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Bajo los adoquines; ¡Hay un club de lectura!

Quizás la dimensión realmente trasgresora de la lectura resida hoy no tanto en su ejercicio individual, como en la capacidad de generar espacios colectivos, populares y republicanos.

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Cualquiera que conozca Buenos Aires no habrá de extrañarse de un club de lectura en el que hombres y mujeres se reúnen periódicamente, en una de esas cafeterías antiguas maravillosas de San Telmo, para leer en voz alta “En Busca del Tiempo Perdido” de Marcel Proust.

Es una lectura desde el principio hasta el final y vuelta a empezar, y así durante 20 años. La película de María Álvarez, “El Tiempo Perdido” (2022) es un hermoso homenaje a esta iniciativa que nació, y no por casualidad, en 2001 (en otro momento de crack de la ciudad).

Ahora que el presidente Javier Milei ha aprobado la denominada “Ley de Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos”, 232 artículos dedicados al desmantelamiento sistemático de las propiedades y protecciones colectivas, con la que de nuevo Buenos Aires se sumergirá en un mundo dickensiano de pobreza y necesidad, a buen seguro que el orgullo de esta ciudad se manifestará en mil iniciativas culturales con las que mostrar su vitalidad y capacidad de resistencia al envite del poder. Y en el club de lectura se leerá, con más empeño si cabe, a sabiendas que siempre hay que buscar el tiempo perdido.

En una conocida y heroica librería de Cartagena, se reúne mensualmente un club de lectura. Un buen día, no hace mucho, durante el periodo electoral reciente, les tocaba comentar “Soy Milena de Praga”, de Monika Zgustova (2024). Para sorpresa de todos los tertulianos habituales, ese día se presentó el concejal de Vox del Ayuntamiento, con un fotógrafo. La librería hacía tiempo que había manifestado que, con la entrada de la ultraderecha en el Gobierno Municipal de la ciudad, la alcaldesa del PP había cruzado una línea roja, por lo que manifestaban su rechazo a participar en cualquier acto cultural del ayuntamiento.

Sabiendo esto, es fácil deducir que la presencia aquel día del concejal de Vox en el club de lectura no se debía, precisamente, a su gusto por los avatares de Milena y Kafka en la Praga de los años 20. Es más, sus comentarios a lo largo de la sesión fueron más bien burdos, banalidades sobre si Milena era feminista o comunista y parecían más bien destinados a provocar a los contertulios o al mismo librero. Desde luego, el fotógrafo esperaba con impaciencia cualquier reacción airosa contra el concejal, en la que afortunadamente no incurrió ningún participante (para frustración del concejal). Me dicen que este tipo de actuaciones de cargos de Vox están siendo habituales en muchos clubs de lectura y librerías.


Seguramente sin quererlo, o quién sabe, el artículo del escritor Alberto Olmos contra los clubs de lectura (en El Confidencial, 27 de mayo), debe haberse convertido en un texto inspirador para la cruzada de Vox. Para Alberto Olmos “un club de lectura es una pequeña dictadura comunista”. Es más, se trata de “una degeneración periódica del acto de leer”. Porque leer es un acto individualista: “el mejor lector es aquel que ha conseguido no poder hablar con nadie de los libros que lee, porque sólo a él le interesan”. Inclusive Olmos entreve que los clubs de lectura son una pérfida estrategia feminista, pues dado que en los mismos participan fundamentalmente mujeres, entonces se derivan críticas “contra los hombres”: “los hombres siempre están haciendo algo mal, por ejemplo, quedarse en casa leyendo un libro”.

La lectura en soledad, dice Olmos, “es hoy un acto revolucionario”. Lo cual sintoniza con aquellos que han venido asegurando que “el fascismo se cura leyendo”. La falsedad de este tipo de promesas se demuestra rápidamente con el fabuloso libro del historiador Christian Ingrao, “Creer y destruir” (Acantilado, 2017), donde se analiza cómo la nación más culta y leída del mundo dotó de intelectuales a los órganos de represión del Tercer Reich… “eran juristas, economistas, filólogos, filósofos e historiadores”.

Quizás la dimensión realmente trasgresora de la lectura resida hoy no tanto en su ejercicio
individual, como en la capacidad de generar espacios colectivos, populares y republicanos.

En la ciudad en la que vivo, Murcia, la librería de Traperos está generando una estimulante vida literaria alrededor de su club de lectores y la presentación de libros. Lo mismo se podría decir de la reciente celebración del festival feminista Demoleer. Son solamente dos ejemplos de la potencia de la lectura en colectivo.

No me cabe ninguna duda de que, en esa ciudad tan querida, Buenos Aires, a cada brutalidad
institucional de Javier Milei, se le responde con la resistencia de un colectivo alrededor de un libro.
En nuestro contexto, el neofascismo se despliega por Europa sin tapujos, ¿y si resultara que finalmente lo que había bajo el asfalto de la barbarie era un club de lectura?

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