Se suponía que íbamos a salvar el planeta. Que íbamos a cambiar el mundo comprando diferente, viviendo diferente, pensando diferente. Se suponía. Pero seis años después, los datos son tozudos: según el informe «El consumo sostenible y los productos certificados 2025», elaborado por ClicKoala y el Grupo de Investigación en Psicología Ambiental de la Universidad de Castilla-La Mancha, el motor del consumo sostenible en España se ha gripado. Y no es por falta de gasolina, sino por una mezcla de desilusión, desconfianza y hartazgo.
La preocupación ciudadana por el cambio climático ha caído en picado: del 67 % en 2019 al 49 % en 2024. Y lo más inquietante es que esta caída no significa negacionismo. No. El problema es peor: la ciudadanía reconoce el problema, pero ya no le da la misma importancia.
En 2019, un 40 % de los españoles se definía como personas comprometidas con un estilo de vida sostenible. Hoy, solo el 30 % mantiene esa bandera. La sostenibilidad ha perdido la batalla por el corazón y la identidad de la gente frente a otros valores como la familia, los viajes o la vida social.
El informe identifica que en el top de estilos de vida preferidos por los españoles, vivir de forma sostenible ha pasado a un discreto lugar, muy por detrás de ser «viajeros», «amantes de la naturaleza» o incluso «mascoteros». ¿Nos importan más los selfies en la playa que el futuro del planeta? A tenor de los datos, sí.
Responsabilidad individual: del «yo puedo cambiar el mundo» al «que lo arreglen otros»
La responsabilidad individual también ha sufrido un desplome. En 2022, uno de cada cuatro españoles sentía que tenía un papel activo en la solución del cambio climático. Ahora, apenas un 17,5 % mantiene esa implicación. El resto bastante tiene con sobrevivir a las facturas, los precios disparados y un panorama político cada vez más enmarañado.
Y es que el exceso de mensajes apocalípticos, las cifras incomprensibles y las peleas partidistas han generado una sensación de impotencia. En el fondo, como señala el informe, si creemos que nuestras acciones no sirven de nada, dejamos de actuar.
La preocupación por el cambio climático es transversal entre los votantes de todos los partidos. Sí, incluso entre los de Vox, donde un 55 % admite estar preocupado. Pero esa transversalidad se rompe cuando entran en juego los discursos políticos: la sostenibilidad se convierte en arma arrojadiza, en trinchera ideológica. Y cuando la política mete la cuchara, la ciudadanía se desconecta.
Conclusión del estudio: el cambio climático debería ser tratado como lo que es -un problema de ciencia, no de ideología-. Mientras sigamos usando el clima como munición electoral, la acción colectiva será una quimera.
Cae la preocupación climática entre los jóvenes
Atención a este dato: entre los jóvenes de 16 a 24 años, la preocupación climática ha caído un 25 %. Entre los de 25 a 34 años, un 34 %. Los jóvenes activistas existen y son visibles, pero no representan al grueso de su generación.
Además, entre los hombres jóvenes el descenso es todavía más acusado. Según el informe, sienten menos responsabilidad, menos ansiedad climática, y cada vez más creen que sus actos no marcan ninguna diferencia. La gran paradoja: tienen la creatividad, la energía y la capacidad de contagiar cambios, pero cada vez sienten menos que merezca la pena intentarlo.
Por otra parte, el 65 % de los españoles opina que las empresas deben asumir una responsabilidad principal o alta en la lucha contra el cambio climático. Están detrás de la UE, el Gobierno y la ONU, pero muy por delante de ayuntamientos o ciudadanía.
Además, tres de cada cuatro españoles apoyan una fiscalidad verde que premie a las empresas responsables y penalice a las contaminantes. Y aquí llega el dato interesante: incluso un 52,8 % de los votantes potenciales de Vox respalda la idea de una fiscalidad ambiental, algo que desmiente ciertos clichés ideológicos.
Las empresas que de verdad apuesten por la sostenibilidad tienen terreno fértil si lo hacen de verdad, no solo para la foto.
El precio, una barrera
Más de la mitad de los españoles quiere saber si los productos que compra son seguros para la salud (56,8 %), libres de explotación infantil (51,9 %) o fabricados en España (50,9 %). También preocupa mucho que respeten el medioambiente (49 %) o el bienestar animal (43,5 %).
Sin embargo, cuando pasamos de las intenciones a los hechos, la cosa se desinfla: solo el 17 % compra productos de cercanía, un 15 % compra a granel y un 13 % adquiere productos ecológicos.
El precio sigue siendo la principal barrera. Como apunta el informe, en muchos casos el coste adicional de un producto sostenible puede llegar a representar casi la mitad del peso en la decisión de compra. Y claro, con el salario medio español, no todos se pueden permitir «salvar el planeta» en cada compra.
En el sector textil, la compra de ropa de segunda mano ha pasado del 9 % en 2019 al 15 % en 2024. No es una revolución, pero sí un avance. El interés por la procedencia de las prendas (si se fabrican en España, si son sostenibles, si respetan el comercio justo) también crece, pero sigue siendo minoritario.
La moda rápida sigue dominando, porque es más barata, más accesible y más tentadora. Aquí también queda claro que para cambiar los hábitos no basta con concienciar: hay que facilitar y abaratar las opciones sostenibles.
Certificados sostenibles: de la confianza al escepticismo
La confianza en los sellos de sostenibilidad ha caído 8 puntos desde 2019: del 55 % al 47 %. Y aunque un 71 por ciento de los españoles admite que los certificados influyen en su decisión de compra en mayor o menor medida, la saturación de logos y la falta de claridad sobre su verdadero significado genera confusión, desconfianza y, finalmente, desinterés.
La avalancha de etiquetas ha logrado el milagro de hacer que muchos consumidores simplemente desconecten.
El informe de Click Koala no se queda en la crítica. Propone acciones concretas:
- Reactivar la confianza en que nuestras decisiones marcan la diferencia.
- Canalizar la ansiedad climática hacia acciones posibles, no hacia la parálisis.
- Despolitizar el cambio climático: convertirlo en una prioridad común.
- Reducir las barreras económicas: hacer que lo sostenible sea asequible para todos.
- Simplificar la información: menos etiquetas confusas, más claridad y rigor.
Des informe se desprende que España sigue queriendo un futuro más verde, más justo y más sostenible. Pero entre el precio, la confusión y el hartazgo político, ese deseo se queda atrapado en la teoría.
El informe es claro: si no arreglamos el engranaje, seguiremos hablando de sostenibilidad, pero comprando exactamente igual que siempre.