Ahora que Israel estará torturando al doctor Hussam Abu Safiyah

Cada vez más voces defienden que la solución al problema palestino pasa por poner fin al apartheid. Para ello se requiere de un Estado que garantice los derechos de ciudadanía a todos sus miembros, independientemente de la religión a la que pertenezcan

Desde el paisaje de Motril, en el inicio de un nuevo año, resulta evocador rastrear en la toponimia del terruño lo que el gran historiador Fernand Braudel llamó las “memorias del Mediterráneo”. Allá, al fondo, la Sierra de la Almijara, a este lado granadino, Alhama y sus manantiales de agua caliente, y en el lado malagueño, la Axarquía y sus pueblos blancos.

Cómo no sentir una especial afectación con lo que está ocurriendo en las tierras de Palestina, cuando en este paisaje que tengo ante mis ojos todos los nombres nos recuerdan que aquí permaneció durante siglos el mundo de Al-andalus, en el que cohabitaron los pueblos de las tres grandes culturas mediterráneas (musulmanes, judíos y cristianos).

La historia del Mediterráneo es la historia de una coexistencia de los tres pueblos siempre conflictiva y convulsa. Por ello, insiste Fernand Braudel, “con la afirmación de los Estados nacionales, por todas partes se endurecen, se hacen más hondos los conflictos y los odios, y se desarrollan los fenómenos de rechazo”.

El Estado de Israel constituye el ejemplo más significativo de estos desgarramientos y el que más nos afecta.
Tal vez los lectores hayan tenido ocasión de ver durante las vacaciones navideñas “No Other Land” (en filmin, 2024). Es un documental dirigido por el palestino Basel Adra y el israelí Yuval Abraham. Trata sobre la acción militar de Israel contra palestinos indefensos durante años para destruir las casas de los habitantes de Masafer Yatta, zona de 19 aldeas en Cisjordania, para arrebatarles el terreno y obligarles a abandonar su hogar durante generaciones.


Para los que siguen argumentando como si el conflicto hubiera empezado el 7 de octubre de 2023, con la terrible matanza de ciudadanos israelíes por parte de Hamás, en el documental podrán encontrar la evidencia de que Israel lleva empleando un procedimiento de limpieza étnica desde hace mucho tiempo. Algunos historiadores especializados como Ilán Pappé han mostrado como la limpieza étnica de palestinos está en la misma fundación del Estado de Israel en 1948 y desde entonces no ha cesado.

Son impactantes las imágenes de soldados armados hasta las cejas conteniendo a campesinos palestinos que protestan ante las máquinas excavadoras. Las retroexcavadoras reducen sus miserables viviendas a escombros. Los soldados no dudan en disparar a bocajarro contra el que más persistente se muestre en la protesta. Las familias desposeídas de vivienda no se van, o intentan permanecer en su tierra, y acondicionan las cuevas en las que habitaron en el pasado.

Más tremendas resultan las imágenes de colonos judíos, amparados por el ejército israelí, abalanzándose contra los palestinos con insultos racistas, palizas, golpes, patadas y desprecios múltiples. Es un auténtico progromo con idéntico formato al que experimentaron las poblaciones judías del imperio ruso a fines del siglo XIX. Pero esta vez ejercido por las víctimas de los progromos originarios.

La desproporción de medios entre los agresores israelíes y los agredidos palestinos es tan evidente que cabe preguntarse cómo el Estado de Israel ha conseguido imponer el marco bélico (“la guerra”) para justificar la barbarie.


El conflicto entre Israel y Palestina no es “una guerra”. El Estado de Israel es el último episodio del colonialismo europeo de fines del siglo XIX-inicios del XX. Su violencia resulta tan hiriente porque estamos viendo hoy las mismas imágenes perpetradas por el hombre blanco contra las poblaciones subalternas durante el reparto colonial del mundo. En cuanto ejercicio de su poder imperialista, el Estado de Israel les indica a los palestinos su destino: el regreso a la cueva de donde nunca debieron salir.

Los proyectos coloniales e imperialistas siempre utilizaron la imagen de “espacios vacíos” para legitimar sus aspiraciones de dominación territorial. El lema de Theodor Herzl, el fundador del nacionalismo israelí (el sionismo) era “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. Palestina se consideraba un desierto, una tierra vacía.


Pero hace ya tiempo que los historiadores han demostrado la falsedad de este mito colonial, pues en Palestina vivían personas. Gracias a la historiadora Gudrun Krämer, por ejemplo, conocemos la Historia de Palestina (ediciones Siglo XXI, 2006) y, por tanto, la historia de los palestinos que habitaban aquella tierra antes de la llegada de los colonizadores sionistas.


Releyendo estos días los libros que Fernand Braudel dedicó a la historia del Mediterráneo, descubro hasta qué punto intelectuales tan rigurosos como este grupo de historiadores de los Annales estaban empapados de las categorías mitológicas del nacionalismo sionista con las que legitimaron la creación del Estado de Israel.


Braudel todavía en aquellos libros habla de “un pueblo judío” que “fue expulsado” de Palestina en el año 133 por el emperador Adriano. También asegura, que ese pueblo, tras mil años de “diáspora” por medio mundo, consiguió reunificar en el Estado de Israel a todas aquellas comunidades judías dispersas.

Hoy sabemos por la nueva historia israelí, que ni hubo “expulsión”, ni “diáspora” (fundamentales para esto los libros del historiador Shlomo Sand). El judaísmo, como toda religión monoteísta, hizo una labor de proselistismo que es lo que explica la presencia de comunidades judías dispersas en muchos lugares del Mediterráneo, Europa u Oriente Medio (incluidas las de Al-Andalus).

Pero estas comunidades no tienen ningún tronco en común, en modo alguno componen “un pueblo”. Y mucho menos la presencia judía actual en Palestina supone un regreso al hogar del que una vez fueron expulsados. Todo esto fue una invención del sionismo como proyecto político nacionalista.

En realidad, todas las ideologías nacionalistas “inventan” un pueblo. No hay nada específico de esto en el sionismo. Lo verdaderamente particular del Estado de Israel es que estableció un hogar nacional del “pueblo judío” en Palestina, según el cual eran considerados ciudadanos de pleno derecho los judíos de todo el mundo, mientras que las poblaciones residentes en Palestina, fundamentalmente árabes, eran excluidos de la ciudadanía.


El Estado de Israel contiene en su interior este principio no democrático. A su naturaleza colonial e imperialista, se une el hecho de considerarse a sí mismo como el estado del “pueblo judío”, en vez del órgano que representa a todos los ciudadanos -independientemente de su religión-.

En el documental No Other Land se repite una justificación de los soldados israelíes, en su labor de protección de las retroexcavadoras que destruyen las viviendas palestinas: “estamos haciendo cumplir la ley”.
Pero, ¿qué es la “ley” en un Estado que se define a sí mismo como el Estado del “pueblo judío”? Se puede decir que las poblaciones árabes quedan hoy en “el umbral de la ley”, como el célebre campesino del conocido cuento de Kafka que quiere acceder a Palacio, pero su guardián le obliga a esperar fuera hasta el final de su vida. El catedrático de filosofía de la Universidad de Murcia, Francisco Jarauta, ha venido insistiendo en esta interpretación de la literatura de Kafka en la que se recoge la experiencia de los que quedan en el umbral de la ley.


En el Estado del Pueblo Judío, que es Israel, la población palestina queda en un apartheid. A las puertas de la ley y, por tanto, excluida de la misma.


Hemos visto en estos días navideños el asedio militar israelí del hospital Kamal Adwan, el último centro sanitario importante que funcionaba en el norte de Gaza. Y también la detención del Doctor Hussam Abu Safiyah que heroicamente se ha dedicado a salvar vidas en medio de un inmundo genocidio. Por ello ha sido detenido, por “terrorista”. Amnistía internacional y otras organizaciones de derechos humanos preguntan dónde está detenido y el ejército no responde. Un centro de torturas es el umbral de la ley, allí donde la arbitrariedad reina.


La solución a la cuestión palestina ya no pasa por los dos estados. Eso es una entelequia, tras más de siete décadas de usurpación continua por parte del Estado de Israel de las propiedades y tierras palestinas. A los palestinos no les queda territorio para un Estado.


Por ello, cada vez más voces defienden que la solución al problema palestino pasa por poner fin al apartheid. Para ello se requiere de un Estado que garantice los derechos de ciudadanía a todos sus miembros, independientemente de la religión a la que pertenezcan.


El mundo obligó a Sudáfrica a abolir el apartheid de la población negra. Hoy la asignatura pendiente es abolir el apartheid de la población palestina en el Estado de Israel.

Facebook
X
LinkedIn
WhatsApp
Email

¿Crees en un periodismo libre, sin ataduras ni intereses ocultos? En RRNEWS contamos lo que otros callan. Vamos más allá de la versión oficial porque creemos que la información es vital y debe ser accesible para todos, sin muros de pago.

Pero para seguir haciéndolo, necesitamos tu apoyo. Si valoras lo que hacemos, conviértete en mecenas con el pago mensual que tú decidas. Lo que para ti puede ser una cantidad simbólica, para nosotros significa independencia, rigor y continuidad.

Súmate a quienes ya creen que otro periodismo es posible.
Hazte mecenas hoy.