Recuerdos de la revolución cantonal

Los tiempos de guerra siempre piden sacrificios al pueblo. Por ello, seguramente, es un momento especialmente propicio para las emergencias revolucionarias. Pues una guerra busca siempre reestablecer el orden de los privilegios sociales

Hace un par de años un grupo de colegas coincidimos en el interés por rescatar la memoria de la revolución cantonal de Cartagena. Aquellos acontecimientos, que se iniciaran en julio de 1873 y terminaron dramáticamente en enero de 1874, seguían estando bajo el peso de tantos prejuicios y banalidades, que se nos antojaba que merecía la pena rescatarlos para devolverles la intensidad democrática y popular arrebatada.

Así, hace dos años organizamos el Primer Congreso sobre la Revolución Cantonal de Cartagena y recientemente, los días 6 y 7 de marzo, ha tenido lugar la segunda edición. Poco a poco hemos ido comprendiendo que lo que nuestros antepasados protagonizaron bajo la bandera roja del Cantón Murciano fue un movimiento democrático y popular que disputó, en el contexto de la Primera República, la naturaleza del estado en un sentido federalista.

Por qué seguir apelando a acontecimientos del pasado como las revoluciones cantonales y federalistas. Hace dos años nos emocionó conocer las investigaciones de la historiadora francesa Jeanne Moisand y su interpretación del Cantón cartagenero en continuidad con la Comuna de Paris de 1871.

Aquella primera insurrección parisina, considerada el primer ensayo de una democracia socialista, tuvo una enorme influencia sobre el Cantón. Tras la sangrienta represión de los communard, algunos de ellos, como Antonio de la Calle, recalaron en la Cartagena revolucionaria y trajeron importantes innovaciones organizativas como la Junta de salud pública o el reconocimiento del derecho de las mujeres.

Esta intensidad emocional y democrática de la que es portadora una revolución sigue siendo necesaria para el presente. Aquellos antepasados nuestros de 1873, desde luego, eran bastante extraños para nuestros estándares del presente y su visión del mundo nos resulta muy ajena. Sin embargo, su mensaje de emancipación es un universal valioso para el presente.

Necesitamos de esa emocionalidad para el tiempo nihilista que nos ha tocado vivir. Quizás nuestros antepasados también se rebelaron contra un estado de cosas inaguantable. ¿No lo es también el mundo que nos anuncia Trump, Netanyahu y Putin?, ¿no suenan de nuevo los tambores de guerra para reordenar las jerarquías imperiales? Hoy como ayer está en disputa la democracia y por ello cobra todo el sentido del mundo el diálogo con los hombres y mujeres que se han dejado la piel, a lo largo de la historia, para defenderla y hacerla avanzar en un sentido inclusivo.

Tanto con el Primer Congreso, como con el más reciente Segundo Congreso de la Revolución Cantonal de Cartagena, quisimos situarnos en la estela de un Ramón J. Sender escribiendo, en plena Segunda República, Míster Witt en El Cantón (1935). Su novela transmite esa intensidad democrática y popular que recorrió las calles de Cartagena durante la insurrección de 1873.

¿Quizás, podríamos pensar, quiso escribirla para recordar a la ciudadanía los sacrificios que décadas atrás llevaron a cabo un puñado de compatriotas que lucharon por instaurar en España una democracia republicana y federal?

La novela de Ramón J. Sender tal vez se escribiera desde la conciencia de que aquellas emociones políticas de 1873 fueran necesarias para fortalecer el frágil edificio de la Segunda República. Y así, Sender impugnó la mirada de Benito Pérez Galdós sobre el Cantón en sus Episodios Nacionales que tanto contribuyó, como nos mostró la profesora Lieva Behiels (de la universidad KU Leuven) durante nuestro Segundo Congreso, al relato conservador del cantón como una aventura caótica de unos cuantos burgueses.

Igualmente, el historiador José María Jover apostó en la década de los 70, tras la dictadura franquista y los inicios de la democracia, por recordar el carácter utópico y emancipador de las insurrecciones cantonales y federalistas. Al igual que Sender, Jover entendió que todavía aquel pasado, si conseguíamos conectar con su intensidad emocional, tenía cosas que decirnos. Y es este convencimiento el que nos llevó a organizar estos congresos sobre la revolución cantonal.

La arqueóloga murciana Ana Baño intervino en el Segundo Congreso para relatar los trabajos de recuperación de la casa de Antonete Gálvez en Beniajan. Se pregunta Jeanne Moisand en su libro “Federación o Muerte. Los mundos posibles del Cantón de Cartagena, 1873” (Catarata, 2023), sobre las razones por las que Antonete Gálvez, una de las referencias populares de la insurrección cantonal, no se convirtió en Garibaldi, el célebre revolucionario italiano. Las razones de este olvido fue el menosprecio que sufrió el cantón. El abandono por parte del Ayuntamiento de Murcia de los trabajos de recuperación de la casa de Antonete demuestra que este desprecio continúa.


Edgar Straehle (Museo de Historia de Barcelona) también participó en el Segundo Congreso con una ponencia iluminadora sobre la memoria revolucionaria cantonal. Mostró, a través de los textos del periódico El Cantón Murciano, que construyó su relato con los textos federalistas de la revolución americana, las aspiraciones de justicia social de la revolución francesa de 1789 o la memoria de los comuneros castellanos y sus sueños descentralizadores de dotar al municipio de mayor centralidad política. E incluso de la Biblia, pues como bien escribiera Gerald Brenan, “contiene dinamita suficiente para hacer saltar todos los sistemas sociales existentes en Europa”.

El historiador Julián Vadillo (Universidad Carlos III) rastreó el peso de la Primera Internacional obrera en las insurrecciones cantonales. Eduardo Higueras (UNED) recorrió la bibliografía reciente sobre la Primera República y el cantonalismo y destacó cómo se abre paso una lectura menos prejuiciosa de lo que ocurrió en aquellos días de 1873. Fue una disputa política por el sentido del estado que recorre el largo siglo XIX español.

Luis M. Pérez Adán y Manuel Rolando aportaron sus investigaciones sobre el final del cantón y
la Cartagena postcantonal. Demostraron ser los historiadores que más están haciendo por sacar de los archivos los sucesos de aquellos días. De hecho, Pérez Adán cerraría el congreso con una visita guiada a los lugares del Cantón por las calles de Cartagena. La actividad se hizo dos semanas después de lo inicialmente previsto y así, el pasado 22 de marzo, la visita concentró a 150 personas que tuvieron oportunidad de escuchar los recuerdos de una revolución.

Jeanne Moisand (Universidad Paris Nanterre) se encargó de la conferencia de clausura del Segundo Congreso. Hace dos años celebrábamos la edición en castellano de su libro “Federación o Muerte” (Catarata, 2023). En este Segundo Congreso aparecía la edición en inglés con un nuevo título, pero muy significativo: “A Spanish Commune. The Cartagena Canton and its worlds” (2025).

En esta ocasión, enfatizó la relación de los sucesos del cantón con las insurrecciones anti-esclavistas que estaban aconteciendo en las colonias españolas de Cuba, Puerto rico y Filipinas. Los soldados y obreros cantonales se sublevaron también contra el reclutamiento militar para participar en una matanza atroz al servicio de unos cuantos hacendados esclavistas y colonizadores. Por ello también las mujeres también tuvieron un gran protagonismo en la insurrección cantonal.

Si entendí bien a Moisand, la relación entre la guerra colonial española y el malestar popular contrario al reclutamiento es una dimensión central de la insurrección cantonal. Se me ocurre que, años después, los bolcheviques rusos establecerán la misma conexión entre la Gran Guerra de 1914 y el descontento de obreros y soldados por ser obligados a participar en la matanza, dando lugar a la Revolución de Octubre de 1917.

Los tiempos de guerra siempre piden sacrificios al pueblo. Por ello, seguramente, es un momento especialmente propicio para las emergencias revolucionarias. Pues una guerra busca siempre reestablecer el orden de los privilegios sociales. Su violencia ilumina la injusticia del mundo sobre el que se fundamente la lógica guerrera. El pueblo termina comprendiendo que su sufrimiento en el sacrificio bélico acabará cuando las reglas del juego sean alteradas en profundidad y con un sentido de justicia social.

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