De repente todo se envuelve en azul, en ese paisaje tras el Puerto de la Cadena. La pareja de carracas, con sus vuelos y juegos, trazan en el lienzo del mundo pinceladas de añil, azul turquesa y castaño. Estas aves pasan el invierno en el sur de África y a partir de mayo se les puede ver por nuestros
campos.
Me he detenido a contemplar este devenir-azul del secarral de Corvera azotado por el sol de julio. Mirando ese plumaje rememoro las fotografías de algún libro sobre tuaregs a lomos de camellos caminando por el desierto sahariano ataviados de turbantes y velos de algodón teñidos de índigo o añil.
Aurora Beltrán compuso y cantó con su voz poderosa al Azul, “… he pintado mi ropa y mi vida en un cuadro azul…”. Cantaba a la poética de lugares en los que se anudan con especial intensidad afectos luminosos, “…si me dejaran cogería trozos de cielo para moldear tu piel azul”. Me he acordado de la canción, pues desde aquí se avista el Campo de Cartagena, un lado azul de la vida.
A la caída de la tarde, las carracas siguen en su vuelo nupcial. Un camino que se adentra por un campo de olivos invita a pasear. Es un camino de textura rugosa, se adentra por campos resecos, dejamos atrás un cortijo derruido, aquí y allá crecen unas bolagas y retamas, e incluso algunos granados.
Todo ocurre como cuando ese sabor que creías perdido en las frutas o tomates plastificados de los supermercados, regresa inesperadamente y con él también un tiempo pretérito de olores, formas y sonidos tan afines y cálidos que son, sin duda, el territorio azul de la infancia. Este camino de Corvera se adentra por ahí, por los pliegues del Campo de Cartagena que un grupo de zagales recorríamos en bicicleta hace ya mucho tiempo.
Antes de la gran transformación al regadío, el inmenso secano que era el Campo de Cartagena se encontraba surcado por caminos similares a éste por el que ahora caminamos en el atardecer de julio. Con cada pisada huye un saltamontes, un grupo de zapateros se mueve inquieto e incluso se ven mariposas, hormigueros. Siento que puedo hacer un viaje en el tiempo…
Cada verano despedíamos la calle Canigó y la Fábrica de la Luz de Cartagena y, en apenas diez kilómetros, llegábamos a Miranda con sus viñedos, algarrobos y almendros y las estepas de cereales. Aun hoy puedo ver aquel tiempo. Una pareja de aguiluchos cenizos que con sus vuelos parecían
acariciar las espigas de la cebada. En el viejo olivo anidaban unos mochuelos.
La porputa y la lechuza tenían mala fama entre los paisanos. Las vecinas jornaleras que iban a trabajar a la recogida de la almendra regresaban en sus bicicletas protegidas del sol con grandes sombreros y pañuelos en la cara a modo de turbantes. Y los sarmientos de la poda de las vides que los labriegos habían dejado secar en enormes montones pronto arderían en las hogueras de San Juan.
Pero sobre todo estaba aquella trama de caminos por la que nos adentrábamos en aventuras exploratorias con nuestras bicicletas. Siempre había un nuevo descubrimiento presto para el juego. Un palmeral, un viejo molino, un cortijo abandonado, una balsa de agua en la que refrescarse a pelo. Y los caminos permitían cada año ampliar el radio de nuestros recorridos. Así llegamos hasta el Cabezo Gordo, San Javier y el Mar Menor, Corvera, El Portús. Los caminos crecían con nosotros y nos conectaban a un mundo cada vez mayor.
Georg Simmel, el sociólogo alemán que tanto se preocupó por las formas que adoptaban las relaciones sociales, escribió que “los hombres que por primera vez trazaron un camino entre dos lugares llevaron a cabo una de las más grandes realizaciones humanas”. Primero aquellos hombres iniciales recorrieron la distancia entre un aquí y allí, la entrelazaron subjetivamente, y posteriormente objetivaron o dieron forma a aquel vínculo mediante la construcción del camino.
Cuando tomábamos las bicicletas que nos conducían hasta el enigmático caserío abandonado de Las Monjas, con su balsa circular y un viejo molino bajo una gran pinada, o a Los Gallos para saludar a unas muchachas catalanas, veraneantes también, así hacíamos camino, un camino que ya fue trazado por quienes mucho tiempo atrás encontraron un sentido y una necesidad en vincular esos puntos del espacio.
Aquellos caminos seguramente aún estaban ordenados por los ejes viarios romanos –Ilici-Carthago Nova, Carthago Nova-Basti, Carthago Nova- Complutum, Saltici–Saetabi y Carthago Nova-Malaka- y todavía podían reconocerse las vías pecuarias y cañadas por las que durante siglos habían
sido conducidos los rebaños de ganado a la búsqueda de pastos.
He recibido con alegría el libro que recientemente me ha enviado, con su habitual generosidad, mi amigo el sociólogo cordobés David Moscoso, con el título “Caminos y senderos públicos de Andalucía” (Almuzara, 2024). Se trata de un estudio normativo, sociológico y cartográfico para identificar y proteger el importante patrimonio andaluz de caminos y senderos, aproximadamente 230.000 kilómetros. A ver si cunde el ejemplo por esta Región, que bien sé de la existencia de una ley sobre senderos aprobada en la Asamblea Regional, pero sin desarrollar mínimamente. En fin…
Ya no quedan prácticamente caminos en el Campo de Cartagena. Bajo el polígono agroindustrial del regadío intensivo, en un estrato profundo, están los caminos de la infancia. De vez en cuando es posible encontrar alguno, como éste sobre el que paseamos al otro lado del Puerto de la Cadena. Son como
fósiles de un tiempo perdido. Con los caminos desaparecieron los algarrobos, las mariposas y los mochuelos. Desapareció toda la vida no válida para la extracción de beneficio.
Ha tenido que ocurrir la catástrofe del Mar Menor para descubrir cuan interesante hubiese sido conservar aquellos paisajes tradicionales del Campo de Cartagena, cuando los campos quedaban rodeados de arbustos y matorrales, cuando había palmerales, algarrobos y pequeñas pinadas.
Hace poco, en uno de mis habituales viajes a Cartagena a ver a la familia, paré en Miranda para comprobar si aún sobrevivía un portentoso ejemplar de azufaifo (un matorral autóctono de estos terruños del sureste árido), que milagrosamente se había librado de la labranza en el margen de un campo. A mi madre le gustaba pasear por aquí, hasta que un día el camino quedó engullido por una roturación para el cultivo de lechuga. Pero el azufaifo sobrevivió y ahí sigue, como testigo de otro tiempo más azul.