Hay días en los que meterse en el Mediterráneo ya no sirve para refrescarse.
Este verano, la boya de Barcelona llegó a registrar 30,5 grados. En Tarragona se alcanzaron 30,7 grados. Y frente a l’Estartit, donde el termómetro no se queda en la superficie, se detectaron anomalías de casi cuatro grados a 20 metros de profundidad.
Son cifras excepcionales, pero lo verdaderamente importante no está únicamente en que el agua esté más caliente. Está en todo lo que ocurre después.
Porque cuando aumenta la temperatura del Mediterráneo también cambia la manera en la que se mueve el agua, disminuye la llegada de nutrientes desde las profundidades, se resiente el plancton, algunos peces encuentran menos alimento y determinadas especies acostumbradas a aguas más frías empiezan a tener dificultades. Es una cadena. Y algunas de sus consecuencias ya están apareciendo.
El Instituto de Ciencias del Mar, perteneciente al CSIC, ha reunido varias de estas evidencias en un análisis publicado este verano con un título muy gráfico: “El Mediterráneo en ebullición”.
No significa, evidentemente, que el mar esté literalmente hirviendo. Lo que los investigadores describen es una transformación progresiva que va mucho más allá de que podamos bañarnos en un agua unos grados más caliente. El Mediterráneo que conocemos está cambiando.
Un mar que acumula cada vez más calor
El primer cambio parece sencillo: sube la temperatura. Pero un mar más caliente no funciona exactamente igual que uno más frío.
Cuando la superficie acumula calor aumenta también la evaporación. Grandes cantidades de vapor de agua pasan del mar a la atmósfera y se modifica el ciclo del agua.
Al mismo tiempo, los investigadores han observado cambios en los grandes patrones atmosféricos que condicionan los vientos sobre el Mediterráneo.
Uno de ellos tiene que ver con la corriente en chorro subtropical, una extensa corriente de fuertes vientos que circula a gran altura en la atmósfera.
Un estudio publicado en 2025 en Progress in Oceanography analizó más de dos décadas de datos, entre 2000 y 2023, y constató que esa corriente se había desplazado aproximadamente 75 kilómetros hacia el norte durante el periodo estudiado.
Ese desplazamiento se relacionó con cambios en los vientos que actúan sobre el Mediterráneo noroccidental.
Vientos como la tramontana y el mistral desempeñan un papel mucho más importante de lo que puede parecer.
No solo mueven barcos, levantan oleaje o determinan si una jornada es agradable en la costa.
También ayudan a remover el mar. Y cuando pierden fuerza, esa mezcla disminuye.
El problema de un mar que deja de mezclarse
Para entender lo que está sucediendo basta imaginar un vaso con dos líquidos que no terminan de mezclarse.
Algo parecido puede ocurrir en el mar. El agua de la superficie, calentada por el sol y por unas temperaturas cada vez más elevadas, queda separada de las capas inferiores, más frías.
A este fenómeno los científicos lo llaman estratificación.
No significa que el Mediterráneo deje de mezclarse por completo, sino que aumenta la estabilidad de las distintas capas y se dificulta el intercambio entre ellas.
Las mediciones por satélite han permitido observar que este proceso está aumentando en diferentes zonas del océano y que está relacionado con el calentamiento de las aguas superficiales y con una menor velocidad del viento.
Puede parecer un detalle físico sin demasiada importancia para nuestra vida diaria. No lo es.
Porque desde las profundidades del mar llegan nutrientes imprescindibles para mantener la vida en la superficie. Si las capas se mezclan menos, esos nutrientes tienen más dificultades para ascender. Y ahí comienza uno de los cambios más preocupantes.
Menos alimento en la base de la cadena
En la base de buena parte de la vida marina se encuentra algo que normalmente no vemos cuando miramos el mar: el fitoplancton.
Son organismos microscópicos capaces de realizar la fotosíntesis y constituyen el primer escalón de muchas cadenas alimentarias marinas. De ellos dependen otros organismos pequeños. Y de esos organismos dependen peces más grandes.
Por eso cualquier alteración importante en el fitoplancton termina teniendo consecuencias mucho más arriba.
El estudio dirigido por Júlia Crespin, Jordi Solé y Miquel Canals analizó la evolución del Mediterráneo noroccidental entre 2000 y 2023.
Los investigadores encontraron una reducción del 40 % en las concentraciones de clorofila, utilizadas como indicador de la producción primaria marina.
El descenso coincidió con el desplazamiento hacia el norte de la corriente en chorro subtropical y con los cambios derivados en los vientos y en los procesos que favorecen el ascenso de nutrientes.
No se trata simplemente, por tanto, de que el agua esté más caliente. La investigación describe un cambio en el funcionamiento del ecosistema.
Menos viento favorece una mayor estratificación. Una mayor estratificación dificulta que los nutrientes asciendan. Y menos nutrientes significan peores condiciones para el fitoplancton. El problema continúa después hacia arriba en la cadena alimentaria.
La bacaladilla ya está acusando el cambio
Uno de los ejemplos más claros se encuentra en un pescado habitual en las lonjas y pescaderías españolas: la bacaladilla.
No es una especie exótica ni una desconocida para el consumidor.
Precisamente por eso ayuda a entender hasta qué punto un cambio aparentemente lejano puede terminar llegando a nuestra mesa.
La bacaladilla es un pez de aguas relativamente frías que habita en el Mediterráneo noroccidental y desempeña un papel importante dentro de la cadena alimentaria.
Come organismos que forman parte del plancton y, a su vez, sirve de alimento para otros peces, calamares y mamíferos marinos.
Un equipo del ICM-CSIC y de la Universidad de Girona ha estudiado qué está ocurriendo con esta especie.
Y uno de sus resultados resulta especialmente llamativo.
Los investigadores compararon ejemplares de principios de los años 2000 con otros correspondientes al periodo comprendido entre 2017 y 2022.
En los juveniles, las reservas energéticas habían caído alrededor de un 58 %.
En los adultos, en cambio, se mantuvieron mucho más estables.
¿Por qué afecta especialmente a los jóvenes? Por su dieta.
Los ejemplares juveniles dependen de pequeños organismos planctónicos particularmente sensibles al aumento de la temperatura.
Los adultos pueden alimentarse de presas mayores y con más grasa.
Es decir, disponen de más alternativas. Los jóvenes no.
Y ahí aparece un problema que va mucho más allá de que un pez esté mejor o peor alimentado.
Si los ejemplares jóvenes no consiguen acumular suficiente energía, la capacidad de recuperación futura de toda la población puede reducirse.
Los autores del trabajo señalan que este deterioro coincide con un calentamiento persistente del Mediterráneo noroccidental y con una menor productividad de la especie.
Del plancton a la pescadería
La cadena empieza a cerrarse. El desplazamiento de los patrones atmosféricos altera los vientos.
Los cambios en los vientos afectan a la mezcla del agua. Una menor mezcla dificulta la llegada de nutrientes.
La productividad marina disminuye. Algunas especies encuentran menos alimento. Y la pesca termina notándolo.
En el caso de la bacaladilla, el ICM-CSIC señala que las capturas en Cataluña han descendido de forma acusada durante las últimas décadas.
Los investigadores advierten además de que el calentamiento y la presión pesquera actúan conjuntamente, dificultando la recuperación de la especie.
Es precisamente uno de los mensajes de fondo que deja esta investigación.
Gestionar una pesquería ya no puede consistir únicamente en decidir cuánto pescado se puede capturar.
También hay que saber en qué condiciones están viviendo los peces.
Porque reducir las capturas puede no ser suficiente si al mismo tiempo cambia el ecosistema del que dependen. El clima se ha convertido también en una variable pesquera.
Un Mediterráneo cada vez más favorable a las especies de aguas cálidas
Mientras algunos habitantes tradicionales del Mediterráneo encuentran dificultades, otros organismos se benefician del nuevo escenario.
El ICM-CSIC señala que el aumento de las temperaturas favorece a especies mejor adaptadas a las aguas cálidas.
Es parte de un fenómeno que los científicos denominan tropicalización.
No significa que el Mediterráneo vaya a convertirse de repente en un mar tropical.
Describe un proceso gradual por el que especies amantes del calor ganan terreno mientras otras, propias de aguas templadas o más frías, pierden condiciones favorables. El resultado puede ser una modificación profunda de los ecosistemas costeros.
También afecta a las relaciones entre las propias especies: quién se come a quién, quién compite por el alimento o quién ocupa determinados espacios.
El cambio de temperatura no actúa sobre una sola pieza. Mueve muchas a la vez.
Las medusas encuentran un escenario favorable
Hay otro efecto mucho más visible para cualquiera que haya pasado el verano en la costa. Las medusas.
El ICM-CSIC relaciona las elevadas temperaturas del agua, junto con la reducción de algunos depredadores, con una mayor presencia de estos animales durante los meses de verano en las playas catalanas.
Su proliferación no es únicamente una molestia para el bañista. Puede afectar al uso de las playas y, por extensión, a una actividad tan importante para muchas zonas costeras como el turismo.
Es otro ejemplo de la conexión entre cambios ecológicos y consecuencias económicas.
Lo que ocurre bajo el agua no se queda bajo el agua.
También sufren los bosques del mar
El calentamiento está afectando asimismo a ecosistemas que cumplen funciones esenciales en el Mediterráneo.
Entre ellos están las praderas de posidonia y las comunidades de coral.
El análisis del ICM-CSIC señala que estas comunidades están sufriendo episodios de mortalidad relacionados con el calentamiento.
La pérdida tiene consecuencias que van más allá de la desaparición de determinadas especies.
Estos ecosistemas ofrecen refugio a numerosos organismos y ayudan a proteger la costa. Cuando se deterioran, esa protección también disminuye.
Un depósito de energía frente a nuestras costas
Hay además una consecuencia que se produce fuera del agua. Un Mediterráneo más caliente almacena más energía. Y esa energía puede pasar a la atmósfera.
El ICM-CSIC advierte de que un mar excepcionalmente cálido puede actuar como una fuente de energía y humedad cuando, después del verano, llegan masas de aire frío.
No significa que un Mediterráneo caliente produzca automáticamente una tormenta.
Para que se desarrollen episodios intensos intervienen muchos factores atmosféricos.
Pero disponer de agua muy caliente supone tener una gran cantidad de energía y humedad disponible para alimentar esos sistemas cuando se dan las condiciones necesarias.
De ahí que los investigadores relacionen la transformación del Mediterráneo no solo con sus ecosistemas, sino también con la exposición del territorio a precipitaciones torrenciales y tormentas muy intensas.
Las olas de calor marinas ya no son una rareza
El cambio tampoco se limita a un día excepcional de agosto. El ICM-CSIC dispone de un sistema específico para seguir las olas de calor marinas en el Mediterráneo.
Los científicos consideran que existe una ola de calor marina cuando el agua permanece anormalmente caliente durante al menos cinco días consecutivos y supera determinados valores respecto a los registros históricos de ese lugar y esa época del año.
El sistema utiliza datos de temperatura superficial del mar de Copernicus y registros desde 1982.
El seguimiento muestra que la tendencia de calentamiento superficial del Mediterráneo entre 1982 y 2019 alcanza en algunas zonas hasta 0,68 grados por década.
El propio servicio científico considera el Mediterráneo uno de los puntos especialmente sensibles al cambio climático.
Eso obliga además a los investigadores a cambiar la forma de medir qué es una ola de calor.
Porque si la temperatura media del mar sube continuamente, comparar el presente con una referencia fija del pasado puede llevar a considerar extraordinario algo que forma ya parte de un nuevo nivel de calentamiento.
Por eso el sistema del ICM-CSIC elimina estadísticamente la tendencia de calentamiento a largo plazo cuando quiere identificar los episodios verdaderamente extremos.
Es una distinción importante. Una cosa es el calentamiento continuado del Mediterráneo.
Y otra, los picos extraordinarios que se producen sobre un mar que ya parte de una temperatura más elevada.
El cambio no ocurre solo en la superficie
Quizá uno de los datos más significativos de este verano sea precisamente el registrado en l’Estartit.
Allí las anomalías cercanas a los cuatro grados se midieron a 20 metros de profundidad.
Porque pensar en calentamiento del mar únicamente a partir de la temperatura que siente un bañista en la orilla puede conducir a una imagen equivocada.
El cambio afecta a la estructura del agua y a los organismos que viven a diferentes profundidades.
Por eso los científicos observan no solamente la superficie, sino la salinidad, la profundidad de las capas mezcladas, los vientos, la productividad primaria y las condiciones fisiológicas de los propios peces.
Todos esos indicadores cuentan partes distintas de una misma historia.
El mar que conocimos puede no ser el mismo que viene
Durante generaciones hemos pensado en el Mediterráneo como algo prácticamente permanente.
Cambian las ciudades de su costa, cambian los puertos, los barcos o las playas.
El mar parece seguir ahí, idéntico. Pero la ciencia está mostrando que esa aparente estabilidad engaña.
En poco más de dos décadas, el Mediterráneo noroccidental ha registrado una caída del 40 % en un indicador fundamental de su producción primaria.
Los juveniles de una especie tan común como la bacaladilla han perdido cerca del 60 % de sus reservas energéticas.
Las aguas superficiales han superado los 30 grados en puntos del litoral.
Y los cambios no afectan solo a los peces.
Alcanzan al plancton, los corales, la posidonia, las medusas, la pesca, el turismo e incluso a la relación entre el mar y la atmósfera.
No todos esos procesos tienen la misma causa ni evolucionan a la misma velocidad.
Y la investigación sigue tratando de establecer hasta dónde puede llegar cada uno de ellos.
Pero el diagnóstico general del Instituto de Ciencias del Mar es claro: considerar el calentamiento del Mediterráneo como un simple problema ambiental sería quedarse muy corto.
Lo que está cambiando es un sistema del que dependen actividades económicas, alimentos, ecosistemas y buena parte de la vida de millones de personas que habitan sus costas.
El Mediterráneo sigue estando ahí. Pero debajo de esa superficie azul que parece la de siempre, muchas cosas ya no funcionan exactamente igual.