¿De qué sirve una ciudad que crece si sus habitantes ya no pueden vivir en ella?

La vivienda, el turismo masivo y el cambio climático ponen a prueba el futuro de las ciudades. El filósofo Francisco Colom González, investigador del CSIC, analiza en su nuevo libro, La condición urbana, qué convierte a una ciudad en un lugar habitable y por qué su futuro depende de mucho más que el crecimiento económico

Una ciudad puede tener rascacielos, grandes avenidas, hoteles de lujo y millones de turistas. Puede atraer inversiones, construir nuevos barrios y presumir de modernidad. Pero ¿de qué sirve todo eso si sus vecinos no pueden pagar una vivienda? ¿Qué ocurre cuando vivir en una ciudad se convierte en un privilegio?

Son algunas de las preguntas que invita a plantearse el filósofo Francisco Colom González, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en su nuevo libro, «La condición urbana».

La obra, presentada este 17 de septiembre, propone un viaje por la historia de las ciudades, desde los primeros asentamientos neolíticos hasta las grandes metrópolis actuales. Y lo hace con una preocupación de fondo: qué necesitamos para que las ciudades sigan siendo lugares donde merezca la pena vivir.

Porque una ciudad no es simplemente un conjunto de edificios. Es el lugar donde trabajamos, nos relacionamos, criamos a nuestros hijos, envejecemos y compartimos nuestra vida con los demás. Y todo eso está cambiando.

En 2050, más del 60% de la humanidad vivirá en áreas urbanas

Cada vez somos más urbanos. En 1950, apenas el 20% de la población mundial vivía en ciudades de al menos 50.000 habitantes. Las proyecciones recogidas en el libro apuntan a que, en 2050, más del 60% de la humanidad residirá en áreas urbanas.

También aumenta el número de megaciudades, aquellas que superan los diez millones de habitantes, especialmente en Asia.

Las grandes metrópolis son auténticos organismos en movimiento. Cada día tienen que garantizar el desplazamiento de millones de personas, el suministro de mercancías, el funcionamiento de sus infraestructuras y la prestación de servicios esenciales.

Pero su futuro no depende únicamente de que todo eso funcione.

«El futuro de la humanidad se halla estrechamente vinculado al de las ciudades, a su sostenibilidad social, material y medioambiental, así como a sus condiciones de habitabilidad», advierte Colom.

La cuestión es cómo conseguir que ese crecimiento no termine haciendo las ciudades cada vez más difíciles de habitar.

La vivienda, el turismo y el clima: tres amenazas para la ciudad

El libro pone el foco en la fragilidad de las ciudades mercantilizadas y desatendidas. Colom relaciona esa fragilidad con problemas tan actuales como la crisis de la vivienda, la turistificación masiva y el cambio climático.

Son cuestiones que afectan directamente a la vida cotidiana.

La dificultad para acceder a una vivienda condiciona dónde podemos vivir. La transformación turística cambia el uso de los barrios. Y el cambio climático plantea nuevos desafíos para la habitabilidad de los espacios urbanos.

El investigador recuerda que las ciudades siempre han dependido de su actividad económica. De hecho, muchas urbes romanas languidecieron durante la Edad Media, e incluso desaparecieron, cuando dejaron de funcionar las rutas comerciales que las mantenían.

Pero una ciudad no puede medirse únicamente por su actividad económica.

«La ciudad no es solo un espacio de intercambio y consumo, sino, ante todo, un espacio habitado y vivido2, señala Colom.

Su advertencia es clara: cuando se deterioran las condiciones que permiten vivir en una ciudad, también se compromete su futuro.

El crecimiento económico, por sí solo, no garantiza que una ciudad sea un buen lugar para vivir.

Una ciudad necesita mucho más que edificios

¿Qué hace que una ciudad sea realmente una ciudad?

No basta con construir viviendas, abrir comercios y levantar carreteras. Según explica Colom, hacen falta espacios públicos, una cierta densidad de población y actividades económicas diferentes que puedan convivir.

Y, sobre todo, hacen falta servicios colectivos. Una ciudad necesita escuelas, centros sanitarios, seguridad y otros bienes públicos que permitan a sus habitantes desarrollar su vida.

De poco sirve diseñar grandes avenidas o construir edificios espectaculares si después no existen los servicios necesarios para quienes viven allí.

El investigador insiste en que el urbanismo no puede resolverlo todo.

«El urbanismo por sí solo no garantiza ciudades satisfactorias ni asegura la calidad de vida», explica.

Para conseguirlo, debe ir acompañado de bienes públicos que amplíen las posibilidades reales de las personas.

En otras palabras, una ciudad no funciona únicamente cuando sus infraestructuras son eficientes. También tiene que funcionar para quienes la habitan.

Llevamos siglos imaginando la ciudad perfecta

La preocupación por construir ciudades mejores viene de lejos.

Los griegos concebían la polis como un espacio donde alcanzar la autosuficiencia colectiva, cultivar la sabiduría y participar en la vida pública.

Siglos después, la Revolución Industrial puso sobre la mesa otros problemas: el hacinamiento, la insalubridad y la necesidad de organizar unas ciudades que crecían rápidamente.

En 1925, el arquitecto Le Corbusier llegó a imaginar una transformación radical de París.

Su Plan Voisin proponía sustituir parte del tejido urbano por veinticuatro rascacielos, grandes espacios verdes y una red viaria subterránea. El proyecto nunca se llevó a cabo, pero sus ideas influyeron en el urbanismo del siglo XX.

Hoy seguimos buscando nuevas fórmulas.

El libro recoge el ejemplo de Woven City, la ciudad laboratorio impulsada por Toyota en Japón, que se puso en marcha en septiembre de 2025 para experimentar con nuevas formas de movilidad basadas en el hidrógeno y explorar un modelo social y tecnológico innovador.

Sin embargo, Colom recuerda que la tecnología tampoco puede resolver por sí sola los problemas de las ciudades.

Ni los edificios más modernos ni los sistemas de transporte más avanzados garantizan una buena calidad de vida si faltan servicios públicos y condiciones adecuadas para sus habitantes.

Las calles siguen siendo el lugar donde nos hacemos escuchar

Hay otra dimensión de las ciudades que a menudo olvidamos: también son el escenario donde las sociedades expresan sus reivindicaciones y construyen su historia.

El movimiento obrero y las sufragistas ocuparon las calles en el siglo XIX para reclamar derechos y hacerse visibles.

Y, aunque hoy buena parte del debate público se desarrolla en internet, las plazas y las avenidas siguen teniendo un papel fundamental.

El libro recuerda movimientos como la Primavera Árabe, los chalecos amarillos, Black Lives Matter o las movilizaciones contra el cambio climático, que ocuparon el espacio público antes de adquirir una enorme difusión en las redes sociales.

«Es en calles y plazas donde continúa expresándose la ciudadanía, donde se aclama o se rechaza a los líderes y donde se celebran desfiles y rituales públicos», señala Colom.

Las ciudades, por tanto, no solo albergan nuestra vida cotidiana. También son los lugares donde expresamos nuestras diferencias, compartimos experiencias y participamos en la vida colectiva.

El futuro de las ciudades depende de que podamos seguir viviendo en ellas

La condición urbana no se limita a recorrer la historia de las ciudades ni a describir sus problemas actuales. El libro invita a reflexionar sobre qué esperamos de ellas y qué condiciones necesitamos para vivir mejor.

Francisco Colom González, profesor de investigación del Instituto de Filosofía del CSIC, lleva años estudiando las dimensiones sociales, simbólicas y políticas de los procesos urbanos.

En esta nueva obra, que constituye el número 180 de la colección de divulgación científica ¿Qué sabemos de?, reúne esas reflexiones para explicar cómo hemos llegado hasta las ciudades actuales y qué desafíos tenemos por delante.

La vivienda, los servicios públicos, los espacios compartidos y la sostenibilidad medioambiental aparecen como cuestiones fundamentales para su futuro.

Porque una ciudad puede seguir creciendo, atraer turistas y levantar edificios cada vez más altos. Pero, como recuerda el investigador, lo que realmente está en juego es su capacidad para continuar siendo un espacio habitado y vivido.

Y esa es, probablemente, la pregunta que deberíamos hacernos al pensar en las ciudades del futuro: no solo cómo queremos que sean, sino cómo queremos vivir en ellas

WhatsApp
Email

¿Crees en un periodismo libre, sin ataduras ni intereses ocultos? En RRNEWS contamos lo que otros callan. Vamos más allá de la versión oficial porque creemos que la información es vital y debe ser accesible para todos, sin muros de pago.

Pero para seguir haciéndolo, necesitamos tu apoyo. Si valoras lo que hacemos, conviértete en mecenas con el pago mensual que tú decidas. Lo que para ti puede ser una cantidad simbólica, para nosotros significa independencia, rigor y continuidad.

Súmate a quienes ya creen que otro periodismo es posible.
Hazte mecenas hoy.