¿Vivimos bien o solo sobrevivimos con cierta dignidad? ¿Somos felices o vamos tirando entre horarios imposibles, alquileres inasumibles y vecinos que no saludan? Desde 2020, un grupo de investigadores de la Universidad de Castilla-La Mancha se ha propuesto contestar esa pregunta con cifras y no con intuiciones. El resultado es el informe “Así es nuestra calidad de vida y felicidad social en España, 2020-2024”, una radiografía honesta —a ratos incómoda— de cómo nos sentimos en este país.
El Observatorio de Intangibles y Calidad de Vida (OICV) lleva cinco años analizando los factores que afectan a nuestra percepción del bienestar. Y no hablamos solo de si tenemos trabajo o cuánto ganamos. Aquí se exploran también aspectos como el entorno familiar, la integración social, la seguridad, el medio ambiente, la soledad, el teletrabajo, la formación digital o la calidad del vecindario.
Más de 3.100 personas mayores de 18 años han participado de forma anónima en las encuestas de 2024, completando una muestra representativa a nivel nacional. Las preguntas se puntuaban del 1 al 10 y tocaban todos los palos: desde el grado de satisfacción vital hasta el precio de la vivienda.

De entrada, el informe deja un titular optimista: la mayoría de los españoles se declara satisfecha con su vida. Pero como todo en este país, la felicidad también está estratificada. La clave no es si estás feliz, sino de qué vives, con quién vives y dónde vives.
Las personas casadas o que conviven en pareja puntúan más alto que quienes están solteras o viudas. El entorno familiar, de hecho, sigue siendo el motor emocional más fuerte. La felicidad tiene apellido: estabilidad.
También la edad influye. Los mayores de 60 años son los que mejor valoran su calidad de vida, mientras que los jóvenes entre 20 y 29 años presentan los niveles más bajos de satisfacción. ¿Motivos? Una mezcla de precariedad, incertidumbre y vivienda imposible.
Campo vs ciudad: el eterno duelo
Uno de los hallazgos más persistentes del estudio es que la gente que vive en pueblos pequeños declara ser más feliz que quienes residen en ciudades. Los motivos son claros: mayor seguridad, confianza vecinal, entorno natural y menor ruido mental. Pero no todo es idílico en la España vaciada: la accesibilidad a servicios básicos como transporte, educación o sanidad sigue siendo un hándicap.
Aun así, las grandes urbes no ganan en esta partida. Ni siquiera el teletrabajo parece equilibrar la balanza: la pandemia dejó cicatrices, pero no suficientes cambios estructurales.
El informe no deja lugar a dudas: el dinero no da la felicidad, pero ayuda bastante. A mayor renta, mayor bienestar. A partir de los 42.000 euros anuales, la satisfacción vital se dispara. Por debajo del umbral de los 12.500 euros (el entorno del salario mínimo), la percepción de calidad de vida se hunde.
En cuanto al empleo, los sectores mejor valorados en términos de felicidad son la educación y el sector primario. Turismo y comercio están en la parte baja del ranking, junto con quienes están en paro. El ambiente laboral, eso sí, se valora positivamente: la mayoría considera que el clima en su trabajo influye directamente en su bienestar emocional.
Vivienda, el suspenso colectivo
La gran piedra en el zapato sigue siendo el precio de la vivienda. La mayoría considera que paga demasiado por lo que recibe, y la media nacional de satisfacción apenas supera el aprobado. En las grandes ciudades, directamente suspende. Las políticas de acceso a la vivienda no han sido capaces de aliviar esta carga. Y la gente lo nota, lo sufre y lo responde.
Sanidad y educación mantienen una valoración positiva, pero bajan ligeramente en comparación con años anteriores, especialmente en zonas rurales y entre los más jóvenes. El acceso al transporte público y a zonas comerciales es otro punto de fricción, sobre todo fuera de las grandes capitales.
Soledad, brecha digital y discriminación
Entre los fenómenos emergentes que el informe pone sobre la mesa destacan tres: la soledad no deseada, que afecta a jóvenes y mayores por igual; la brecha digital, especialmente visible en personas mayores o sin formación tecnológica; y la discriminación laboral, que golpea con más fuerza a mujeres jóvenes, desempleadas y residentes en zonas rurales.
El OICV ha elaborado un modelo sintético de felicidad social, una especie de índice nacional que agrupa todos los factores en una única cifra. La conclusión: España aprueba, pero no brilla. Hay margen de mejora, especialmente en vivienda, desigualdad de género, y acceso a servicios en zonas rurales.
Luces y sombras en la Región de Murcia
La Región de Murcia presenta un retrato complejo en el informe del Observatorio de Intangibles y Calidad de Vida. En términos generales, los murcianos se declaran satisfechos con su vida: su nota media de felicidad global (7,82) está por encima del promedio nacional. También destacan en satisfacción familiar (8,06) y en valoración del ambiente laboral (7,06), lo que sugiere una sociedad que mantiene fuertes vínculos emocionales y comunitarios. La sensación de seguridad en el entorno residencial es alta, con un 7,36 de media, y el ambiente en el trabajo también recibe una de las puntuaciones más elevadas del país, lo que contribuye de forma clara a su bienestar diario.
Pero hay dos problemas importantes: la exclusión digital y la soledad no deseada. La Región de Murcia destaca negativamente como una de las comunidades donde el edadismo digital es más señalado por la población (valor 2,50 frente al 3,34 nacional), lo que indica una brecha tecnológica que afecta especialmente a mayores y colectivos vulnerables. A ello se suma un nivel elevado de soledad no deseada entre jóvenes, con una puntuación de 7,95, una de las más altas del país.
En cuanto a servicios públicos, la región presenta una valoración inferior a la media en sanidad (5,26) y transporte público (5,32) entre los menores de 40 años, lo que refleja un malestar creciente en esa franja de edad.
El acceso a la educación, la cultura y el deporte muestra una fuerte desigualdad entre quienes viven en entornos urbanos y quienes lo hacen en zonas rurales, donde la oferta es escasa o directamente inexistente. A pesar de ello, los murcianos siguen valorando positivamente su día a día, anclados en una cultura de cercanía, familia y estabilidad emocional.
Por otro lado, el indicador compuesto de felicidad para personas de entre 40 y 59 años en la Región de Murcia muestra un cierto desajuste: aunque la satisfacción con la vida y la familia es alta (8,00 y 8,33 respectivamente), el entorno económico (5,67) y la seguridad (6,00) lastran el índice global, que se sitúa en 6,858, por debajo de la media nacional (7,522)
Entre los mayores de 60 años, la Región de Murcia vuelve a recuperar terreno con una puntuación de felicidad multidimensional de 7,626, ligeramente superior a la media nacional para ese grupo etario (7,635), gracias a buenos datos en vida familiar y percepción de la salud
En resumen, la Región de Murcia muestra un bienestar vital razonable, sustentado en lo familiar y lo emocional, pero con carencias notables en digitalización, servicios públicos básicos y cohesión social entre los jóvenes. Un territorio que resiste, pero al que le urge cerrar brechas.