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Don Lopejote de la Cagancha

Por estas cosas que sólo pasan en una región tan patatera como la Cagancha vióse el pijodalgo investido gobernador de su ínsula. A quienes desde los pañales lo conocían causóles gran pasmo. De sobra sabíanlo más gandul que el suelo, que si a algo había llegado era por haberse ajuntado a un popular contubernio de facinerosos, oligarcas y meapilas

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En un lugar de la Cagancha, de cuyo nombre vergüenza me da acordarme, no ha mucho tiempo que pacía un pijodalgo de los de panza en ristre, pachorra antigua, magín flaco, muy poco corredor.

Una olla de pelotas con más vaca que carnero, chuletón las más noches, pulpo y caballitos los sábados, arroz con pava de su pueblo de añadidura los domingos consumían las tres partes de su hacienda.

El resto della concluían los buenos caldos de su ínsula, que por hectolitros trasegaba, y cuantos espirituosos por delante le pusieran, más si era en los tugurios de los de su ralea, por sus chanchullos favorecidos, y, encima, lo convidaban. Tal fama habían alcanzado sus melopeas que en ciertos conciliábulos comenzaban a llamarlo Lopito Tabernas. Frisaba la edad de nuestro pijodalgo con los cuarenta años; era de complexión recia, rechoncho de carnes, inflado de rostro, poco madrugador y amigo de toros y caza.

Es, pues, de saber que este sobredicho pijodalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, no cogía un libro ni aunque lo forzaran. Gastábalos en jaranas con sus amigotes y en cuanto empeño lo mantuviera alejado de los despachos o doquiera hubiera algún tajo que facer.

Por estas cosas que sólo pasan en una región tan patatera como la Cagancha vióse el pijodalgo investido gobernador de su ínsula. A quienes desde los pañales lo conocían causóles gran pasmo. De sobra sabíanlo más gandul que el suelo, que si a algo había llegado era por haberse ajuntado a un popular contubernio de facinerosos, oligarcas y meapilas.

Medró en éste no por su valía ni empeño (hacía gala de su holganza y la santificaba), sino por haber lamido cuantas rabadillas halló. Campechano y generoso, una vez investido gobernador, favoreció a cuantos vagos, tanto que no habían culminado ningún estudio, a su paso encontró: si él, siendo un zote y debiéndole el puesto a un mangante que hubo de poner tierra de por medio en cuanto la justicia lo enfiló, había llegado a lo más alto, esos zopencos, aún más desmañados, también tenían derecho a parasitar el erario sin pegar ni golpe.

Los lustros de mangoneo del popular contubernio habían convertido esta ínsula de la Cagancha en un antro de latrocinio, caciquismo, capillitas, incultura y cerrilidad. Tales eran sus ansias rapiñadoras que los de las cofradías de maleantes, monipodios y cortes de los milagros los denunciaron ante las autoridades por competencia desleal. Antes de que éstos convirtieran la Cagancha en un albañal, decíase en todo el reino “mata al rey y véte a la Cagancha”. Ahora se había popularizado, para deshonra de los honestos, “vuélvete un judas, traiciona hasta a tu madre, vete a la cagancha y allí te hacen consejero, diputado o bedel”.

Las pocas ganas de obrar de don Lopejote y sus escuderos tenían a su ínsula sumida en la miseria y oscurantismo. Aliviaban su mala conciencia invitando a comer a pajera abierta, a costa del fisco, a sus conciudadanos en festividades rumbosas sin ton ni son. Organizábanles procesiones, desfiles, corridas de toros y algún que otro auto de fe donde le ponían el sambenito a cuanto rojo o díscolo osara hacerles frente. Maldecían las ordenanzas que prohibían quemarlos en la hoguera, mas no perdían la esperanza: habían colocado en su gobierno a otro conventículo fundamentalista, más papista que el de Roma, que bogaba con uñas y dientes por la restauración de la Santa Inquisición y sus no menos santificantes hogueras.

Para hacer mérito ante su camarilla en la capital del reino y lograr su ansiado sueño de que lo mandaran a los madriles como senador o a Europa como diputado, a fin de seguir rascándose la sementera de por vida, tal y cual habían hecho otros igual de ineptos, don Lopejote calzó espuelas. Lanzóse a los caminos, vestido con su tosca indumentaria (gustábale llevar prendas varias tallas inferiores a la que debía, lo cual amenazaba la integridad de sus acompañantes en caso de que algún botón no pudiera seguir sufriendo el amorcillamiento). Fízose paladíndíndón para desfacer cuantos entuertos su mortal enemigo, el pérfido encantador Perro Sánxez, ficiera.

Socorrer a la Hispanidad contra la alevosía catalano-vascongada convirtiose en su lema. Todo lo que fuera para no ponerse a trabajar y sacar a la Cagancha del estercolero en el que los suyos la habían metido.

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