“A los 15 ya sabía que no iba a seguir. Me lo decía todo el mundo: ‘Tú no vales para estudiar’… y me lo creí”.
Ella tiene 22 años. Vive en Murcia. Dejó la ESO en tercero. Nadie la expulsó. Se fue sola. Pero no porque no quisiera aprender, sino porque sentía que aquel lugar no era para ella. Le sonaban lejanos los libros, le pesaban las miradas, y en casa apenas había palabras de ánimo. Había que sobrevivir. Y sobrevivir no estaba en el aula.
Su testimonio es uno de los 24 recogidos en el estudio “Análisis de las causas endógenas y exógenas del abandono escolar temprano: una investigación cualitativa”, elaborado por Eduardo Romero Sánchez y Manuel Hernández Pedreño, investigadores del Observatorio de la Exclusión Social de la Universidad de Murcia, y publicado en la revista Educación XX1 (2019). El estudio no solo analiza estadísticas. Da voz a quienes abandonaron.
Escucha aquí la entrevista:
La Región de Murcia ostenta la peor nota en abandono escolar temprano. El 19,2 % de los jóvenes de entre 18 y 24 años ni ha completado estudios más allá del Bachillerato ni está cursando ninguna formación. “Estamos hablando de casi 25.000 jóvenes sin cualificación mínima para acceder a un trabajo digno” alerta Manuel Hernánez, sociólogo de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Murcia y director del Observatorio de Exclusión Social.
Y lo más grave: “De 2023 a 2024, esa cifra ha aumentado en 4.000 jóvenes. Vamos hacia atrás” advierte Hernández. Sin embargo, regiones como Navarra y País Vasco la tasa de abandono escolar es del 6%.
La causa, en parte, está en la inversión pública. “la Región de Murcia es de las que menos gasta en educación por alumno. Nosotros destinamos unos 6.190 euros. País Vasco, 11.000. Y luego nos sorprendemos de que estemos a la cola en los informes PISA».
“¿Para qué iba a estudiar, si en mi casa vivíamos de la pensión de mi abuela y nadie había acabado el instituto?”, dice H7, 27 años. “Mis padres se alegraron cuando lo dejé. Estaba ganando mil euros al mes trabajando en negro. Era dinero. Era real”, cuenta H17, con apenas 17 años cuando se fue del instituto.
Muchos jóvenes, como ellos, crecieron sin referencias académicas en casa. Y no por falta de interés, sino por pura supervivencia. En hogares donde había que ayudar, cuidar o salir a buscar algo de ingreso. Donde estudiar era un lujo de otros.
Otros, en cambio, sí quisieron. Pero no pudieron. “Tuve depresión. Pensaba que no valía para nada. Iba al instituto y me daban ataques de ansiedad”, cuenta H8, una chica de origen inglés. “Me diagnosticaron TDAH, pero nunca me ayudaron. Me sentí fuera desde el primer día”, dice H11.
El peso del grupo
No siempre es la familia. A veces es el grupo. Los amigos. La pareja. Los iguales. “Mi novio me convencía: ‘No vayas. Vente conmigo’. Y yo me iba. Falté dos meses seguidos”, recuerda H19.
El estudio destaca un factor poco explorado en investigaciones previas: el grupo de iguales puede convertirse en una causa directa del abandono. Cuando la referencia no está en el aula, sino fuera. En la calle. En la esquina. En el chico mayor que dice que estudiar no sirve de nada.
Y en parte, no les falta razón. “Acabé la carrera. ¿Y qué? Terminé trabajando en el Burger King. Después de tres años aún no he encontrado nada de lo mío”, dice P8, 27 años.
Cuando el aula no te abraza
“Una profesora me dijo: ‘Tú no vas a llegar a nada en la vida’. Y yo lo creí”, dice H1, 34 años. Hay centros que salvan. Profes que levantan. Pero también hay escuelas que expulsan sin decirlo, con miradas, con silencio, con falta de expectativas. Y un sistema rígido, uniforme, diseñado para una clase media ideal que no existe. “Intentamos que todos vayan por el carril rápido. No hay carril lento”, admite un técnico autonómico de educación.
El estudio lo deja claro: no es solo que el alumno se vaya. Es que el sistema no supo cómo retenerlo.
Lo que sí funciona
Pero no todo es derrota. Algunos han vuelto. A su manera. A su ritmo. En escuelas de adultos, en módulos, en trabajos que les dan ganas de seguir aprendiendo.
“Estoy embarazada, pero quiero seguir con mis estudios. Sé que puedo”, dice H24, 28 años.
“Vengo de una familia desestructurada. Pero estoy estudiando y trabajando. Es duro, pero tengo claro que no quiero repetir la historia”, afirma P3.
Hay esperanza. Pero hay que poner las condiciones. Porque volver no puede depender solo de la fuerza de voluntad. Tiene que haber una puerta abierta. Y alguien esperándote al otro lado.
Cuando se escucha a quienes dejaron los estudios, una idea se repite: no fue una elección. Fue una consecuencia. De no ser escuchados, de no ser acompañados, de no tener un lugar al que pertenecer. “Donde naces es lo que te toca. Tienes que asumirlo”, dice una trabajadora social.
Pero si seguimos aceptando eso como verdad, entonces no hablemos de abandono escolar. Hablemos de abandono institucional en una región con datos sangrantes de pobreza y exclusión social.
Conformismo ante la pobreza y la exclusión
Un tercio de la población murciana, unas 500.000 personas, está en situación se exclusión social y hay 122.000 niños en familias pobres cuyos ingresos son inferiores a 965 euros al mes. La pobreza y la exclusión social en la Región de Murcia son estructurales desde hace muchos años.
Y lo más llamativo es el conformismo con el que las familias murcianas en situación de pobreza y exclusión aceptan su situación. Son pobres, pero perciben que no lo son según el profesor Manuel Hernández. Solo un cuarto de la población murciana considera que tiene problemas económicos, cuando la tasa de pobreza y exclusión social es superior. «Aceptar que eres clase baja te estanca más. Te acostumbras. Supongo que es supervivencia, pero es muy triste» concluye.