Con el estreno de The Brutalist del director Brady Corbet ha retornado un interés por el patrimonio legado por este movimiento arquitectónico. El único ejemplo de brutalismo en la ciudad de Murcia es la Torre Hispania, antiguo Banco Vitalicio, en la plaza de la Fuensanta. Un edificio notable cuya mole de 16 plantas de hormigón y madera se alza sobre la insulsa trama desarrollista que le rodea.
Ideado por el arquitecto Antonio Escario se edificó entre 1967 y 1972 como colofón de la Gran Vía. Y realmente logró aportar a la ciudad un hito patrimonial atemporal que se propone como idea e imagen de
futuro.
¿Se imaginan que, para el diseño de la Torre Hispania, su arquitecto se hubiera inspirado en las formas y dimensiones de la vecina Cárcel de Murcia con el fin de que la memoria de la represión franquista permaneciera así atemporal? Esto es lo que hace László Tóth, el arquitecto que protagoniza The Brutalist, interpretado por Adrien Brody.
La segunda mitad de la película se centra en el encargo de un magnate adinerado de Filadelfia, consistente en levantar sobre una colina de la ciudad un enorme memorial de homenaje a su madre fallecida y que, al tiempo, cumpla con el cometido de proporcionar a la comunidad un espacio cultural y religioso. Según
revela el discurso final de su sobrina, en una hipotética bienal de arquitectura en Venecia, László concibió las proporciones brutalistas de su obra a partir de su trágica experiencia en un campo de concentración nazi en su Hungría natal.
Nos sucedió que tras ver la película inmediatamente rememoramos el edificio del Museo Judío de Berlin diseñado por el arquitecto polaco Daniel Libeskind e inaugurado en 1999. Es un ejemplo de la capacidad de la arquitectura de transmitir la memoria del vacío y del horror que experimentaron los judíos berlineses desaparecidos durante el Holocausto.
Los sociólogos y filósofos de la Escuela de Frankfurt también se exiliaron en los años 30 y 40 en los EEUU huyendo de la barbarie nazi. Uno de estos prodigiosos pensadores, T. W. Adorno, redefinió el nuevo imperativo moral de la humanidad: “Hitler ha impuesto a los hombres un nuevo imperativo categórico para su actual estado de esclavitud: el de orientar su pensamiento y acción de modo que Auschwitz no se repita,
que no vuelva a ocurrir nada semejante”. Es como si el director de The Brutalist quisiera recordarnos, en estos tiempos, la validez del imperativo categórico de T. W. Adorno.
Su estreno cinematográfico ha coincidido con el 80 aniversario de la liberación del campo de Auschwitz. Hemos tenido que soportar las habituales cantinelas de dirigentes mundiales y periodistas sobre “¿cómo evitar en el futuro Auschwitz?”.
Auschwitz está más presente que nunca. ¿Qué queda entonces, sino cenizas, del imperativo categórico de Adorno es este mundo de hoy en el que las tecnologías de gobierno de los campos de concentración proliferan por todas partes: poblaciones estigmatizadas por su marcador étnico, campos de internamiento de inmigrantes y refugiados, deportaciones y expulsiones, persecución policial de minorías, ¿etc.?
En el inicio de la película de The Brutalist, con la llegada del barco de los refugiados judíos que huyen de la persecución nazi, la estatua de la libertad se nos presenta invertida. László Tóth, el arquitecto brutalista, experimentará la condición inmigrante en el país que se presenta así mismo como “faro de la libertad”: racismo y humillación, exclusión y vejaciones, etc. Su venganza será insertar la memoria del Holocausto en el
diseño del edificio que le encarga el industrial adinerado.
The Brutalist es un recorrido por los traumas de las comunidades judías centroeuropeas perseguidas, asesinadas o exiliadas tras la victoria de Hitler en Alemania. La película también nos recuerda el momento de esperanza que supuso la creación en 1948 del Estado de Israel para estos cuerpos dañados y humillados.
El sociólogo Zygmunt Bauman vivía en Polonia cuando fue invadida por el ejército nazi. Escapó por muy poco a las persecuciones nazis. Su esposa no tuvo la misma fortuna y fue recluida en un campo de concentración. Bauman se refugió en la Unión Soviética, se alistó en un batallón polaco y entró en Berlín a bordo de un tanque del ejército rojo. En la década de los 60 sufrió la política nacionalista y antisemita del gobierno polaco. Fue expulsado de su cátedra de sociología, perdió la nacionalidad polaca y se refugió durante dos años en Israel.
En Israel, Bauman vuelve a encontrarse con el nacionalismo, allí denominado sionismo. Como “estado del pueblo judío”, Bauman vivió como “un absurdo espeluznante” que se le obligara a convertirse en “nacionalista judío”. Por ello, también decidió marcharse de Israel rumbo a Inglaterra. Pero, mientras, escribió un artículo para el diario Haaretz con un profético título: “Israel tiene la obligación de prepararse para la paz”. Allí no dudó en constatar la continuidad de la política imperialista y colonialista por parte del Estado de
Israel respecto a la población palestina.
Pero, sobre todo, Bauman advirtió de las implicaciones del colonialismo de Israel: “la invasión degrada moralmente al invasor y, a la larga, lo debilita. Además, pronosticó que el poder y la ideología de Israel iban a militarizarse, es decir, que el ejército gobernaría a la nación y no la nación al ejército. Alrededor del 80% de las personas que viven hoy en Israel no conocen un estado diferente al de la guerra. La guerra es su
hábitat natural … han olvidado el arte de tratar los problemas que surgen de la interacción social en un contexto de paz.
En un contexto que no es posible resolver un problema con un bombardero o incendiando una casa. … Llevan la violencia en la sangre. Y es su modo de ver el mundo. Israel se ha dirigido a un callejón sin salida” (Z. Bauman, Vivir en Tiempos Turbulentos, 2017).
Bauman falleció antes de ver la inmensa barbarie genocida desplegada por el gobierno de Netanyahu en Gaza. Tampoco pudo ver la violencia de colonos enmascarados, protegidos por el ejército, contra los campesinos de Cisjordania. Ni ha conocido que una encuesta del Jewish People Policy Institute ha revelado que más de ocho de cada diez israelíes judíos apoyan el plan propuesto por el presidente Donald Trump de limpiar étnicamente la Franja de Gaza de palestinos reasentándolos en Egipto y Jordania.
En la película de The Brutalist, Israel aparece como “esperanza”, pero no repara en la dimensión colonialista, etnicista y excluyente que conlleva la fórmula “creación en Israel del estado del pueblo judío”, cuando es retransmitida por radio en 1948.
Los sociólogos, decía el estadounidense Michel Burawoay, -fallecido tristemente el pasado 3 de febrero-, tenemos la obligación de estudiar Palestina y utilizar nuestros marcos de análisis para entender la violencia del colonialismo israelí y no ampararnos en presunciones de neutralidad.
En una perspectiva de sociología histórica, reflexionaba Burawoy, los sociólogos pueden establecer una comparación entre el “colonialismo de colonos” de Sudáfrica durante el apartheid y el actual Israel respecto a la población palestina. Solamente desde este prisma analítico, los sociólogos podrán rebatir a aquellos otros como Eva Illouz o Jurgen Habermas, empeñados en considerar que la historia se inició el 7 de octubre de
2023.
Burawoy hizo una encomiable tarea para que la sociología tuviera un pronunciamiento público sobre el conflicto palestino, desde sus propias categorías y conceptos. Sus escritos rezuman actualización del imperativo categórico de T.W. Adorno: no olvidar que hoy Auschwitz está en Gaza.