Para entender el nacimiento de la Segunda República el 14 de abril de 1931 (hoy hace 94 años) hay que mirar de frente al reinado de Alfonso XIII (1902–1931), un periodo cargado de crisis, corrupción, autoritarismo… y un rey que, lejos de ser árbitro neutral, jugó fuerte y mal sus cartas políticas.
Alfonso XIII nació rey y asumió el poder efectivo a los 16 años. En teoría, heredó una monarquía constitucional basada en el turno pacífico de partidos (liberales y conservadores se alternaban en el poder de forma pactada). Pero en la práctica, todo era una farsa electoral sostenida por el caciquismo y la manipulación de resultados. Resultado: desafección creciente de las clases populares, de los republicanos, socialistas y de los nacionalismos periféricos (especialmente catalán y vasco).
España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898. Luego vino el enredo colonial en Marruecos, que culminó en el Desastre de Annual (1921) en el norte de Marruecos: más de 10.000 soldados muertos por errores garrafales del mando militar. Alfonso XIII apoyó a los militares responsables, lo que lo hundió aún más en la impopularidad.
El «expediente Picasso» reveló las negligencias del alto mando… pero el rey maniobró para bloquear cualquier investigación seria. ¿Conclusión? Muchos españoles comenzaron a ver al rey como corresponsable directo del desastre.
En 1923, el general Miguel Primo de Rivera dio un golpe de Estado con el visto bueno de Alfonso XIII. Así, el rey liquidó de facto el sistema parlamentario y apoyó una dictadura militar.
Al principio la dictadura gozó de cierto respaldo: obras públicas, orden público, discurso nacionalista. Pero pronto se hizo evidente que era ineficaz, autoritaria y corrupta. En 1930, Primo de Rivera dimitió y dejó al rey solo y sin apoyo. Alfonso XIII, en lugar de democratizar el régimen tras la dictadura, intentó volver al sistema antiguo, como si nada hubiese pasado. Un error de cálculo monumental.
Tras el crack de 1929, España también se vio afectada: aumento del paro, huelgas, empobrecimiento de las clases trabajadoras, especialmente en el campo. A esto se sumaba la frustración de intelectuales, estudiantes y sectores urbanos ante la falta de libertades políticas.
El ambiente estaba cargado: los republicanos, los socialistas, los nacionalistas catalanes y hasta sectores moderados monárquicos empezaron a coincidir en algo: Alfonso XIII era un obstáculo.
El 12 de abril de 1931 se celebraron elecciones municipales, no fueron elecciones generales, pero se convirtieron en un referéndum encubierto sobre la monarquía. En las grandes ciudades, arrasaron las candidaturas republicanas. En 41 de las 50 capitales de provincia ganó la oposición. El 14 de abril de 1931, el rey abandonó España sin abdicar.
Se proclama la Segunda República
El 14 de abril de 1931, una muchedumbre se congrega en la Puerta del Sol. Hay lágrimas en los ojos, puños en alto, abrazos entre desconocidos. La monarquía ha caído. Ha nacido la Segunda República. Y con ella, un sueño: el de construir una España nueva, moderna, justa.
El país despertaba de una pesadilla de caciques, analfabetismo, miseria rural y privilegios eternos. La prioridad fue clara desde el principio: educación. Más de la mitad de la población no sabía leer ni escribir. Las escuelas eran pocas, pobres y confesionales. Así que el nuevo régimen lanzó su gran cruzada: abrir 27 escuelas cada semana, contratar miles de maestros y llenar los pueblos de pizarras, mapas y libros. La escuela republicana sería laica, pública, gratuita, obligatoria y mixta. Una escuela para formar ciudadanos, no súbditos. Una escuela que enseñara a pensar, no a rezar.
En el campo, la injusticia era brutal: unos pocos terratenientes lo poseían todo y millones de jornaleros vivían en la miseria. La República no prometió milagros, pero sí reformas: expropiar latifundios mal cultivados y repartir tierras a quienes las hicieran producir. Fue la gran apuesta social: la Reforma Agraria. No se trataba solo de dar tierras, sino de dar dignidad.
Por primera vez, España tuvo un Estado aconfesional. La Iglesia dejaba de dictar leyes y nombrar ministros. Se acabó el presupuesto al clero, se aprobó el divorcio, se limitó la enseñanza religiosa y se disolvieron órdenes como la Compañía de Jesús. La fe seguía siendo libre. Pero la política ya no llevaría crucifijo.
La República también proclamó la igualdad ante la ley, sin distinción de sexo, religión o clase. Se reconocieron derechos laborales: jornada de ocho horas, salario mínimo, seguro de maternidad y enfermedad, derecho a huelga, a sindicarse, a organizarse.
Y lo que parecía impensable: las mujeres votaron por primera vez. Contra viento y marea, contra la opinión de muchos hombres y de algunas mujeres. Clara Campoamor se alzó en el Parlamento para defender el sufragio femenino y venció. La democracia, por fin, era de todos.
Hasta entonces, el Ejército había sido un poder independiente, acostumbrado a mandar incluso por encima del Parlamento. La República quiso profesionalizarlo, modernizarlo, reducirlo. Ofreció retiros con sueldo y recortó privilegios. Pero los generales, lejos de aceptar, rumiaron el agravio. Algunos pasaron al retiro y otros, al complot.
Los libros llegaron a las aldeas con las Misiones Pedagógicas. El teatro salió a las plazas. Se impulsaron bibliotecas rurales, se reformó la universidad, se apostó por la investigación. La cultura dejó de ser privilegio de élites. Se convirtió en herramienta de transformación.
Lo cierto es que la República no gustó a todos. Ni mucho menos. La Iglesia la combatió desde los púlpitos. Los grandes propietarios desde sus despachos. Y los militares desde las sombras. La Iglesia la combatió desde los púlpitos. Los grandes propietarios desde sus despachos. Y los militares desde las sombras.
¿Qué ocurrió entre medias? ¿Por qué un proyecto tan ambicioso terminó devorado por sus propias contradicciones? El artículo académico de Beneharo Guijarro Hernández nos ofrece una radiografía precisa -y sin paños calientes- de esta etapa clave en la historia de España.
Un país con tres almas
Lejos de la simplificación habitual de «dos Españas», Guijarro reivindica la existencia de tres fuerzas en pugna: el reformismo democrático (republicano y socialista), el autoritarismo tradicionalista (Iglesia, monarquía y militares), y la revolución obrera (anarquistas y comunistas). Tres modelos de país, tres proyectos incompatibles.
Desde el primer día, la Segunda República no fue un régimen tranquilo. Fue un campo de batalla político. Las reformas (educativas, agrarias, militares, laborales) se toparon con resistencias furibundas. La Iglesia, antaño todopoderosa, veía mermar su influencia. Los militares no toleraban que les recortaran privilegios. Y los sectores obreros más radicales querían ir mucho más lejos: soñaban con una revolución.
Una Constitución adelantada a su tiempo
La Carta Magna de 1931 fue una auténtica revolución legal: sufragio femenino, laicismo, derecho al divorcio, autonomía regional, protección laboral... Fue saludada con entusiasmo, pero también con temor por una parte de la sociedad que veía cómo el suelo se movía bajo sus pies.
Los sectores más conservadores comenzaron a organizarse. Y con ellos, la CEDA, un partido católico que, según el artículo, empezó a deslizarse hacia posiciones cada vez más autoritarias, influido por los vientos del fascismo europeo.
Asturias 1934: el preludio del desastre
Uno de los episodios más sangrientos del periodo fue la insurrección de octubre de 1934 en Asturias. La represión fue brutal: más de 1.300 muertos y más de 30.000 detenidos. La insurrección revolucionaria liderada por socialistas, anarquistas y comunistas, estalló en varios puntos de España entre el 5 y el 19 de octubre de 1934, como reacción a la entrada de ministros de la CEDA (derecha católica) en el gobierno de la República. La izquierda lo interpretó como un paso hacia el fascismo y respondió con huelgas generales y levantamientos armados, especialmente en Asturias y Cataluña.
Asturias:fue el epicentro y donde la insurrección alcanzó nivel de guerra civil. La Alianza Obrera (UGT + CNT) tomó cuarteles, fábricas y pueblos. Se proclamó una república socialista en algunas zonas. En Cataluña el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, proclamó el “Estado Catalán dentro de la República Federal Española”. El Ejército lo sofocó en pocas horas. En Madrid, País Vasco, Castilla, Valencia y Andalucía hubo huelgas y sabotajes, pero no cuajaron como en Asturias. Durante esos días, se destruyeron iglesias, archivos y cuarteles. Se ejecutó a religiosos, civiles y guardias.
Según Guijarro, el uso del Ejército de África-bajo el mando de Franco- fue clave para sofocar el levantamiento. A partir de ahí, la polarización se disparó.
La izquierda radicalizó su discurso, la derecha endureció sus posiciones y la democracia parlamentaria empezó a tambalearse peligrosamente. La política se convirtió en un campo minado. En las calles, el ambiente era de guerra civil larvada.
El Frente Popular y la última esperanza
En 1936, el Frente Popular ganó las elecciones. Se reanudaron las reformas sociales y se restableció la autonomía catalana. Pero era demasiado tarde. El miedo, el odio y la desconfianza campaban a sus anchas. El asesinato del diputado Calvo Sotelo en julio de ese mismo año fue la chispa final. Días después, el 18 de julio, los generales sublevados dieron un golpe de Estado. Y comenzó la Guerra Civil.
¿Fue inevitable la guerra?
Guijarro responde con contundencia: no. La guerra no era un destino escrito en piedra. Fue el resultado de una cadena de errores políticos, odios de clase, resistencias reaccionarias y una incapacidad colectiva para pactar en medio de la tormenta. Una lección amarga, sí, pero imprescindible para entender quiénes fuimos… y quiénes no deberíamos volver a ser.
Homenaje en Espinardo a los republicanos represaliados por el franquismo
Este domingo 13 de abril de 2025, el Cementerio de Nuestro Padre Jesús en Espinardo (Murcia) fue escenario de un emotivo homenaje a los republicanos represaliados por el franquismo, en conmemoración del 94.º aniversario de la proclamación de la Segunda República Española.
El acto, organizado por la Asociación de Memoria Histórica de Murcia (MHMU-Tenemos Memoria), congregó a familiares de víctimas, representantes de asociaciones memorialistas, partidos políticos de izquierda y ciudadanos comprometidos con la memoria democrática.
Durante la ceremonia, se realizaron ofrendas florales en el Pabellón de los Caídos por la Libertad, donde reposan los restos de cientos de personas fusiladas por el régimen franquista. Se leyeron poemas y se compartieron testimonios que recordaron la lucha y el sufrimiento de quienes defendieron la legalidad republicana y fueron perseguidos por ello.
Además, se rindió tributo a las Brigadas Internacionales, destacando su papel en la defensa de la República. El evento concluyó con una comida de confraternización entre los asistentes, reafirmando el compromiso con la memoria histórica y la justicia para las víctimas del franquismo.
Este homenaje anual en Espinardo es una tradición consolidada que busca mantener viva la memoria de quienes lucharon por la libertad y la democracia en España.