar más de 56 millones de toneladas de relaves mineros cargados de metales pesados y metaloides: plomo, zinc, cadmio, arsénico, mercurio y hierro. El Lavadero Roberto era el origen de esos lodos. El fondo marino, ahora colmatado, contiene materiales altamente contaminantes dispuestos sobre una bahía que, pese a su aparente quietud, sigue liberando sustancias peligrosas.
Investigadores del Grupo de Geociencias Marinas de la Universidad de Barcelona, liderados por el doctor Miquel Canals, han documentado la dinámica interna de este sistema mediante proyectos europeos y nacionales como MIDAS, NUREIEV y NUREIEVA. la bahía de Portmán fue elegida como caso de estudio en el proyecto europeo MIDAS por sus similitudes con los entornos de minería submarina profunda: explotación a cielo abierto, residuos ricos en sulfuros polimetálicos, deposición sobre fondos marinos y comportamiento similar de los sedimentos.
Escucha aquí la entrevista a José Benedicto. «El problema es bestial y los vecinos han sido engañados a lo largo de los años» afirma. También reclama más pedagogía por parte del Ministerio de Transición Ecológica.
Las aguas que siguen envenenando
La contaminación no es cosa del pasado. El informe recoge pruebas contundentes de que la bahía sigue recibiendo aportes continuos de metales disueltos a través de dos mecanismos:
- SGD (descarga submarina de aguas subterráneas): agua de lluvia infiltrada atraviesa los antiguos relaves y arrastra metales como zinc, plomo, hierro, níquel y cadmio hasta el mar.
- PEX (intercambio de aguas intersticiales): el bombeo de las olas y la actividad biológica movilizan los metales almacenados en los sedimentos y los liberan a la columna de agua.
Un ejemplo extremo es la cala de El Gorguel, donde se han detectado flujos de zinc de hasta 180 mol/día y km, equivalentes a más de 11 kg diarios por kilómetro de costa. Estos niveles superan en hasta tres órdenes de magnitud a los medidos en otras zonas costeras del Mediterráneo, como Palma, y también a los de la bahía de Jamaica o la costa de Corea.
Aunque parte de estos metales es retenida por una barrera geoquímica natural conocida como “telón de hierro”, su eficacia es limitada, sobre todo con el zinc. En el estuario submarino, la coprecipitación de metales con óxidos de hierro ayuda a inmovilizar ciertos elementos, pero no impide su entrada al mar.
Riesgo biológico y ecológico
Contrario a lo que pudiera pensarse, el fondo de la bahía no es un «desierto biológico». La meiofauna, organismos microscópicos que viven en los sedimentos, persiste a pesar de las altas concentraciones de metales. No obstante, las amenazas son evidentes.
Experimentos realizados con mejillones anclados en distintos puntos de la bahía muestran los efectos tóxicos de las columnas de sedimentos resuspendidos. Estas columnas liberan una combinación de metales pesados (plata, cadmio, cromo, cobre, mercurio, plomo, zinc) y metaloides como el arsénico. Los biomarcadores analizados en los mejillones (como la peroxidación lipídica o el nivel de metalotioneína) confirman daños oxidativos y bioacumulación.
La investigación también advierte sobre un potencial proceso de eutrofización. La liberación excesiva de hierro, un nutriente limitante del fitoplancton, podría generar proliferaciones algales y posteriores episodios de anoxia, perjudicando a los organismos bentónicos.
El subsuelo como bomba latente
La composición del depósito de relaves submarinos revela concentraciones medias del 40% de hierro, 0,7% de zinc, 0,3% de plomo, 0,56% de arsénico, 0,07% de cadmio y trazas de mercurio. Las capas más contaminadas coinciden con las zonas donde se produce mayor intercambio de agua intersticial y donde las condiciones son anóxicas, lo que facilita la disolución de metales y su paso al entorno marino.
El informe detalla que las concentraciones de metales en el agua de poro son entre 10 y 100 veces superiores a las del agua de mar, alcanzando niveles de 103.900 nM de zinc o 7.700 nM de plomo. Incluso se detectó plata, metal que suele encontrarse en concentraciones extremadamente bajas en medios acuáticos.
Un dragado que podría ser letal
Una de las advertencias más contundentes del informe es clara: el dragado podría desatar una catástrofe ambiental. Al remover los relaves anóxicos del fondo marino y exponerlos al oxígeno, se activaría una reacción en cadena de liberación de metales pesados en forma iónica, con una toxicidad mucho mayor y mayor biodisponibilidad para la fauna marina.
El informe documenta con detalle cómo la acción mecánica de las dragas produce columnas de sedimento en suspensión, ricas en metales y con capacidad de dispersarse por grandes extensiones. La reactivación de las capas contaminadas puede provocar la movilización de arsénico y sulfuros que, al oxidarse, no solo contaminan el agua sino que generan condiciones de acidez que empeoran la solubilidad de metales. El tiempo de residencia de estas partículas en la columna de agua puede extenderse durante horas, incluso días, facilitando su propagación fuera del área intervenida.
También se advierte del riesgo de que parte del material dragado, especialmente las fracciones más finas, sea transportado hacia zonas más someras, lo que podría recontaminar áreas costeras restauradas o afectadas por surgencias o cambios en las corrientes. Esta redeposición imprevista aumenta el riesgo de contacto con la fauna bentónica y la bioacumulación de metales.
Por si fuera poco, el informe recuerda experiencias internacionales donde el uso de dragas ha desencadenado eventos irreversibles de contaminación marina. Entre las consecuencias observadas en otros contextos están la pérdida de biodiversidad, el colapso de comunidades bentónicas y la alteración de hábitats críticos.
En la mina Misima (Papúa Nueva Guinea) se observó la dispersión de relaves mucho más lejos de lo previsto. En Island Copper Mine (Canadá), las corrientes inesperadas llevaron a la redeposición de relaves en zonas someras, provocando oxidación de sulfuros en zonas fóticas. En Ensenada Chapaco (Chile) y Black Angel Mine (Groenlandia) se constató la liberación de metales por disolución de minerales en condiciones reductoras. También se citan niveles de plomo comparables a los de Portmán en el puerto industrial de Algeciras (España) y Iyidere (Turquía).
Estas experiencias sirven de advertencia: el uso de dragas puede tener consecuencias irreversibles. El documento insiste en que las técnicas de restauración deben evitar el movimiento de sedimentos y optar por la remediación in situ, estabilizando químicamente los relaves para que no liberen contaminantes.
Esta situación podría afectar gravemente a las cadenas tróficas, alterar la composición del fitoplancton y llegar incluso a los peces de la acuicultura instalada cerca de la costa. El documento insiste en que las técnicas de restauración deben evitar el movimiento de sedimentos y optar por la remediación in situ, estabilizando químicamente los relaves para que no liberen contaminantes.
El informe de José Benedicto no es un simple repaso bibliográfico. Es una alerta con base científica que exige atención política y social. El subsuelo de Portmán no es tierra firme: es un campo minado de metales pesados a punto de activarse. Ignorar este diagnóstico podría suponer repetir, en el siglo XXI, uno de los errores ambientales más graves del siglo XX.