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Por qué mueren tantos niños en Gaza

Para ello, para bloquear la dinámica de reproducción, Israel ha decidido políticamente la aniquilación del mayor número de niños y niñas posible, además de aterrorizarlos con bombas de tonelada o tonelada y media sobre sus hogares y escuelas, destrozar sus familias, convertirlos en seres anómicos y desequilibrados psíquicamente por haber vivido el horror más extremo (hambruna, padres muertos, detención y encarcelamiento, etc).

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Asombroso ha sido escuchar, durante la pasada campaña electoral, al Sr. López Miras, presidente de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, disertar respecto a que un político debe distinguir entre personas “adecuadas” e “inadecuadas”. A continuación, López Miras achacaba al Gobierno español de preocuparse por las personas “inadecuadas”, dado que a su juicio son “talibanes” los millones de personas que viven en Gaza sometidas a un escarmiento sangriento por parte del Estado de Israel desde hace ocho meses de pesadilla.


Lo peor es que la ocurrencia del Sr. López Miras no será siquiera original, pues habrá tirado del “argumentario de partido” que todas las mañanas deben distribuirle. En cualquier caso, se trata de una visión del mundo que desciende al estado de barbarie pre-política al que quiere conducirnos la ultraderecha global con sus clasificaciones sobre lo que es legítimo e ilegítimo.


No es solo que Gaza haya sido atacada con una brutalidad manifiesta, sin proporcionalidad alguna, con F-16, helicópteros de combate Apache, buques de guerra, tanques Merkava y bombas de fósforo prohibidas internacionalmente, en las invasiones de 2009, 2012, 2014, 2021 y 2023. Es que, sobre todo, estas matanzas continuas en la Franja de Gaza están siendo posibles gracias a décadas de construcción de un consenso en torno a la ilegitimidad del palestino que no se comporta adecuadamente y cuya conversión en un infrahumano es el paso previo a la justificación de su legítima aniquilación.


Confieso que tras escuchar a López Miras siempre termina ocurriéndome que me viene a la cabeza aquella pregunta que le hicieran al escritor ruso Antón Chéjov sobre la naturaleza de las sociedades fallidas. Para Chéjov si la trivialidad hegemoniza las discusiones de una sociedad y si personas triviales ocupan un lugar central, entonces estaremos ante una sociedad muy fallida.


Afortunadamente un viaje a Barcelona por motivos académicos me permitió cenar una noche de fines de mayo con Joan Frigolé, catedrático jubilado de la Universidad de Barcelona y una de las grandes referencias vivas de la antropología ibérica.

Hace unos años un grupo de sociólogos murcianos decidimos recuperar las investigaciones emblemáticas que Joan Frigolé realizó en los años 70 sobre las familias campesinas de Calasparra, y que se plasmaron en un libro inolvidable: Un hombre (Muchnik, 1998). Esta historia de vida sobre las vivencias y estrategias de supervivencia de un campesino calasparreño, con la que retrató el devenir histórico de la sociedad murciana y española a lo largo del siglo XX, sigue siendo una obra antropológica de una enorme relevancia y calidad.


Gracias a varias actividades que hicimos con Joan Frigolé, en la Universidad de Murcia y en el Club Atalaya-Museo del Esparto de Cieza, mantenemos un vínculo y una amistad que posibilitó esa cena a la que hacía referencia, junto con su mujer, Rosa, y mi colega Antonio J. Ramírez. Joan a sus 80 años sigue siendo un hombre jovial, de conversación entusiasta e inteligente.

En algún momento de la noche sacó dos sobres que tenía preparados para nosotros con sendos artículos sobre la antropología de los genocidios étnicos. Joan, a inicios de la década del 2000, acongojado por las limpiezas étnicas en Ruanda y en la antigua Yugoslavia decidió extender sus investigaciones sobre la fecundidad y la procreación, objeto de su especialidad, a las dinámicas genocidas entre grupos humanos a lo largo de la historia. Ello le llevó a escribir otro importante libro en su trayectoria: Cultura y genocidio (ediciones de la Universidad de Barcelona, 2003).


Ahora, en esa cena de fines de mayo, nos hacía entrega generosamente de dos artículos fotocopiados sobre “genocidio y procreación” que había querido rescatar para que los leyéramos. “Nunca pensé, nos dijo apesadumbrado, que volvería a ver de nuevo un genocidio étnico”, refiriéndose a los terribles sucesos de Gaza.


Su tesis es que en un genocidio las cuestiones de natalidad y procreación siempre están presentes, y ello es lo que explica la violencia aniquiladora que se ejerce sobre niños y niñas, y también sobre las mujeres (reproductoras): “la eliminación sistemática de los niños es un elemento clave del genocidio, por cuanto los niños son el fruto de la procreación y representan la procreación futura. Esta eliminación se produce a través del asesinato al considerarlos como “la mala semilla” de una identidad negativa, pero también mediante el rapto o el robo y ambas acciones pueden ser complementarias” (Frigolé, 2003).


Con atino se ha calificado la matanza ejercida por Israel sobre la población de Gaza como “una guerra contra los niños”. Desde que Hamás ganara las elecciones en 2006, la población de Gaza se ha convertido en “inadecuada” (por utilizar el calificativo de López Miras), esto es, portadora de una identidad negativa, al encarnar la resistencia palestina a la política colonial y etnocida de Israel. En esta guerra, Israel quiere asegurarse que no va a suceder lo que ha ocurrido en guerras anteriores, esto es, la reproducción futura de la resistencia palestina.


Para ello, para bloquear la dinámica de reproducción, Israel ha decidido políticamente la aniquilación del mayor número de niños y niñas posible, además de aterrorizarlos con bombas de tonelada o tonelada y media sobre sus hogares y escuelas, destrozar sus familias, convertirlos en seres anómicos y desequilibrados psíquicamente por haber vivido el horror más extremo (hambruna, padres muertos, detención y encarcelamiento, etc).


Esta política bélica de Israel contra la población infantil tiene como objeto asegurarse e impedir en los años venideros la reproducción de la capacidad de resistencia de la población palestina. Un genocidio de manual: “el ataque al sistema de procreación es la expresión más explícita de la intencionalidad genocida” (Frigolé, 2003).

Cualquiera que lea la historia de la Palestina histórica desde mediados del siglo XIX se dará cuenta que las cuestiones de demografía y natalidad siempre han estado presentes en las difíciles relaciones entre las comunidades árabes autóctonas y las comunidades judías que fueron llegando conforme se consolidaba el proyecto sionista de creación de “un hogar nacional judío”. Para Israel, la mayor tasa de natalidad de los árabes se vive con temor. Por ello la procreación ha recibido una atención política prioritaria como cuestión de seguridad nacional. Y ahora, lo estamos viendo ante nuestros ojos, se ha convertido en objeto de genocidio.


¿Somos una sociedad fallida?, por retomar la pregunta que le hicieran a Chéjov. Lo somos, sin duda. La complicidad europea y norteamericana con el televisado genocidio palestino nos convierte exactamente en eso.

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