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La falsa promesa

En el campo político la mentira suele utilizarse en el seno de una estrategia premeditada e insidiosa de falsear la realidad, algo bastante habitual entre los elegidos. Sin embargo, incumplir una promesa es mucho más. Es dejar sin contenido la palabra dada, reconocer que la palabra no vale nada. Y eso, duele.

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Hace unos días cayó en mis manos el excelente ensayo “El tiempo de la promesa” de mi admirada Marina Garcés. Leyendo y subrayando algunas de sus reflexiones comienzan a saltarme alertas en el móvil. Todo el mundo anda preocupado por los movimientos de ruptura de una formación que había nacido para asaltar los cielos. No entiendo tanto alboroto. Estamos ante una profecía autocumplida.
Volviendo a mi lectura no puedo dejar de encontrar similitudes entre el texto que me absorbe y la citada noticia viral, la misma que será fugaz en pocas horas. A todo se acostumbra el vulgo, pensarán…

Dice Garcés que las promesas incumplidas son la fuente de buena parte de las patologías de nuestro tiempo ¿será que tenemos que empezar a medicarnos contra la mentira por el poder? Afortunadamente, no todo el mundo se infecta. Hay quién deja el poder para no mentir. Entonces ¿qué pasa por la cabeza de quién se queda al mando a sabiendas de su débil palabra? Probablemente, más que pensar declama ¿quién eres tú para merecer mis promesas?

En el campo político la mentira suele utilizarse en el seno de una estrategia premeditada e insidiosa de falsear la realidad, algo bastante habitual entre los elegidos. Sin embargo, incumplir una promesa es mucho más. Es dejar sin contenido la palabra dada, reconocer que la palabra no vale nada. Y eso, duele.

A veces, el poder etiqueta, encasilla y genera desigualdad. Como señala Garcés: “¿quién puede reclamar la promesa incumplida de un superior, de quien tiene más poder y más fuerza?”. En este punto, el texto que tengo entre mis manos me provoca rebeldía ¿por qué alguien sin palabra llega a tener poder? ¿por qué se deja en manos de cualquiera el poder de incumplir sus promesas? Esto tiene su miga, pues: “Sin confianza en la palabra dada, solo hay guerra total, ausencia de cualquier norma posible”.

Volviendo a mi lectura me encuentro con el apartado: “La promesa ilimitada”. La autora lo relaciona con el capitalismo, con la culpa y con la deuda. Pero, también con la enfermedad, pues ¿no es una promesa ilimitada la búsqueda de la felicidad a costa de la pastilla siguiente?

En política también hay promesas ilimitadas, aquellas que se dan sin matices, a lo grande, para después decirnos: confiad. Y de esa confianza, en ocasiones, surge el delirio. Necesitamos creer y lo hacemos. Necesitamos pensar que hacer una promesa y mantenerla implica continuar queriendo lo que una vez se quiso. Pero eso ya pasó, a veces pasa.

Para mayor gozo en mi lectura, la autora relaciona la promesa ilimitada con esa nueva compañera de viaje: la IA. Siguiendo a la experta Helga Nowotny en “La fe de la inteligencia artificial”, el texto nos explica como los algoritmos predictivos analizan patrones probabilísticos a partir de la lectura de una cantidad ingente de datos del pasado. Ese “pasado” no se cuestiona, sino que lo transforman en descripción de un futuro que se convierte en el único posible. Por tanto, ese algoritmo nos conduce a la “profecía autocumplida”, según Garcés. Aquí es cuando la cabeza me estalla. El circulo se cierra. Las profecías se cumplen. Entonces, los políticos auto proféticos ¿son reales? Tal vez solo sean entes programados para actuar de espaldas al futuro. La máquina mezcla hechos pasados y muta a ciertos representantes públicos en seres sin vínculo presente, sin compromiso y, lo que es peor, sin palabra.

Y como acabar este texto sin hablar de la traición, ese atributo humano que hace dar lo que somos a otro sin calibrar el peligro de dejar de ser quién prometimos. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión, es legítimo, pero una promesa libre y consciente debería ser, no un discurso aprehendido, sino una acción de la palabra que redefine los límites de lo que es posible. Citando a la autora: “las promesas que nos hemos hecho no son simples deseos de futuro ni proyectos más o menos negociables. Son nuestros comienzos, allí donde se inician las historias de amor, los rituales de amistad, el sentido de las luchas, los silencios de las familias. Las promesas son el punto ciego de las historias colectivas”.

Pero, desdramaticemos. Sin lugar a duda, hay lealtades que ni antes ni ahora merecen ser mantenidas.

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