Hay tumores que, en oncología, funcionan casi como una condena anticipada. El cáncer de páncreas es uno de ellos. Silencioso al principio, agresivo cuando da la cara, resistente a casi todo. Un tipo de cáncer que rara vez ofrece segundas oportunidades.
Es también un cáncer que, de vez en cuando, irrumpe en la conversación pública a través de nombres conocidos. Rocío Jurado, una de las grandes voces de la música española, falleció en 2006 tras una larga batalla contra esta enfermedad. Steve Jobs, fundador de Apple, murió en 2011, aunque en su caso se trató de un tumor neuroendocrino pancreático, menos frecuente pero igualmente devastador. Y el actor Patrick Swayze, icono de Hollywood, falleció en 2009, apenas veinte meses después de ser diagnosticado.
Son rostros que ayudan a entender algo que los oncólogos repiten desde hace años: este tumor no distingue entre fama y anonimato. Y sigue siendo, todavía hoy, uno de los más difíciles de tratar.
Por eso lo que acaba de publicar el equipo del investigador español Mariano Barbacid, desde el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), ha despertado tanto interés dentro y fuera de España. No es un anuncio milagroso ni una “cura” lista para hospitales, pero sí un resultado muy difícil de ignorar: en modelos animales, han logrado que los tumores desaparezcan por completo y, lo más importante, que no vuelvan.
El trabajo, publicado en la revista científica PNAS, describe una combinación de fármacos dirigida a bloquear las rutas que utiliza este cáncer para sobrevivir. En uno de los modelos experimentales, los ratones tratados permanecieron libres de tumor durante más de 200 días tras finalizar la terapia. Para un cáncer como este, esa cifra no es menor. Carmen Guerra figura como co-autora principal del estuido y Vasiliki Liaki y Sara Barrambana como primeras autoras.
Un enemigo que casi siempre se escapa
El adenocarcinoma ductal de páncreas -la forma más común- es, probablemente, uno de los tumores más frustrantes para la medicina moderna. Se detecta tarde, crece rápido y, cuando parece que se le acorrala, encuentra la manera de abrirse paso por otra vía. Gran parte de esa capacidad de supervivencia tiene un nombre: KRAS.
La mayoría de los tumores pancreáticos llevan mutaciones en este gen, que actúa como un acelerador permanente del crecimiento celular. Durante décadas, KRAS fue considerado una diana imposible, una especie de “pieza intocable” de la biología tumoral. En los últimos años han empezado a aparecer fármacos capaces de interferir en esa maquinaria, pero el problema es otro: el tumor aprende. Se adapta. Se vuelve resistente.
Y ahí está el núcleo del hallazgo del CNIO: no basta con cerrar una puerta si el cáncer tiene varias salidas de emergencia.
La idea: atacar tres puntos a la vez
Lo que ha hecho el equipo de Barbacid es diseñar una estrategia de bloqueo múltiple. No solo se dirigen contra KRAS, sino también contra dos rutas que el tumor puede activar cuando intenta escapar.
En el estudio se combinan: un inhibidor de KRAS (daraxonrasib, también conocido como RMC-6236), un inhibidor de la familia EGFR (afatinib) y un inhibidor de STAT3 (SD36).
Dicho de forma sencilla: es un ataque coordinado para que el tumor no pueda reorganizarse, no pueda “buscar un plan B”.
Según los investigadores, esa triple combinación provoca regresiones completas en modelos ortotópicos, tumores implantados en el propio páncreas del animal, no en lugares artificiales, y evita la aparición de resistencias durante largos periodos.
El dato más contundente es el seguimiento: más de 200 días sin recaída tras acabar el tratamiento. En ciencia, especialmente en un cáncer como este, eso es una señal muy potente.
Cuando el laboratorio trabaja con tumores humanos reales
Pero el estudio va un paso más allá de los modelos clásicos de ratón. Los investigadores también probaron la terapia en los llamados xenoinjertos derivados de pacientes, una de las aproximaciones más exigentes que existen en oncología experimental. En este sistema, los científicos implantan en ratones fragmentos de tumores humanos obtenidos directamente de pacientes.
En este caso, el equipo trabajó con tumores procedentes de seis pacientes con cáncer de páncreas, que fueron trasplantados a 16 ratones para observar si la terapia funcionaba en un contexto más parecido al de la enfermedad real.
Los resultados, según los autores, fueron consistentes: regresiones profundas y buena tolerancia en los animales tratados.
El matiz que nunca debe perderse: esto no es todavía para humanos
A partir de aquí es donde conviene respirar hondo. Porque el cáncer de páncreas está lleno de promesas que funcionaron en ratones y fracasaron en personas. La historia de la oncología está repleta de tratamientos espectaculares en laboratorio que no sobrevivieron al salto clínico.
El propio CNIO lo deja claro: esta combinación no está lista para ensayos inmediatos. Falta camino. Falta financiación, desarrollo, validación y un proceso regulatorio largo.
Esto no es una cura disponible. Es, en el mejor sentido, una prueba de concepto: la demostración de que, si se bloquean varias rutas críticas al mismo tiempo, el tumor puede quedarse sin margen de maniobra.
Una grieta en un muro que parecía infranqueable
En España, el cáncer de páncreas ocupa uno de los primeros lugares entre los tumores más letales: a pesar de no ser de los más frecuentes, figura entre los tumores con más mortalidad.
En España se diagnostican más de 10.300 casos de cáncer de páncreas al año y sólo entre el ocho y el diez por ciento de los pacientes sobrevive cinco años después del diagnóstico, como ha advertido la presidenta de la Fundación Cris contra el Cáncer, Lola Manterola, al poner en valor la importancia del descubrimiento. La ONG ha contribuido con 3,6 millones de euros al desarrollo del proyecto del CNIO.
El cáncer de páncreas es tan mortal porque suele crecer en silencio y se detecta cuando ya es demasiado tarde. En sus primeras fases apenas da síntomas claros y, cuando aparecen señales como dolor, pérdida de peso o ictericia, el tumor a menudo ya se ha extendido o no puede operarse. Además, es un cáncer especialmente agresivo, con gran capacidad para generar metástasis y para desarrollar resistencias a los tratamientos.
A eso se suma una dificultad añadida: su microambiente tumoral actúa como una muralla fibrosa que impide que muchos fármacos penetren con eficacia. Sin un método de cribado temprano y con una biología molecular compleja dominada por mutaciones como KRAS, el cáncer de páncreas sigue siendo uno de los tumores con peor pronóstico y una de las principales causas de muerte por cáncer pese a no ser el más frecuente.
Lo que ha conseguido el equipo de Barbacid es abrir una grieta en un muro biológico que durante años parecía impenetrable: tumores eliminados en ratones, resistencias frenadas, regresiones completas.
Queda lo más difícil: demostrar que esa estrategia puede trasladarse, con seguridad, a pacientes. Pero en un terreno tan árido como este, lograr que el cáncer desaparezca durante más de 200 días en modelos preclínicos no es un detalle. Es una señal. Una de las más serias que se han visto en mucho tiempo.