Unos días de diciembre paseando por Córdoba maravillado por un centro urbano de pequeñas plazuelas, naranjos, tabernas y patios. Se me antojó expresión de un buen vivir digno de elogio. Una espacialidad de lo común que me parece casi ha desaparecido en Murcia o Cartagena.
En los barrios del centro histórico cordobés se capta una presencia de lo plebeyo -de lo popular, de “la solera”- que persiste pese a las tendencias galopantes hacia la turistificación y la gentrificación que se han apoderado de muchas ciudades del mundo.
Y, por supuesto, también Córdoba es un patrimonio monumental ciertamente asombroso. Paseando por la mezquita, entre ese bosque de columnas a modo de palmeral en un oasis, es imposible no sentir admiración por los anónimos artesanos, escultores, constructores, o arquitectos que, viajaron desde Damasco u Constantinopla, para poner sus manos y saberes al servicio del esculpido de tanta belleza. Posteriormente, los conquistadores castellanos aportaron un entramado medieval de calles, plazas e iglesias por el que llegó a pasearse Cervantes.
Tras esa experiencia urbana en Córdoba contemplo con cierta melancolía todo lo que ha perdido una ciudad como Murcia. ¿Dónde quedaron, por ejemplo, sus tabernas? Gines García y Muñoz Barberán en los años 70 todavía dieron cuenta de más de trece. Hoy apenas sobreviven dos o tres. Por el contrario, en el libro “Tabernas del Casco Histórico de Córdoba”, Manuel María López Alejandre ha censado, investigado y contado con detalle y alma hasta 116 tabernas en 12 barrios de la ciudad.
¿Dónde están las pequeñas plazas y los naranjos que en primavera perfumaban de azahar las calles de Murcia? Apenas quedan unos cuantos naranjos en algunas calles. Las plazas fueron remodeladas hasta convertirlas en anodinas y muchas han sido usurpadas por las terrazas hosteleras. (Mi amigo Héctor, me matiza, con buen criterio, que ciertamente al menos ha sobrevivido un indudable patrimonio gastronómico).
Ha habido una guerra contra la presencia de lo plebeyo y popular en esta ciudad. Hasta en esto se aprecia quién va ganando la lucha de clases en la tierra murciana. El vecindario popular fue expulsado del centro urbano y con ello se extinguió toda una forma de vida plebeya (como las tabernas). En su lugar, la centralidad urbana quedó para los negocios y las rentas medias y altas (el nombre de esto es “gentrificación”).
Se preguntaba recientemente el documentalista Luis Pérez Adán en un artículo de prensa: “¿Por qué se muere la Cartagena castiza?”. Pues se muere porque lo plebeyo (“la Cartagena castiza”) fue desalojado del centro. Recuerdo vivir con desasosiego aquel programa de “renovación urbana” del centro histórico de Cartagena en la década de los 80 y 90 que supuso la práctica aniquilación de los barrios céntricos populares.
La regeneración urbana del núcleo histórico de Cartagena avanzó de forma implacable sobre la vivienda popular céntrica. Dado que también las viejas familias burguesas habían abandonado el centro histórico, fue en los 80 y 90 cuando también se produce una destrucción intensiva del patrimonio arquitectónico modernista.
Así juzgó el cartagenero Alfonso Pérez Sánchez, catedrático de Arte y ex Director del Museo del Prado, el estado del centro histórico en aquel momento, en una declaración en un periódico local en 1992: “Cartagena parece una ciudad bombardeada, no preocupa la conservación del espacio urbano”.
Era como si la “regeneración urbana” del centro histórico hubiera actuado como uno más de los bombardeos que han jalonado la historia cartagenera. Pues, como escribiera la poeta Carmen Conde: “… Cartagena, la bombardeada exhaustivamente, la despedazada y martirizante, martirizada ciudad de los dos, de sus padres, de todos los suyos; de su vida entera”.
(Siquiera la vivienda de Carmen Conde se libró de esta destrucción urbanística, pues fue demolida un 19 de abril de 1991, entre lamentos de la ciudadanía sensible con la protección del patrimonio y las excusas de la administración local responsable).
A fines de noviembre hicimos con un grupo de amigos y amigas una entretenida ruta por el modernismo cartagenero, paseando por sus calles céntricas. Entonces rememoré toda esta destrucción del patrimonio histórico de Cartagena (en Murcia ocurrió exactamente igual). Afortunadamente queda mucho en pie, y aún hoy podemos disfrutar de los edificios que se salvaron.
E igual que decía antes para la mezquita de Córdoba, me gustó también aquí recordar a aquellos arquitectos, diseñadores o artesanos, venidos de Valencia o Cataluña a fines del siglo XIX-inicios del XX, que trajeron los nuevos aires del estilo modernista para esculpir belleza en las calles de Cartagena: los mosaicos Nolla, los miradores acristalados, la rejería artística de los balcones, la cerámica multicolor en las fachadas, etc.
Sigamos con esta comparativa entre Córdoba y nuestras ciudades. Una clave importante nos la da el escritor Rafael Chirbes en sus Diarios (publicados recientemente por Anagrama). Plantea el contraste entre el sentido de provisionalidad del paisaje de las regiones mediterráneas (como Valencia o la Región de Murcia), sometido a rápidas e intensas transformaciones inmobiliarias, y el sentido de permanencia conservacionista que, por el contrario, encuentra en las regiones del interior (como Córdoba o Salamanca), en su “forma de ser, de mirar, tan alejada de esta provisionalidad”.
En estas regiones, en las que nos apuntamos de inmediato al primer boom inmobiliario que nos pongan delante, se “corre a toda marcha hacia no se sabe dónde, molestan las permanencias, pero yo sé que hay permanencias que confortan” (Chirbes). Córdoba refleja las mismas piedras desde hace siglos. Murcia prácticamente no refleja nada, más que unos cuantos despropósitos.
El profesor Álvaro Sevilla-Buitrago, en una reciente y fascinante “historia radical del urbanismo” (Alianza, 2022), defiende que el modo de producción de la ciudad capitalista siempre ha avanzado contra lo común (la centralidad popular, el valor emocional de las permanencias). Su programa lo sintetizó un alcalde de Berlín en el año 1929: “cuanto más se impulsa el tráfico, más se fertiliza la vida empresarial, por lo que no hay que tener miedo de derribar y demoler incluso lo que puede tener valor emocional”.
Las ciudades siguen necesitando de lo común para no reducirlas al principio de equivalencia de la mercancía que aniquila su diversidad. Para no convertirlas en alimento del apetito de los fondos especulativos. ¡Urbanícolas del mundo resistid un poco más!