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3ª entrega de "Las aventuras de Don Lopejote de la Cagancha"

De lo que aconteció a Don Lopejote en el lupanar que tomó por venta

...Y al cabo de un trecho arribaron a una área de servicio en la que sólo había una gasolinera y un edificio lleno de neones de vivos colores, con un muy explícito rótulo, La Almeja Jugosa, sobre lo que aquel local ofrecía

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Baldado dejamos al pijodalgo tras su aventura con los molinos, a los que él en su ardor patriótico, abonado por el tintorro, creyó gigantes catalanes a quienes hacer pagar sus amnistías.

La fenwick quedó siniestro total y don Lopejote no podía quitarse ni la armadura ni el yelmo. Hubo de emplearse a fondo Rasca Panza para con un ruin abrelatas ir liberando algunos miembros de su señor, mas con la celada fuéseles imposible. Sí que consiguió abrirle una abertura por donde meter una caña y conectarla a la bota, por la cual pudiera dar suelta el pijodalgo a su infinita sed de morapio.

Administró Antonancho ungüentos con crema de árnica y veneno de abeja a los miembros de su amo.

-Has de saber, amigo Antonancho, que aquesto que me aconteció fue todo embrujo de mi archienemigo Perro Sánxez. Al haber descubierto nosotros el gigantesco ejército de catalanes separatistas que querían invadir la Cagancha… Habiéndolo acometido yo solo contra mil a bordo de mi rocín, con tan fiera resolución que me llegaba el hedor de Puigdemontín haciéndoselo encima al verse descabezado por mi toledana. Digo, en tal coyuntura mi fama habría besado las estrellas y cuantas Ayuseas e Isabelas pueblan el orbe se me habrían ofrecido despatarradas. El vil Perro Sánxez convirtió a esos catalanes en simples molinos para eclipsar mi fazaña.

-Pedazo de hostión os disteis.

-Calla, calla, dame ahora friegas con alcohol de romero y pásame una bota del de Yecla, que calienta más y va haciendo ya frío.

-El vino es la luz del sol unida por el agua.

-El vino es la leche de los ancianos y el bálsamo de los enfermos. Echa vino, caporal, que la vamos a liar.

En esto oyeron un estruendo de un motor de un vehículo pesado. Asomóse tras una retama Antonancho y vio que por la vereda se acercaba un tractor cuajado de banderas nacionales y no tanto.

-Voto a tal, mi señor: es uno de los que participaron en la encerrona del otro día, donde casi le zurran tres sopapos. Lleva la bandera con el pollo y la del partido moco. Aquí se la componga vuesa merced, yo me planto ante él con el brazo en alto y una mata de pelos asomando por la pechera de la camisa.

Fizo así el escudero rebuznando gritos a Franco y arribas a todo lo que se meneara. No se privó de denunciar que bajo aquella encina yacía apaleado el no muy ingenioso gobernador, que se había vendido a la Agenda 2030 y trabajaba a las órdenes de los ecologetas. Si no hubiera sido por su culpa haría lustros ya que el Mar Menor sería el Mar Muerto, el sueño húmedo del agrocaciquismo nacional.

Paróse el conductor del monstruo y por su voz diose a conocer que era un mojamé, un moro de los que trabajaban los invernaderos.

-Paisha, el tractor no ser mío, ser del amo. Yo sólo conducirlo para dar la matraca y apalizar a algún que otro guardia civil, a los que mis amos les tienen manía por ponerles multas a cascoporro y no consentirles mamoneos. Por cada guardia que descalabremos nos dan 30 euros. Hoy darme también un vale para un casquete en La Almeja Jugosa. Nos lo hemos ganado por la tractorada contra Sánxez. Si queréis os monto en el remolque y os llevo.

Así lo hicieron y al cabo de un trecho arribaron a una área de servicio en la que sólo había una gasolinera y un edificio lleno de neones de vivos colores, con un muy explícito rótulo, La Almeja Jugosa, sobre lo que aquel local ofrecía.

-Albricias, Antonancho, los hados nos son propicios y nos llevan a una venta, especializada en marisco. Nos vamos a poner las botas.

-Pero guárdese de pedir langostinos del mar chico: cualquiera se atreve a comerlos después de cómo los han dejado los de los nitratos. Si quedan algunos, serán zombies.

-Ésos se los vendemos a los catalanes, no sufras, o a los japoneses. Nosotros nos pediremos almejas de carril o gambas de garrucha. Pagaremos con la tarjeta del contubernio si es que tuvieran la mala fe de queremos cobrar. En cuanto reconozcan mi egregia figura, comeremos a pajera abierta de balde.

-Como ha de ser siendo quienes semos. Pero, mire vuesa merced que aquesto de aquí no es una venta marisquería, sino un putiferio.

-No digas animaladas, zopenco.

Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido. Vio a las dos distraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. Era la una más fea que picio, con un ojo mirando a Alicante y el otro a Badajoz. La otra tenía uno de cada cuatro dientes y las greñas tan alborotadas y rasas que la asemejaban a una infernal graya. Don Lopejote, que se estaba poniendo Lopito tras haber vaciado 4 botas, coligiendo que las furcias estaban atemorizadas por su temible presencia, alzándose la visera y descubriendo su polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo:

-Non fuyan las vuestras mercedes, ni teman desaguisado alguno; ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.

Oyéndose llamar doncellas las busconas estallaron en una caballuna carcajada. Lo ayudaron a descender del remolque, le aprestaron un sillón en el porche y se pusieron a lavarle los pies y curarle las heridas, mas no consiguieron liberarlo de la celada. Éste, agradecido por sus cuidados, les dijo con mucho donaire:

-Nunca fuera caballero / De damas tan bien servido / Como fuera don Lopejote /
Cuando de su aldea vino: / Doncellas curaban dél; / Princesas, del su rocino.

En oyendo llamar doncellas y princesas a las busconas estalló en sonoro rebuzno Rasca Panza, rebuzno que su amo sajó estampándole en los morros una jarra de vino y llevándose con esto tres muelas.

En oyendo llamar doncellas y princesas a las busconas estalló en sonoro rebuzno Rasca Panza, rebuzno que su amo sajó estampándole en los morros una jarra de vino y llevándose con esto tres muelas.

-No hagáis caso, fermosas doncellas, del animal de bellota de mi escudero. Siete años ha estado matriculado en diversas universidades, con todos sus días y noches, y no ha conseguido culminar ningún estudio.

-¿Pa qué quiero yo graduarme en algo, si gracias al peloteo, gano ya mucho más que algunos de los estreñíos que me dieron clase y no me quisieron aprobar, a pesar de las cajas de tomates que les llevaba?

Despidiéronse las coimas alegando que tenían que prepararse la almeja para el servicio de noche. Sintiendo don Lopejote la gazuza en el estómago, pidióles que les trajeran dos docenas de almejas.

-Dos docenas dice el fantasmón. Si a lo mejor no podéis comeros ni una, tan jugosas las tenemos todas las de esta casa.

-Con un buen chorrico de limón no hay almeja que se resista.

-Limón le vas a echar a tu longueirón, pasmao.

Fuéronse las barraganas. Don Lopejote hizo propósito de velar su sueño y de no dejar que nadie las incomodara, por mucho que Antonancho porfiara en que aquello era un burdel y el tránsito de camioneros y otros conductores sería contínuo.


Aparcó en esto uno de esos tráileres que parece más tren que camión. Bajóse de él un pedazo de armario con columnas a modo de brazos y pilares por piernas, un pecho que ni dos hombres podían abarcar y un cuello que a un toro espantaba. Calaba una txapela en la que podía tomar un baño un infante. Don Lopejote plantóse ante él y lo invitó a seguir camino.

-¡Anda la hostia! Ahora se me pone delante este espantajo a joderme la marrana. Alde eizu paretik!
Oyóle don Lopejote y al pronto colegió que era vascuence, lo cual desató sus demonios y comenzó a gritar mientras intentaba desenvainar su estoque.

-¡Bilduetarra, que te vote Txapote, terroris…!

No pudo terminar sus soflamas pues de un hostión el vascuence reventóle el yelmo cual chirimoya y púsolo mirando para Alcantarilla con la cara, con el pie diestro a Archidona y el siniestro a Calatayud. Antonancho, que al ver al mostrenco se había escondido cual rata ruín, cuando al cabo salió el vasco, ya saciado de almejas, y alejóse con su camión, salió de su escondrijo y se puso a buscarle los dientes que el gorila le saltó. Halló algunos a media docena de metros.


-No sufráis, mi señor, que los llevaremos todos a un amigo veterinario y os hará una dentadura nueva. Los que os falten los sustituirá por unos de burro. Vais a ser el garañón más guapo de la Cagancha.

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