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El Bando del entierro de la huerta

Lo más desolador de todo no es la destrucción, que es irreversible y dolorosísima; la peor parte es que a la población se la trae al pairo, hay una parsimonia y una ceguera de las gentes de esta Región y, particularmente, de Murcia, ante estos dislates y abusos al territorio que pareciera que no tienen sangre, sino limonada.

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No todas las partes del mundo pueden presumir de tener unas fiestas llamadas “de Primavera”, y mucho menos aún que sean de Interés Turístico Internacional. Empezando por ahí, ya tenemos tela que cortar.

Que en la Región suele brillar el sol no es ningún secreto, y ello favorece que se haga mucha vida en la calle, como los desfiles, tanto religiosos como paganos ¿Qué les puedo decir yo? Pues que nací aquí, y como mi tierra que es, tengo sentimientos encontrados cada vez que hay celebraciones y desfiles: unas muy buenas y reconforantes y otras, basadas en la reflexión, que me duelen y me hacen reflexionar mucho, me explico.


Sobre lo bueno, históricamente en la ciudad de Murcia han sido dos semanas de vacaciones que vives desde niño hasta la vejez (si puedes) y que se disfrutan mucho de un evento a otro. Se ve a los amigos y la familia, por norma general, y si perteneces a algún colectivo (cofradía, peña, grupo sardinero), pues te encuentras y festejas con gusto.


Sobre aquello que es negativo, queda la imagen que se pudieron llevar quiénes visitaran la ciudad este pasado martes y surcaran por las calles del casco histórico. Apenas pasé diez minutos por ahí y encontré a mi paso: interminables arroyos de orines, botelleos infinitos, numerosos cristales y cuellos de botella desgajados, mobiliario público tumbado o destrozado, vómitos, escenas explícitas de sexo y un espacio público tan congestionado y comprometido que ni Indiana Jones hubiera podido cruzar sin despeinarse ¡prueben ahora con una anciana en silla de ruedas, un carricoche, de la mano de varios hijos e hijas o incluso si calzas las típicas esparteñas “esponjosas” para todo tipo de fluidos!

Personalmente, y como docente, me gusta explicar que hay dos facetas del Bando que no han de ser incompatibles ni contrarias: una tradicional representada en el desfile típico costumbrista y la otra, de vestirse y salir la calle a tomar jardines y plazas para comer y disfrutar haciendo del espacio público una interpretación de la “huerta social”.

Sin embargo, viviendo lo aquí narrado hay que preguntar, ¿alguien no ha entendido bien de qué iba esto del Bando de la Huerta? Nos ofendimos hace pocos años porque en “España Directo” salían jóvenes vomitando y orinando en la calle, pero no se tomó medida alguna… Hay quién esperará todavía a que por generación espontánea se solvente el caos.

No quería hablar yo de las posibilidades y realidades del bando tanto como de la verdadera huerta, el legado árabe que nos quedó de la presencia musulmana y de la distribución del agua que hicieron para aprovechar al máximo nuestro río Segura.

Podemos hacer un símil entre la huerta de Murcia y La Manga del Mar Menor:

  • Ambas podrían ser un referente internacional por su singularidad (y no lo son, ni van a serlo salvo que haya un giro de 180º)
  • La historia de formación geológica de La Manga y de conformación histórica de la huerta son asombrosas y milenaria.
  • Sus paisajes espectaculares están sucumbiendo día a día por la urbanización masiva y de entidades “poco preocupadas” (o nada) por el paisajismo y la conservación.
  • Ni se ha restaurado ni hay planes para recuperar su patrimonio original y propio: los molinos de La Manga o la estación de telegrafía de Cabo de Palos, los molinos de la huerta, sus ceñas, casas torre, caserones y norias. Quedan muy pocas y están ruinosas.
  • Eran una seña de identidad para Cartagena, La Manga, y Murcia, la huerta, respectivamente, y la están dejando perder.
  • Se celebran con opulencia y exceso durante un tiempo breve y luego se olvidan. El verano a tope para La Manga, en julio y agosto, pero se invierte cero o no lo suficiente para solventar sus problemas durante los otros diez meses. En Murcia, nos rasgamos las vestiduras por el Bando de la Huerta como si lleváramos el zarangollo en el plasma sanguíneo, pero después “Huerta, si te he visto no me acuerdo”.
  • Una huerta viva y productiva podría producir verduras y frutas de proximidad a un radio de 3 millones de habitantes, pero decidimos urbanizarla. La Manga podría haber traído turismo los 366 días de este año, y podría ser un caladero de bancos de peces y un paraíso para tortugas marinas y cetáceos, pero decidimos abarrotarla de chalets y torres de edificios.

La Región de Murcia no necesita a Thanos el Titán, némesis de Los Vengadores, para acabar de un chasquido de dedos con la mitad de la población o sus ecosistemas, aquí lo hacemos nosotros mismos.

Lo más desolador de todo no es la destrucción, que es irreversible y dolorosísima; la peor parte es que a la población se la trae al pairo, hay una parsimonia y una ceguera de las gentes de esta Región y, particularmente, de Murcia, ante estos dislates y abusos al territorio que pareciera que no tienen sangre, sino limonada.

Si usted cree que exagero, le invito a visitar la huerta de Murcia en distintos puntos:

  • El Molino de Funes o de las Cuatro Piedras, a menos de 3 kilómetros de la Catedral de Murcia, al poco de acabar El Malecón. Está ruinoso y apenas se distingue el color rojizo de su fachada ni se sostiene en pie, a pesar de que hemos ido perdiendo los 38 molinos catalogados que había en torno a la vasta campiña murciana.
  • El Huerto de San Blas, cuna de Antonete Gálvez, es hoy apenas dos muros. Junto a este histórico enclave se han construido un hipermercado y un tanatorio, perfecta metáfora del consumismo frente a la cultura propia y de la muerte…de la huerta.
  • El Esparragal, ampliamente entubado en gran parte de sus acequias.
  • El hormigonado de la acequia Benetúcer en Llano de Brujas
  • Las diversas construcciones y el crecimiento de la ciudad en torno a la pedanía de Monteagudo.
  • La pérdida de arbolado y urbanización del entorno de las ruedas como La Ñora y Alcantarilla.
  • Y tantos y tantos casos.

Para comprobar cómo es la “mentalidad murciana”, no hay más que leer la noticia publicada por La Verdad de Murcia el 16 de mayo de 2008, ya en el siglo XXI, en la el titular anunciaba “La Junta de Hacendados entubará todas las acequias en dos años”, ¡Menos mal que en la Región una gran parte de los anuncios que se hacen no se llevan a cabo, si no habría sido una catástrofe!


La huerta tiene soluciones pero han de venir desde una perspectiva de conservación, de movilidad, de habitabilidad de los que ya vivían en la huerta y de futuro para el ecosistema, el paisaje y la red de acequias. No vale anunciar proyectos bonitos como “la calle de la Acequia” o “riacho de la Morda” si no se van a ejecutar de forma inminente en un plazo de entre tres y seis meses, porque eso es poner la miel en los labios para nada.


El territorio se protege con decisiones y con actuaciones inmediatas:

  • Crear manzanas de circulación en la huerta.
  • Revegetar los carriles.
  • Abrir acequias y bordearlos con vallados de madera y piedra.
  • Crear carriles de movilidad prioritaria de bicicletas y otros vehículos de movilidad personal (VMP), como patinetes.
  • Estructura líneas de autobuses con paso prioritario único por determinados carriles.
  • Fomentar una red de cultivos locales y de mercados que se abastezcan de él.
  • Reintroducir pequeños mamíferos en zonas recuperadas (erizos, lirones, zorros) como la Contraparada.
  • Fomentar la arquitectura tradicional (casa torreón, casa con lomera, barracas).
  • Establecer un mínimo de parcela que deba ser cultivable (entre un 80-85%).
  • Rotular las acequias y señalizar su historia y recorrido.
  • Y tantas y tantas posibilidades por potenciar.

Para crear la Huerta de Murcia que todos queremos hay que escuchar mucho a las personas de las peñas huertanas que mantienen vivas las tradiciones, pero también a aquellas personas que con titulaciones como biología, ciencias ambientales, turismo u otras ramas de la ecología, conocen, aman y respetan el patrimonio natural único que tenemos entre manos; sin olvidar a los historiadores, resturadores, etnólogos, historiadores del arte, arquitectos y demás profesionales que pueden recuperar los “verdaderos cimientos” en los que se sustenta la huerta.


No podía acabar sin hacer un llamamiento a una renovación de cargos en las instituciones relacionadas con este ámbito. Por el bien de todos, escuchen también a las nuevas generaciones y recopilemos todo lo que sea útil y necesario de nuestros sabios ancianos antes de que desaparezcan,… como está ocurriendo con la huerta. Por nadie pase.

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