Los residuos tóxicos de Portmán contaminan el fondo del Mediterráneo, según un estudio científico

Un estudio científico demuestra que los metales pesados vertidos durante décadas en la bahía se están desplazando mar adentro y contaminan cañones submarinos a más de 1.000 metros de profundidad
Foto: Fundación Sierra Minera

Durante más de 30 años, la bahía de Portmán, en la costa murciana, fue utilizada como vertedero industrial por la minería de sulfuros. Más de 60 millones de toneladas de residuos tóxicos se lanzaron al mar sin contemplaciones, convirtiendo esta zona del litoral en uno de los mayores desastres medioambientales de Europa. Aunque los vertidos cesaron en 1990, su impacto sigue muy vivo y no precisamente en la superficie.

Un reciente estudio, publicado en noviembre de 2023 en la revista científica Progress in Oceanography, demuestra que los residuos de Portmán han comenzado a descender lentamente por el fondo del mar y están dejando una huella tóxica en zonas profundas del Mediterráneo.

«La bahía de Portmán constituye en realidad uno de los principales desastres ambientales del litoral europeo» afirman los autores del estudio.

Metales pesados en caída libre

El trabajo, firmado por Marta Tarrés, Miquel Canals y otros seis investigadores de la Universitat de Barcelona, analizó durante un año el contenido de arsénico, plomo, zinc, cobre y otros metales traza en tres cañones submarinos del sureste español: Escombreras, Garrucha-Almanzora y Almería. Las muestras, tomadas con trampas de partículas a más de 1.000 metros de profundidad, revelan algo inquietante: los niveles de zinc y cobre detectados en el cañón de Escombreras superan claramente el umbral natural, lo que apunta a un origen antropogénico.

Los investigadores no tienen dudas de que la fuente de la contaminación son los los residuos mineros acumulados frente a la Bahía de Portmán.

Además, se detectaron concentraciones elevadas de plomo, un metal pesado que, aunque ya no se vierte, persiste durante décadas en los fondos marinos y puede reincorporarse a la columna de agua si se remueven los sedimentos.

La contaminación desciende y se dispersa

Lo que el estudio documenta con claridad es un fenómeno poco visible pero profundamente preocupante: los contaminantes de Portmán se están desplazando por el fondo del mar, transportados por procesos naturales y humanos.

Durante episodios de fuertes tormentas o tras faenas de pesca de arrastre, el mar remueve los sedimentos superficiales de la plataforma continental -donde descansan los residuos mineros- y genera capas turbias de partículas en suspensión, conocidas como nepheloides. Estas nubes de lodo tóxico descienden lentamente por las pendientes submarinas hasta alcanzar zonas mucho más profundas, como los cañones de Escombreras o Almería.

«Estos residuos no están confinados. Se están desplazando por el fondo del mar y alcanzan ya áreas alejadas de la costa» advierten los científicos.

A través de este mecanismo, los metales pesados se van enterrando poco a poco en los sedimentos de zonas profundas, pero no desaparecen: se acumulan, y bajo ciertas condiciones pueden reactivarse, difundirse en el agua o incluso reincorporarse a la cadena trófica.

El estudio detecta, por ejemplo, un exceso de manganeso, hierro, arsénico y cobre en los sedimentos del cañón de Escombreras. Algunas de estas sustancias están presentes en proporciones hasta un 65% superiores a las esperadas según los registros históricos.

Y lo más inquietante: lo que ya estaba semienterrado, puede volver a activarse. “Resuspension and near-bottom transport are probably able to modify the geochemical composition of the canyon floor”, advierten los investigadores. En otras palabras: lo que hoy está parcialmente estabilizado, podría convertirse de nuevo en una fuente activa de contaminación marina.

Este movimiento hacia el fondo no es solo un fenómeno físico. Es una reconfiguración invisible de la contaminación, que escapa del radar de la mayoría de las políticas ambientales, diseñadas para actuar en la costa y no en el abismo.

Y sin embargo, los cañones submarinos funcionan como autopistas de sedimentos y contaminantes. Son estructuras naturales que conectan la plataforma continental con el fondo oceánico, y que hoy actúan, según los científicos, como vectores y sumideros de metales pesados procedentes de actividades humanas.

¿Qué hacer con los residuos?

El estudio no entra en soluciones -no es su papel-, pero sugiere de forma indirecta que ignorar el problema ya no es una opción. La regeneración de la bahía sigue en punto muerto tras proyectos fallidos. Nadie ha resuelto aún qué hacer con los millones de toneladas de residuos tóxicos que siguen bajo el agua.

Dragarlos, confinarlos, cubrirlos o sellarlos son opciones que tienen sus riesgos y costes, pero no hacer nada ya no equivale a mantener el problema en su sitio. Porque, como revela este estudio, el problema se está desplazando. El Mediterráneo profundo está empezando a notarlo.

José Matías Peñas: «El sellado in situ es la opción más responsable»

El investigador José Matías Peñas, experto en suelos contaminados, es claro en su diagnóstico: “Frente a este panorama, la alternativa más responsable y científicamente respaldada es el sellado de los residuos”, afirma.

A su juicio, dejar los lodos tóxicos donde están sin intervenir supone un riesgo latente de reactivación y dispersión, como demuestra el reciente estudio sobre los cañones submarinos del Mediterráneo. Encapsular esos sedimentos bajo capas de materiales inertes -como geotextiles, arcillas o arenas limpias- permitiría estabilizar su comportamiento químico y evitar su liberación al medio marino, explica.

Esta estrategia, conocida como sellado in situ, ya se ha aplicado con éxito en entornos altamente contaminados en otros países. Peñas cita el caso de la Bahía de Minamata, en Japón, tristemente famosa por la intoxicación masiva por mercurio: “Allí se logró confinar los sedimentos sin necesidad de dragarlos, evitando una dispersión aún mayor del contaminante”.

Otros ejemplos que refuerzan esta opción son el Canal de Gowanus, en Nueva York, y Homebush Bay, en Sídney, donde se optó por sellar los sedimentos contaminados por décadas de actividad industrial, en lugar de removerlos.

“En todos estos casos, se logró aislar eficazmente las sustancias peligrosas, proteger los ecosistemas y minimizar los riesgos para la población. No hace falta inventar soluciones nuevas, sino aplicar con rigor las que ya sabemos que funcionan» concluye Matías Peñas.

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