Los destellos de la fraternidad

En el mundo de hoy por todas partes se erigen autoritarismos patriarcales. Grandes corporaciones privadas, gobernantes autócratas y democracias corrompidas que pretenden disputar con posibilidades de éxito a la República el derecho a definir el bien público

La película Los Destellos (2024) de la directora Pilar Palomero es un prodigio de sensibilidad. Toda una enseñanza de las personas que, en este mundo desgraciado y a cara de perro, aún construyen vínculos emocionales de fraternidad con la gente de a su alrededor.

La sonrisa de la actriz principal (Patricia López Arnaiz) y su mirada amable; el baile del pasodoble de la hija (Marina Aguerola) con su padre enfermo (Antonio de la Torre), unas pocas horas antes de su fallecimiento; la lectura de una página de “Platero y tú”, la ronda de amigos que visitan al enfermo y los orujos… Imágenes que dejan al espectador la certeza de las cosas por las que este mundo merece la pena.

Todo en la película se juega en su luz. Una luz bellísima, otoñal, cálida. Como si saliera del mismo paisaje mediterráneo del valle del Ebro donde transcurre la historia. Los destellos de la fraternidad.
Pienso en esa luz mientras asisto al homenaje que el Club Atalaya-Ateneo de la Villa de Cieza rindió el pasado 12 de octubre a Pepe Marín. Conocí a este inmenso profesor y abogado laboralista en las aulas de la Universidad de Murcia. Y a través de él terminé participando en la intensa actividad cultural periódicamente generada por el ateneo ciezano.

Así conocí e hice mía a aquella gran comunidad fraterna que Pepe tanto contribuyó a tejer alrededor de la memoria del trabajo en lo que antaño fue una importante industria regional, el esparto. El Museo del Esparto es el gran destello de una vida luminosa y creativa.

Pepe Marín falleció. La comunidad fraternal de la que se rodeó mantiene viva su memoria. Escucho a Agustín Cano, el incansable compañero de vivencias y experiencias. La infancia de Pepe fue dura. Hijo de una humilde familia de pastores del campo de Cieza, perdió tempranamente a su madre. Después vino la muerte de su hermano.

“Ambas muertes marcaron la vida de Pepe”, dice Agustín. Sin duda alguna una vida de carencias, pero de mucho afecto, impulsó a Pepe Marín a la radical convicción de que el socialismo se empieza construyendo una comunidad de afectos y emociones compartidas. De la soledad se sale construyendo políticamente fraternidad. La lectura del poema dedicado a su padre que hizo Isabel nos sumergió a las casi trescientas personas que estábamos allí en una comunión emocional.

El libro de homenaje, cuidadosamente editado, es otro destello de belleza: “Pepe Marín está Aquí” (Club Atalaya, 2024). En sus páginas, otro tejedor de fraternales, el catedrático de filosofía de la UMU, Francisco Jarauta, recuerda las dificultades que tuvieron los revolucionarios franceses de sumar la idea de fraternidad al célebre lema que inauguraría la entrada en la modernidad: Liberté, Égalité, Fraternité.

Antoni Domènech dedicó una obra deslumbrante al significado político de la fraternidad : “El Eclipse de la fraternidad” (Crítica, 2004). Surgida como parte del ideario republicano-democrático en la Revolución francesa se trataba de romper las ataduras con el despotismo patriarcal doméstico y estatal del Antiguo Régimen, para una vez rotas esas ataduras emergieran mujeres y hombres libres que se hermanaran como ciudadanos de pleno derecho de una nación emancipada, para hermanarse luego con el resto de pueblos emancipados de la Tierra.

Emanciparse de la tutela patriarcal era hermanarse. Esta tradición democrática, como demostrará Domènech, es la que continuó el socialismo obrero que identificó la pervivencia del viejo despotismo patriarcal en la relación del patrón con los trabajadores.

¿Qué queda de aquel mundo que una revolución conformó y que acuñó la idea de fraternidad para hacer saltar en pedazos las ataduras del viejo régimen de familias de sangre, déspotas autoritarios y jerarquías patriarcales? Apenas nos quedan los destellos.

En el mundo de hoy por todas partes se erigen autoritarismos patriarcales. Grandes corporaciones privadas, gobernantes autócratas y democracias corrompidas que pretenden disputar con posibilidades de éxito a la República el derecho a definir el bien público.

La crisis climática y planetaria es la principal amenaza de los pueblos de la tierra. Y sin embargo los nuevos déspotas patriarcales nos conducen a la guerra en las llanuras de Ucrania, perpetúan un genocidio en Palestina e insisten en que hemos de prepararnos para una próxima confrontación bélica global. Frente a esto, necesitamos de un resurgir de la fraternidad.

Una humanidad emancipada y fraterna debe ponerse en marcha antes de que sea demasiado tarde para encarar la crisis climática. No podemos seguir dejando los destinos de la humanidad en manos de los multimillonarios de Silicon Valley, los imperialistas o los gobernantes autocráticos.

El feminismo es sin duda el gran continuador de la herencia de la fraternidad. España antes del feminismo era como esos siete empresarios murcianos que hace diez años fueron encausados por delitos de pederastia y violación de menores. El feminismo indica el camino a seguir.

El constitucionalista italiano Luigi Ferrajoli ha esbozado con rigor el nuevo bien público del pueblo republicano-democrático: “una constitución de la tierra”. Solo una humanidad hermanada y emancipada puede hacer realidad un demanio planetario, esto es, bienes y derechos de titularidad pública para la tutela de los bienes vitales de la naturaleza, que prohíban todas las armas como bienes ilícitos e introduzcan una fiscalidad e instituciones idóneas globales de garantía en defensa de los derechos de libertad y los derechos sociales para realizar el universalismo de los derechos humanos.

A mi alrededor tengo cuatro libros. El de “Pepe Marín está aquí”. El de “Violencia, Historia y Utopía” que editamos el año pasado como reconocimiento al historiador Alejandro García con motivo de su jubilación de las aulas universitarias. Muy cerca, “Poéticas del fragmento”, una antología de textos poéticos del filósofo Francisco Jarauta, seleccionados por un grupo de amigos para reconocer una trayectoria filosófica inigualable. Y, finalmente, el libro “Deshilando las desigualdades. Género, educación y trabajo”, una obra homenaje a la socióloga y profesora jubilada Lola Frutos Balibrea por el legado de su trayectoria investigadora y que hemos promovido desde el Departamento de Sociología de la UMU.

Pongo esto cuatro libros juntos en la estantería. Muy pronto se pondrán a dialogar entre ellos. No se me ocurre mejor forma de representar simbólicamente la fraternidad.

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