Hay algo aquí que va mal

Conviene tomarse muy en serio a Vance. Se trata de alguien al frente de un proyecto político que ha logrado conectar con un sentido común de masas sobre la base del esquema amigos/enemigos -teorizado por el jurista nazi Carl Schmitt-: nosotros la comunidad frente a los que destruyen nuestras familias y han alterado el normal orden de las cosas, desde inmigrantes, feministas, a activistas climáticos

La canción de Kortatu es interpretada 40 años después por un Fermin Muguruza en espléndida forma ante las 15000 almas convocadas en Madrid para cantar “… hay algo aquí que no va…”. Ese “algo que va mal”, un malestar terrible que se extiende por la urdimbre social.

¡Madrid al habla! Madrid llamando al “akelarre antifascista”. Por un momento el gesto de Joe Strummer y Mick Jones en 1979, al frente de The Clash, parece actualizarse: “London calling to the faraway towns/ Now war is declared and battle come down (Londres llamando a las ciudades lejanas/ahora la guerra se declara y la batalla está descendiendo).

No sabemos cómo interpretar el mundo que anuncia el vicepresidente de EE.UU, J. D. Vance, esa misma semana en la conferencia de Seguridad de Múnich (Alemania). Pero la canción sigue siendo la misma: guerra, racismo, reparto imperialista del mundo… London is calling.

Conviene tomarse muy en serio a Vance. Se trata de alguien al frente de un proyecto político que ha logrado conectar con un sentido común de masas sobre la base del esquema amigos/enemigos -teorizado por el jurista nazi Carl Schmitt-: nosotros la comunidad frente a los que destruyen nuestras familias y han alterado el normal orden de las cosas, desde inmigrantes, feministas, a activistas climáticos.

Hace unos días dos colegas catedráticos de sociología rural, Luis Camarero y Jesús Oliva, nos convocaban en la UNED de Madrid para conversar sobre nuestras investigaciones sobre la ruralidad española.
En este evento, veíamos cómo lo rural se ha convertido en un significante central de la nueva ultraderecha global. Las familias rurales, la comunidad, el esfuerzo de los agricultores, en fin, una supuesta autenticidad rural compuesta por valores de esfuerzo y sacrificio es continuamente rememorada por los Abascal de turno. En la Región de Murcia contamos con el ejemplo de la Fundación Ingenio contraponiendo a los heroicos regantes del regadío del Campo de Cartagena frente a la ecología y derechos del Mar Menor.

Precisamente, antes de su discurso en la conferencia de seguridad de Múnich ante los asustadizos y perdidos dirigentes europeos, J. D. Vance se dio a conocer por un libro “Hillbilly, una elegía rural. Memorias de una familia y una cultura en crisis” (Deusto, 2017). Ahí ya dejó claro que las familias trabajadoras de los Apalaches y el sur de EEUU, venidas a menos por la crisis de sus territorios, pasaron a votar a los republicanos de Nixon porque “el gobierno paga a la gente que vive del estado del bienestar sin hacer nada. ¡Se están riendo de nuestra sociedad! ¡Y nosotros somos gente trabajadora y se ríen de nosotros por trabajar cada día!”. Ahora confían en que Donald Trump les restituya el orgullo perdido.

¿Cómo podemos desde la sociología ofrecer una lectura más interesante de ese malestar? La socióloga californiana Arlie Hochschild presentó hace unos años una investigación sobre las comunidades trabajadoras de Luisiana que, hoy, son una de las bases sociales del trumpismo: “Extraños en su propia tierra. Réquiem por la derecha estadounidense”, Capitán Swing, 2018). A mi modo de ver inaugura un gesto sociológico del que deberíamos aprender y que rememora el precepto spinoziano: «no lamentar, no reír, no detestar, sino comprender”.

Comprender a los que, dice Arlie Hochschild, representan justo lo contrario de mi condición, en cuanto mujer socióloga progresista de clase media. Durante dos años convive y traza profundos vínculos afectivos con comunidades y familias de trabajadores blancos. Y allí encuentra un mundo de salarios estancados y ecosistemas destrozados en torno a la extracción del petróleo y gas mediante fracking en el Golfo de
México.

No se trata de personas engañadas por la ultraderecha para votar en contra de sus intereses, dice Hochschild. No sirve, insiste, la recurrente explicación de la “conciencia falsa”, con la que a menudo la izquierda académica interpreta aquello que no les cuadra de los comportamientos políticos de los de abajo.
Ella encuentra allí un relato, una “historia profunda” la llama: “Es una historia de lo que uno siente, el relato que cuentan los sentimientos utilizando un lenguaje de símbolos y eliminando lo racional: elimina los hechos y nos habla solo de la apariencia de las cosas”.

En esa historia profunda están los sacrificios exigidos por el sueño americano: “Has sufrido jornadas de trabajo interminables, despidos, la exposición a productos químicos peligrosos y recibes una pensión exigua. Has demostrado altura moral pasando todas estas reglas de fuego y el sueño americano, la seguridad, es la recompensa por todo esto.

Es la insignia del honor, que deja claro quién has sido y quién eres”. En las comunidades de personas, a las que interpela Trump y Vance, hay una historia real de sufrimiento. ¿Cómo lo procesan? Hochschild concluye lo siguiente: “Negros, mujeres, inmigrantes, refugiados, pelícanos pardos…, todos se te han colado en la fila.
Pero es la gente como tú la que ha hecho grande este país. Te sientes incómodo. Alguien tiene que decirlo: los que se cuelan te molestan. Están violando las leyes de la equidad. No te gustan, y crees que lo correcto es hacer lo que tú haces. Como tus amigos. Los comentaristas de Fox reflejan tu sentir… Eres una persona compasiva, pero te están pidiendo que aumentes tu compasión hasta que abarque a todos los que se te han
colado… No puede ser…Tú ya has sufrido lo tuyo y no te quejas”.

Esta “elegía rural” la encontramos replicada, con sus lógicas variaciones y adaptaciones, en muchas de las arengas de los Milei, Abascal, Orban, Bolsonaro, Le Pen, Meloni…. Todos ellos les piden a “los perdedores” que dejen de sentir compasión por los “otros” perdedores (inmigrantes, refugiados, activistas del aborto, precarios, caballitos de mar). Les ofrecen una utopía diseñada en Silicon Valley por los milmillonarios pues, ellos sí, construirán un nuevo mundo en el que puedan sentirse reconocidos y encajar.

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