“Si se recorta el trasvase, la Región de Murcia desaparecerá tal y como la conocemos”, ha advertido el presidente Fernando López Miras. La frase, tan rotunda como inquietante, no es solo un grito político: es la confesión de un fracaso. Porque si un territorio entero puede venirse abajo por una decisión sobre el agua, entonces no hablamos de un conflicto hidráulico, sino de una irresponsabilidad histórica.
La Región de Murcia lleva 30 años gobernada por el Partido Popular, tres décadas en las que el modelo productivo apenas ha variado: una economía fuertemente centrada en la agricultura intensiva, las exportaciones hortofrutícolas y una estructura empresarial que, en muchos casos, depende de los caudales llegados desde el Tajo. Esta especialización no es un error en sí misma -la agricultura ha dado empleo, riqueza y proyección internacional—, pero se ha convertido en una trampa de la que no se ha querido salir.
Mientras el cambio climático avanza, los caudales disponibles disminuyen y las decisiones técnicas y jurídicas sobre el trasvase se endurecen, la Región de Murcia sigue sin un plan de futuro que no pase por seguir extrayendo agua de donde ya no la hay. Esa es la paradoja: una región con talento, universidades, potencial industrial, sol, costa, turismo, innovación agraria… que se comporta como un monocultivo económico, aferrado a una única fuente de vida. Como si el tiempo se hubiese congelado en los años ochenta.
López Miras denuncia que un recorte del 50% en el volumen trasvasado supondría la pérdida de millones de euros y miles de empleos. Y seguramente tenga razón. Pero lo que no dice es que ese riesgo no es nuevo, y lleva años encima de la mesa. Los informes sobre el estrés hídrico del Sureste, los avisos del Ministerio, las advertencias de los tribunales y las sentencias del Supremo sobre caudales ecológicos eran bien conocidos. Sin embargo, durante años, la estrategia del Gobierno regional ha sido una huida hacia adelante: más regadíos, más exportación, más consumo. ¿Y diversificar? ¿Y prepararse para un futuro sin trasvase? Poco, muy poco.
Ahora se clama por el apocalipsis. Pero si el futuro de la Región depende en exclusiva del agua del Tajo, entonces no es el trasvase el que pone en peligro a Murcia, sino la ausencia de política económica responsable. Porque un territorio que se juega su viabilidad a una sola carta no tiene un problema de agua: tiene un problema de modelo.
Y mientras tanto, el presidente dibuja una imagen idílica: “Gracias al agua del trasvase, hoy la Región de Murcia es una región moderna, próspera, con oportunidades. La mejor tierra del mundo”. La frase es sonora, pero radicalmente falsa si se contrasta con los datos reales que definen la calidad de vida de sus habitantes: la Región de Murcia lidera la pobreza severa en España.
La Región de Murcia tiene una de las tasas de pobreza más altas de España, siendo la región con mayor pobreza infantil. Más de 122.000 menores viven en hogares con insuficientes recursos. Además, el 21% de los trabajadores murcianos son considerados pobres. Somos la región con más trabajadores pobres de España. El sueldo no les llega para llegar a fin de mes. La Región de Murcia está a la cola en servicios sociales, a la cabeza en abandono escolar. La economía sumergida representa en torno al 25% del PIB regional, una de las más elevadas del país. La desigualdad social aumenta, y los ingresos medios por hogar están por debajo de la media española, con amplias zonas urbanas y rurales afectadas por precariedad estructural.
¿De verdad esta es la “mejor tierra del mundo”? ¿Moderna y próspera? Solo para unos pocos. Posiblemente, para los terratenientes dueños de la fincas agrícolas que riegan con agua del trasvase. Para muchos otros, la Región de Murcia es una tierra de desigualdad, pobreza crónica y escasas oportunidades reales.
El agua del trasvase ha permitido alimentar un motor económico, sí. Pero no ha servido para construir una región más justa ni más equilibrada. Ha generado riqueza, pero no ha repartido bienestar. Y eso, más que motivo de orgullo, debería ser motivo de profunda autocrítica política.
Es legítimo -y hasta necesario- defender el trasvase. Pero no es serio haberlo convertido durante 30 años en la única estrategia de desarrollo. ¿Dónde está la apuesta por la economía del conocimiento? ¿Por la industrialización verde? ¿Por la eficiencia energética? ¿Por el turismo sostenible? ¿Por la economía azul? ¿Por atraer talento joven, crear polos tecnológicos o invertir en I+D? No basta con inaugurar centros de emprendimiento si no hay estructuras reales que favorezcan la innovación y reduzcan la dependencia de un recurso cada vez más incierto.
El Gobierno regional ha preferido mirar a Madrid y agitar la bandera del agravio en cada conflicto hídrico. Y sí, en ocasiones el Gobierno central puede haber gestionado mal, tarde o políticamente las decisiones sobre el agua. Pero eso no exime a quien ha gobernado aquí durante tres décadas de su responsabilidad directa: no haber anticipado lo inevitable.
La Región de Murcia no puede vivir sin agua. Pero tampoco puede vivir sin visión estratégica, sin diversificación, sin futuro. No puede vivir sin poner orden sabiendo que con agua del trasvase se riegan miles de hectáreas sin concesión, sabiendo que se mercadea con el agua, que hay una contabilidad B del agua. El drama no es solo el trasvase: es no haber hecho nada más mientras aún había tiempo. La frase de López Miras debería ir seguida de una autocrítica pública. Porque si de verdad está en juego la Región de Murcia tal y como la conocemos, los responsables no están solo en la Confederación Hidrográfica o el MITECO. Están en San Esteban.