Hay verdades que duelen. Esta es una de ellas: la Región de Murcia es hoy una de las comunidades con peores indicadores sociales de toda España. No lo dice un adversario político. Lo dice un sociólogo con décadas de experiencia, Manuel Hernández Pedreño, director del Observatorio de la Exclusión Social de la Universidad de Murcia, con datos oficiales en la mano. Y lo más grave: no estamos mal por un accidente, ni por una crisis puntual. Estamos mal desde hace años. Y vamos a peor.
Más de 500.000 murcianos -uno de cada tres- viven en situación de exclusión social. Son personas con dificultades estructurales para cubrir sus necesidades básicas: vivienda, empleo, educación, salud, participación. Y cada año se suman miles más. Solo en el último año, la cifra aumentó en 32.000 personas. Y, aun así, desde las instituciones se repite sin pestañear que «la Región de Murcia funciona». ¿Qué parte exactamente?
El dato más demoledor es el de la pobreza infantil: un 40,7 % de los menores murcianos vive en hogares pobres. Son 122.581 niños y niñas. Más de cien mil infancias sin recursos, sin oportunidades, sin equidad. Esos niños no necesitan eslóganes, necesitan políticas. Pero lo que reciben es silencio. O peor: normalidad.
Y esa es quizás la peor consecuencia de todo esto. Nos hemos acostumbrado. Nos hemos adaptado.
Hace ya tiempo que la pobreza dejó de escandalizar en esta tierra. Nos la cruzamos en las colas del supermercado, en las aulas públicas, en los barrios obreros, y la aceptamos como parte del paisaje. Hemos aprendido a convivir con ella como quien aprende a convivir con el calor del verano: molesta, pero inevitable.
Lo verdaderamente inquietante es que no va a estallar nada. Nadie tomará las calles por esto. No habrá protestas masivas. No hay indignación colectiva. ¿Por qué? Porque la pobreza ha echado raíces tan profundas que ya ni se nota. Ya ni se llama pobreza. Se llama “ir tirando”. “Sobrevivir”. “Hacer lo que se puede”.
Y en ese terreno, la resignación es fértil. No se exige lo que no se cree posible. Y así, año tras año, informe tras informe, seguimos encabezando los peores datos en abandono escolar, precariedad laboral, inversión por alumno y gasto en protección social.
La región destina apenas 6.190 euros por alumno al año, mientras otras comunidades como el País Vasco superan los 11.000. En protección social, Murcia apenas llega a los 300 euros por habitante, muy por debajo de la media nacional, que es de 360. Y, por si fuera poco, muchas familias siguen atrapadas entre la renta básica regional y el Ingreso Mínimo Vital, sin poder acceder ni a una ni a otra. Un limbo burocrático que se traduce en miseria real.
¿Cómo se explica que incluso quienes tienen trabajo no salgan de la pobreza? Porque un 21 % de los ocupados en la Región sigue siendo pobre. Es decir, trabajan, pero no les da. No les alcanza. Y aun así, seguimos repitiendo discursos que glorifican el esfuerzo individual, como si el problema fuera la falta de voluntad y no la precariedad estructural.
Las familias con dos adultos y dos menores tienen un 40,6 % de exclusión. En los hogares monoparentales, la cifra se dispara al 65 %. ¿Y aún tenemos que escuchar que todo va bien? Es gravísimo. Y se ha convertido en invisible.
La pobreza en la Región de Murcia ya no vive en los márgenes. Vive en el corazón de la sociedad. Y lo más peligroso es que la hemos dejado de ver. La hemos naturalizado. No nos escandaliza porque se ha convertido en la norma para demasiada gente. Se ha instalado en las cocinas, en las habitaciones compartidas, en los barrios sin servicios, en los autobuses con rutas eternas. Se ha colado en las conversaciones familiares y ha echado raíces en el lenguaje: “yo tengo suerte de tener lo poco que tengo”, “mientras haya salud…”, “otros están peor”.
Y mientras todo esto ocurre, ¿qué hace el gobierno regional presidido por Fernando López Miras? Lo de siempre: pan y circo. Misas, procesiones, barracas, cuadrigas en Lorca. Fiestas, fotos y fuegos artificiales. Mucho Twitter e Instagram y poca gestión. No gobierna, celebra. Y se premia a sí mismo por hacerlo. Porque en el relato oficial, aquí todo va bien. Aquí todo marcha. Pero no. Aquí no marcha casi nada.
Lo más llamativo, como señala Hernández Pedreño, es el conformismo con el que tantas familias murcianas aceptan esta situación. Son pobres, pero no lo perciben como tal. Solo uno de cada cuatro murcianos considera que tiene problemas económicos, cuando la tasa real de pobreza y exclusión es mucho más alta. «Aceptar que eres clase baja te estanca más. Te acostumbras. Supongo que es supervivencia, pero es muy triste», concluye el sociólogo.
La Región de Murcia no estalla porque se ha resignado.
Y esa resignación no es casual. Se cultiva. Se alimenta con discursos oficiales triunfalistas, con silencio, con falta de alternativas. Con el cansancio de quien ya no espera nada.
La Región de Murcia no funciona. Y lo sabes. Y si no lo sabías, mira a tu alrededor. Y si lo sabías, pero lo has aceptado como algo inevitable, entonces algo muy profundo hemos perdido como sociedad.
Porque no hay tierra que prospere con medio millón de personas excluidas. No hay futuro que se construya sobre 122.000 niños pobres. Y no hay progreso real si sigue habiendo trabajadores que no pueden alimentar a sus familias dignamente. No hay futuro si nuestros jóvenes -casi 25.000- abandonan los estudios.
Esto no va de ideologías. Va de dignidad. De no conformarse. De no acostumbrarse a que esto sea lo normal.