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Blade Runner

En estos días, a Murcia sólo le ha faltado una permanente cortina de lluvia ácida para parecerse a aquella ciudad de Los Ángeles de noviembre de 2019 que retrató Blade Runner.

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Cuando estas líneas lleguen a vuestros ojos, ya habrá pasado todo. Habrá pasado el día de Reyes y la amenaza habrá terminado. Si leéis esto, querrá decir que habéis sobrevivido. Pero yo, que no me fio, seguiría en mi búnker con mi perrita y mi familia algunos días más, por si acaso; por si aún hoy queda un nuevo redoble de tambor, una coda piromusical, un remate literal (matar de nuevo al muerto, si eso fuera posible) que ponga la merecida guinda al hedonismo histérico más surrealista que hayan visto nuestros ojos en esta santa y a la vez herética ciudad.

Quizá todavía nos quede en la recámara otro evento sensorial inmersivo que vuelva a convertir a Murcia en el epicentro de una forma de vivir y de una forma de celebrar descarnadas, a pecho lobo descubierto, como si no hubiera un mañana. Como si estuviéramos bajo los efectos de drogas duras muy psicodélicas.

En fin, que supongo que ya han acabado (por fin) las fiestas patronales de Murcia, la Navidad, que este año, al igual que pasó con la última Feria de Septiembre, ha vuelto a nuestras vidas después de un supuesto secuestro bolchevique; después de dos años, parece ser, de infierno rojo. Esa es la línea publicitaria a la que se ha adscrito en todos sus eslóganes el Gobierno municipal salido de las urnas en 2023: Vuelve la feria, vuelve la Navidad, vuelve a soñar… Incluso en uno de los saraos programados, en la movida esa del relojero de la Glorieta, me comentaron que una ‘voz en off’ se refirió a aquel periodo de dos años que, por fortuna, ya había acabado.

Hay que ver. Es una pena que en aquel tiempo no fuera yo consciente de dicho infierno. Es una pena que pasasen delante de mis narices sin darme cuenta esos dos años en los que, según el pepé ‘molecipal’, se nos obligó a no celebrar la venida al mundo (¿en Belén o en Murcia?) del niño Jesús, ni la tradicional feria comercial que instauró Alfonso X en nuestra ciudad en 1266. No tuve yo esa sensación, la verdad. Sí que recuerdo que no se puso el inmenso y carísimo palo con luces en la maltrecha Plaza Circular, y creo recordar que tampoco hubo petardos todos los (putos) días. Pero por lo demás, no recuerdo que esto fuera una dictadura del no-celebrar. El relato.

Sin embargo, en esta ocasión sí que he tenido yo picores dictatoriales. En honor de verdad, me lo esperaba, viendo que han vuelto al poder como si les hubiese mordido una araña radiactiva. Ya lo dijo aquel: nadie como ellos para organizar festejos. Lo cierto es que en estas navidades sí que he notado empujones en la espalda, opresión en el pecho y una angustia constante, hasta el punto de verme forzado a usar esa palabra tan de moda en los últimos tiempos: ‘distopía’. En estos días, a Murcia sólo le ha faltado una permanente cortina de lluvia ácida para parecerse a aquella ciudad de Los Ángeles de noviembre de 2019 que retrató Blade Runner.

Blade Runner es un ejemplo más de esas películas que pasan desapercibidas en su momento, o que incluso son señaladas como mediocres o decepcionantes, y que luego el tiempo y la gente las convierte en lo que llamamos ‘cine de culto’, y, oye, que resulta que eran mucho mejores de lo que se pensó inicialmente. Dentro de lo que Blade Runner nos mostró, está esa forma magistral de usar todos los elementos del lenguaje cinematográfico para transmitir un mensaje, y la creación de una atmósfera que va de la mano de la historia, de la emoción y del mundo interior de los personajes.

Leo lo siguiente en un artículo de Tomás Fernández en la web ‘Cosas de arquitectos’: “En el ambiente de Blade Runner aflora una oscura sensación de opresión y frustración que nos transmite Ridley Scott mediante el constante ruido de cláxones, gritos, gases y las proclamas publicitarias en una ciudad marcada por un urbanismo caótico y decadente”. Después de leerlo, pienso en el director de la película de Murcia, en sus colaboradores necesarios y en nuestra ciudad como su juguete y su decorado. Y en el presupuesto desmesurado del filme que tendremos que pagar de nuestros bolsillos, claro. Poco se habla de eso.

Pero el ambiente de Blade Runner no es pura estética: es el reflejo de una sociedad corroída, de una de una ciudad poblada por personas que no sienten ni padecen; que viven ajenas a sentimientos y emociones y que hace tiempo que se entregaron al consumismo y al trance para no tener que pensar, todo ello alentado por un sistema que no quiere que piensen, que sólo quiere que consuman. Mientras, un pequeño grupo de ‘replicantes’, robots creados por las personas para servirles y que tienen muy corta existencia, se revela contra el mundo. Los replicantes son lo que los humanos deberían ser: seres ‘sintientes’, auténticos humanos que quieren vivir y no verse sometidos.

Decía que aquella ciudad de Los Ángeles me recuerda a la Murcia navideña y viceversa, salvo por la permanente cortina de agua que cae en Blade Runner. Pero todo se andará: en algún momento, las partículas cancerígenas que flotan en nuestro aire se precipitarán de forma líquida sobre nuestras cabezas, moriremos, y todos nuestros eventos sensoriales y piromusicales se perderán como lágrimas en la lluvia. ¡Feliz año!

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