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8ª ENTREGA de "Las aventuras de Don Lopejote de la Cagancha"

Donde Don Lopejote cae rendido a Cupido

Un asesor entró a importunarle con que hasta la prensa afecta se hacía eco de la catastrófica situación de la Cagancha...Los índices de educación y comprensión lectora, por los suelos, con lo que la burricie y la indolencia seguían protegiendo el caciquismo ancestral

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Hallábase don Lopejote bastante enfurruñado: habíansele acabado los fastos religiosos y festivos y, por ende, las excusas para no trabajar en el gobierno de su ruinosa y saqueada Cagancha. Habíase visto obligado a volver al despacho que poseía en el Palacio del Gobernador en Patataria, la capital de la ínsula.

Repantigado en su sillón, con los zapatones sobre la mesa, sin otra ocupación que rascarse la sementera, tenía ante sí las fotografías de sus antecesores en el cargo: don Al Ramone y don Al Pedrone.

Ambos se lucieron en la senda del desvalijamiento de la región. Ambos estaban en el ojo de la Justicia. Mas eso no preocupaba al gobernador: todos los magistrados de la provincia bebían de las manos de los capitostes.

O eran cofrades de la misma cofradía, socios de los mismos conciliábulos o se frecuentaban en bodorrios, comuniones y otras fiestas de guardar. La justicia era igual para todos… los que no fueran de los suyos.

Un asesor entró a importunarle con que hasta la prensa afecta se hacía eco de la catastrófica situación de la Cagancha. Listas de espera eternas en la sanidad, signo de que los suyos o no sabían gestionar o tenían oscuros intereses para arruinarla y ofrecer sus despojos a ciertos amiguitos que querían enriquecerse con la salud. Los índices de educación y comprensión lectora, por los suelos, con lo que la burricie y la indolencia seguían protegiendo el caciquismo ancestral. Los índices de miseria y analfabetismo después de décadas de gobierno de los suyos eran intolerables.

Echó don Lopejote con cajas destempladas al asesorzucho. Esa misma mañana había asistido a un acto con unos gacetilleros que celebraban no sé qué evento. Allí estaban todos sus palmeros, que habían ensalzado su regia figura y lo habían llamado “firme baluarte, bastión de la democracia”. Al pijodalgo casi lo ahoga un ataque de risa: baluarte y bastión de democracia el que no hacía mucho que había tenido que bajarse los calzones y convertirse en refugio de judas y otras malas yerbas.

Don Lopejote bufó con hastío mientras miraba por la ventana el insulso panorama que le ofrecía Patataria: la Cagancha se le quedaba pequeña, no era digna de su grandeza. Su genio merecía por lo menos un puesto en la Cámara Regia y luego un escaño en Europa, hasta que se dieran cuenta de su magnitud y lo nombraran Imperator.

Rememoró a dos de los últimos representantes que los de su popular contubernio enviaron allá: el Broncas, al que tuvieron que quitárselo de encima por haber mandado a toda la Santa Hermandad a aporrear a los vecinos, viejas incluidas, que protestaban por unos raíles mal puestos, y al Tirillas, al que enviaron como premio por no haber mandado poner ni un adoquín ni reparar una sola
calzada, mientras culpaba a Perro Sánxez de todo, su ineptitud incluida.

Para evadirse de su hastío se puso a rememorar lo acaecido en los esponsales del burgomaestre de la corte y villa: allí había podido sacar al Lopito Tabernas que lo habitaba y convertirse en el rey (o el hazmerreir) de la fiesta. Todas las carlancas de sangre azul lo miraban con arrobo y bebían los vientos por él. Pero el corazón de don Lopejote estaba ya preso.

Entre las invitadas hallábase doña Ayusea del Morro Soso, su caniche, la miel de su alma, el bálsamo de sus tribulaciones. Una hembra de real, de pendón y estandarte.


La única capaz de cantarle las cuarenta a los rojos y desquiciar al mismo Sánxez. La que, pese a tener pringados en corruptelas varias a quienes se le acercaran, seguía arrasando en votos.

Dábale igual al pijodalgo que la susodicha estuviera amancebada con uno de la cofradía de los monipodios. En cuanto se apercibiera del donaire y galanura de don Lopejote mandaría a tomar viento al chorizo en ciernes.

Desemplumó, encebuznado, una pluma y, sintiéndose poetastro, comenzó a escribir: ¿No es verdad, ángel de amor, que en esta caganchana orilla, la luna mejor brilla, las estrellas están más cerquilla y se respira a mejor? ¿No es cierto, chihuahua mía, que por mis lorzas tus higadillos suspiran?

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