España cae en el informe mundial de felicidad 2025 mientras crece el voto radical

España pierde alegría: cae del Top 30 en el World Happiness Report 2025. Finlandia repite como el país con mayor felicidad. La generosidad y la conexión humana son tan importantes para la felicidad como el dinero o la salud

La felicidad —ese concepto tan resbaladizo como necesario— vuelve a ocupar el centro del debate con la publicación del World Happiness Report 2025, un informe que, lejos de la frivolidad, se ha convertido en uno de los instrumentos más sólidos para medir el bienestar subjetivo en más de 140 países. La edición de este año, coordinada por el Centro de Investigación del Bienestar de la Universidad de Oxford, en colaboración con Gallup y la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas (SDSN), ha sido elaborada por un equipo internacional de expertos encabezado por los economistas John F. Helliwell, Richard Layard, Jeffrey Sachs, Jan-Emmanuel De Neve, Shun Wang y Lara B. Aknin.

Lejos de ofrecer una postal de buenos deseos, este informe parte de una pregunta directa: “¿Cómo calificaría su vida en una escala del 0 al 10?”. A partir de ahí, los autores cruzan las respuestas con factores como el PIB per cápita, la salud, el apoyo social, la percepción de libertad, la generosidad y la confianza en las instituciones. Lo que surge no es un simple ranking, sino un mapa emocional del planeta.

Y ese mapa tiene ganadores y perdedores

Y ese mapa tiene ganadores y perdedores. Por séptimo año consecutivo, Finlandia encabeza la lista de los países más felices del mundo. Le siguen Dinamarca, Islandia, Suecia y Países Bajos. No es casualidad. Los países nórdicos combinan altos niveles de cohesión social, confianza institucional y servicios públicos sólidos. Lo que sorprende este año es la consolidación de países no industrializados en los primeros puestos: Costa Rica, México e Israel se cuelan en el top 10, desafiando la idea de que la felicidad está directamente vinculada a la riqueza.

A la inversa, Afganistán vuelve a ocupar el último lugar del ranking, con la puntuación más baja registrada en la historia del informe: 1,36 sobre 10. Las mujeres afganas apenas alcanzan el 1,16. Le siguen Líbano, Sierra Leona, Zimbabue y Botswana. El contraste entre los países del norte y los del sur global, o entre democracias estables y contextos en crisis, sigue siendo abrumador.

El bienestar en cifras: no solo economía

Este año, el informe pone de relieve que la generosidad y la conexión humana son tan importantes para la felicidad como el dinero o la salud. Lo demuestra con datos. Las personas que participan en actos de benevolencia (donar, ayudar a extraños, hacer voluntariado) son más felices, siempre que lo hagan de forma voluntaria, con intención genuina de ayudar y con impacto visible. Durante la pandemia, esos actos aumentaron en todo el mundo. Y aunque han descendido desde entonces, siguen un 10 % por encima de los niveles prepandemia.

También se subraya el impacto de compartir comidas: comer acompañado mejora el bienestar de forma comparable a tener trabajo o un ingreso estable. Por el contrario, el aislamiento —cada vez más frecuente entre jóvenes y mayores— erosiona lentamente la calidad de vida. El informe advierte de que el 19 % de los jóvenes en el mundo dice no tener a nadie en quien confiar. Un dato demoledor.

El informe advierte que el 19 % de los jóvenes en el mundo dice no tener a nadie en quien confiar

España: un declive silencioso

En este contexto global, España aparece en el puesto 38 del ranking, una caída de cuatro posiciones respecto al año pasado. Con una puntuación media de 6,3 sobre 10, nuestro país se sitúa por detrás de Lituania, República Checa, Reino Unido o incluso Kosovo.

No es una crisis abrupta, pero sí persistente. España lleva varios años descendiendo lentamente en el ranking. ¿Por qué? El informe no ofrece respuestas simples, pero da pistas claras. España suspende en varios indicadores clave: baja participación en voluntariado (puesto 97), escasa ayuda a desconocidos (83) y niveles moderados de generosidad (44 en donaciones). Más preocupante aún: los españoles tienen una percepción muy pesimista sobre la benevolencia de su entorno. Creen que es poco probable que alguien les devuelva una cartera perdida, cuando los datos demuestran lo contrario. Y esa percepción —errónea pero instalada— tiene consecuencias en su nivel de felicidad.

También el aislamiento social empieza a hacerse notar. Aunque España mantiene buenos datos en salud y esperanza de vida, el número de personas que viven solas y comen solas crece año tras año. La soledad, advierte el informe, no es solo un problema de los países ricos: es un síntoma de sociedades donde la vida comunitaria se debilita.

El otro eje de la infelicidad: desconfianza y polarización

Otro hallazgo relevante del informe es el vínculo entre felicidad, confianza social y polarización política. Allí donde la gente se siente desconectada, maltratada por las instituciones o simplemente ignorada, el voto antisistema gana terreno. En Europa y Estados Unidos, la caída de la felicidad y de la confianza en los demás explica buena parte del auge populista. Según los datos, las personas infelices con alto nivel de desconfianza tienden a votar por la extrema derecha; las que mantienen la confianza en los demás, por la izquierda.

España, donde la crispación política y el enfrentamiento mediático se han cronificado, parece cumplir esta hipótesis con inquietante exactitud.

Las personas infelices y desconfiadas votan más a la extrema derecha

Uno de los capítulos más llamativos del World Happiness Report 2025 se detiene en analizar cómo la felicidad —o la falta de ella— se convierte en un factor político. Y no es una intuición. Los datos lo respaldan con contundencia: las personas que se sienten infelices y, además, desconfían profundamente de los demás, son más propensas a votar por opciones de extrema derecha. En cambio, quienes confían más en su entorno —aunque no estén completamente satisfechos con su vida— tienden a votar por opciones progresistas o de izquierda.

Este hallazgo, que el informe define como una “interacción crítica entre confianza interpersonal y bienestar subjetivo”, trasciende ideologías. Se trata, en el fondo, de un patrón emocional: la infelicidad no conduce automáticamente al radicalismo, pero cuando va acompañada de desconfianza y sensación de abandono, sí puede volverse combustible político.

Los investigadores cruzaron datos de encuestas en decenas de países europeos y comprobaron que los votantes de extrema derecha tienden a presentar tres rasgos comunes:

  1. Baja satisfacción con la vida.
  2. Alta desconfianza hacia las instituciones y hacia sus semejantes.
  3. Percepción de pérdida (cultural, económica o identitaria).

Por el contrario, los votantes de izquierda más comprometidos suelen tener niveles más altos de confianza interpersonal. Aunque también puedan experimentar frustración, lo hacen desde una base emocional diferente: creen que el cambio es posible, confían en la cooperación, en la comunidad, en los “otros”. Y esa diferencia lo cambia todo.

Este fenómeno ayuda a entender no solo el auge del populismo de derechas en muchos países europeos, sino también por qué los mensajes que apelan al miedo, a la división o a la amenaza externa resultan tan eficaces en ciertos contextos. Cuando el malestar personal se mezcla con la convicción de que nadie te va a ayudar —ni el gobierno, ni tu vecino, ni el sistema—, es más fácil abrazar discursos que simplifican la realidad y buscan culpables.

El World Happiness Report, que se publicó el 20 de marzo con motivo del Día Internacional de la Felicidad, no ofrece soluciones mágicas. Pero sí proporciona un espejo. En un mundo obsesionado con el PIB y los indicadores económicos, este informe nos recuerda que la felicidad también es una medida de progreso.

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