La danza de la primavera

Del Mediterráneo mítico al nihilismo contemporáneo: cómo la pérdida de creatividad y dignidad humana amenaza con silenciar la danza de los pueblos

La reciente obra de Antonio Moreno, “El Viaje de las Bibliotecas” (Newcastle, 2025), recrea la geografía sentimental de su Alicante vital (Monóvar, Orihuela, Sax, Altea, Elche, Callosa, etc.). En cada paseo recala en la biblioteca local a la búsqueda de un remanso de paz lectora.

En su transcurrir paciente, ensoñador diría, la mirada de Antonio Moreno compone una particular creación literaria “en la que lo Mediterráneo actualizaba su pasado mítico en el presente perenne de un paisaje radiante y vivo” (p. 121) -por decirlo con las mismas palabras acuñadas para referirse a la poesía de Juan Gil Albert-.

Aún recuerdo, y han pasado muchos años, a Maria del Mar Bonet conversar sobre ese pasado mítico del Mediterráneo. Aún tengo el recuerdo vívido de esa entrevista radiofónica, pese a los muchos años pasados.
Maria del Mar Bonet evocó una cultura compartida mediterránea. Su larga y espléndida carrera musical ha rastreado ese vínculo entretejido a lo largo de la historia de los pueblos que han habitado el Mare Nostrum.

La escucha de “La Danza de la Primavera”, una canción de origen hebreo interpretada por María del Mar Bonet, irradia la misma luminosidad que se cuela por los ventanales de las bibliotecas visitadas por Antonio Moreno.

Contemplando, hace unas semanas, una de esas geografías mediterráneas, la del estrecho de Messina, me hacía rememorar los mitos y su memoria. Desde el Ferry que une Villa San Giovanni (Calabria) y Messina (Sicilia) se puede ver las agitadas aguas que comunican al mar Tirreno con el mar Jónico.

Cómo no apreciar, en la fuerza que agita aquellas aguas envueltas en formidables montañas, el que la mitología griega situara allí a extrañas criaturas marinas que llenaban de pavor a los hombres. A Escila y Caribdis, dos monstruos marinos temidos por los marineros. O a las mismas sirenas, ante cuyos cánticos se protegió Ulises para no dejarse arrastrar. Aun hoy, aquellos mitos nos recuerdan la incertidumbre y la contingencia de la vida humana.


Sin embargo, aquel pasado mítico ha pedido su capacidad de fusión cultural. Así, el presente del Mediterráneo se nos presenta radicalmente alejado del mundo común que fue. Los vínculos compartidos se han roto en la medida que los Estados trocearon el Mediterráneo con fronteras nacionales.

Las tensiones bélicas. El genocidio palestino en curso. La política comunitaria de cierre de fronteras. Una de las fracturas norte-sur más desigual del mundo. Los naufragios de las precarias embarcaciones de los inmigrantes, que ha ocasionado que el número de víctimas mortales en el Mediterráneo ascendiera a más de 2.400 en 2024 (se trata de alrededor de un cuarto de todas las muertes de migrantes registradas por el Proyecto Migrantes Desaparecidos de la Organización Internacional para las Migraciones). O la persecución por parte de los estados europeos de los barcos de rescate de las organizaciones solidarias que tratan de atender a los migrantes.


Es como si, el tiempo nihilista que vivimos anegara la posibilidad siquiera de evocar una danza de la primavera. Por todas partes, la realidad del Mediterráneo hoy le da la razón al historiador que más ha estudiado su pasado, Fernand Braudel, quien escribiera: “con la afirmación de los Estados nacionales, por todas partes se endurecen, se hacen más hondos los conflictos y los odios, y se desarrollan los fenómenos de rechazo”.

He leído estos días el reciente libro del catedrático de sociología de la Universidad de Alicante, Juan Antonio Roche, que lleva por título “La creatividad rota” (Tirant, 2025). Si la creatividad puede ser un antídoto al nihilismo contemporáneo es porque hace del origen y lo originario, una fuerza originante que renueva el presente y constituye un futuro indefinido y esperanzador.


Roche presenta a los “mitos de creación” como originantes de la sociedad contemporáneas. Uno de los relatos míticos a los que presta atención se originó en el mundo mediterráneo, esto es, el de la Antigua Grecia. Su concepción problemática de la naturaleza humana, como inestable y frágil, posibilitó una creación original que perdura hasta hoy: la dignidad humana.


Si en este tiempo nihilista se pone en cuestión, precisamente, la dignidad humana, es porque la creatividad como acción humana que fusiona pasado, presente y futuro, afirma Roche, se ha roto.


Con cada crisis, los humanos hemos mirado a las creaciones originarias para ofrecer salidas al presente y proyectarse en el futuro. Pensemos, por ejemplo, cómo tras la enorme tragedia de la Segunda Guerra Mundial, la noción de dignidad humana sirvió para fecundar creativamente nociones tales como el derecho al refugio y a la movilidad de las poblaciones migrantes.


Otra creación de ese momento histórico fue el reconocimiento de la dignidad humana de las víctimas de la violencia nazi. Es una historia que ha narrado el jurista Philippe Sands en una obra literaria inigualable y vibrante como es “Calle Este-Oeste” (Anagrama, 2017).


Sands narra las trayectorias vitales de dos juristas de origen judío, Hersch Lauterpacht y Raphael Lemkin, cuyas existencias convergen en los juicios de Nuremberg a la jerarquía nazi. Ambos procedentes de la misma ciudad polaca, Lviv (hoy Ucrania), invadida por la Wehrmacht, los cuales salvaron sus vidas porque emigraron a tiempo. Ambos aportaron a la humanidad dos creaciones intelectuales para fortalecer la arquitectura jurídica del derecho internacional con la elaboración de dos delitos novedosos: “crímenes contra la humanidad” para proteger al individuo frente a la violencia en guerras y matanzas y “genocidio” para proteger a grupos culturales.


Estas recreaciones históricas de casos jurídicos, basados en el derecho internacional, que viene haciendo Philippe Sands desde “Calle Este-Oeste” -ahora acaba de aparecer en castellano “Calle Londres 38” a propósito del arresto del dictador chileno Pinochet en Londres en 1998- alertan sobre lo que la humanidad retrocedería si dejamos que las conquistas civilizatorias de “crímenes contra la humanidad” y “genocidio” sean demolidas hoy en Ucrania o Gaza.


La dignidad humana tiene su mito originario en la Antigua Grecia. Su defensa es una larga historia de creaciones originales desarrolladas por las sociedades para apuntalarla constantemente. Sin duda, constituye un ejemplo de cómo la acción humana creativa posibilita que “el flujo de la vida se haga forma, que se expanda no hacia el camino de la muerte, sino más allá de ella” (Roche, p. 198).


Actualizamos los pasados míticos para disipar la voluntad de nada o vacío de este tiempo nihilista. Para que “la Danza de la Primavera” convoque a su alrededor a los pueblos del mundo.

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