Donde se da cuenta de cómo Don Lopejote descubrió su vocación de lameladillas

Marchaba (es un decir) don Lopejote una miaja lánguido. Su cofrade de popular contubernio en la región frontera a la suya, un cierto Canut Mandilón, tan inepto como el pijodalgo caganchano, había metido el pernil hasta el corvejón.

Como venía siendo secularmente natural en las tierras que mangoneaban, los cielos se abrieron inmisericordes. La incuria de los regidores había desatendido el viejo adagio de “el agua tiene sus escrituras”. Habían consentido que se edificara por doquier, sin ton ni son, invadiendo ramblas y otros cursos: sus amiguitos promotores y constructores exigían contraprestaciones a los sobres con los que los habían untado.

Cuando se desató, pues, el diluvio, a pesar de que advertencias y presagios habían llovido avisando de la catástrofe que se avecinaba, el Mandilón se fue de farra por ventas y ventorrillos. Tal melopea agarró que estuvo fuera de cobertura hasta bien entrada la tarde, cuando ya se contaban por centenas los ahogados.

Fiel al talante de su popular contubernio, camorrista y a la vez cagón, el mandilón echó por el camino de enmedio. En vez de hacer examen de conciencia, propósito de enmienda, pedir perdón y presentar su dimisión, culpó a todo quisque, comenzando por el para ellos infame Perro Sánxez, defenestró a sus subordinados buscando como poseso una cabeza de turco a la que culpar de su propia desidia. A fin de poder seguir sanguijueleando a sus convecinos y protegiéndose de las pesquisas que la Justicia estaba haciendo sobre la tragedia, el Mandilón echóse en brazos de un siniestro conventículo de talibanes, meapilas y aprendices del ku klux klan.

Tal camarilla se había extendido cual plaga purulenta por la Cagancha toda: como espinilla infecta había brotado del mismo popular contubernio en el que profesaba don Lopejote. Vióse éste atraído a encamarse con los fundamentalistas para seguir llenando el mondongo sin trabajar.

Los integristas, que, a pesar de confesarse y no faltar a triduo ni novena alguna, poco del verdadero Cristo tenían, se creían una camada nacida de un cruce de Pelayos y Cides. Veíanse llamados por el Altísimo a limpiar España de Sánxez, rojos, pasionarios y, sobre todo, moros. Pero no los moros de los de ghutra o
pañuelo a cuadros en la cabeza, que esos son millonarios y son capaces de comprarles la parienta a cambio de diez camellos. A los moros que querían echar era a los otros, los que echaban peste, a los pobres.

Sin percatarse que eran esos moros los que se deslomaban en los campos e invernaderos que habían propiciado el enriquecimiento de los señoritingos de la Cagancha, pues los caganchanos de pura cepa, votantes y simpatizantes de ultras y demás ralea, se negaban a desempeñar tan ingratas labores. ¡Eso de trabajar deslomándose en un invernadero era muu cansao!

El ayatolá de los píos extremistas era un coloso que con su cabeza parecía rascar los cielos. Ante él don Lopejote, a pesar de que en arrobas lo ganaba de sobra, sentíase un mindundi. Cavilaba el pijodalgo sobre los pasos por dar. ¡Cuánto añoraba su período de holganza veraniega! ¡Aquel concierto donde fue retratado beodo y con un guitarro en las manos, balando que con él había nacido Lopito Chicharras, el maromo de las guitarras! ¡Gloriosa curda agarró!

Si el próximo estío quería seguir siendo el rey de las juergas debía, sin duda, encamarse con los talibanes. Miróse en el espejo: había muerto el pijodalgo andante. ¡Había nacido don Lopejote Matamoros, terror de panchitos, sarracenos y otros parias!

Apuntóse a clases de danza del vientre con la que seducir al ayatolá gigantón. Inscribióse en un gimnasio a fin de ganar flexibilidad a la hora de inclinarse a lamerle la rabadilla. Compróse colutorios con los que protegerse en su nuevo papel de lameladillas. Por último puso a todos los boticarios a elaborar vaselina a granel.

Tiembla, Mandilón: para vendidos, yo, don Lopejote Campeador, Lopito Tabernas en la intimidad.

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